B
Boris Gongora
Guest
Estos días leí varios textos análogos entre sí. Todos fueron escritos por viudas como remedios caseros para el duelo emergente de la muerte de sus maridos. Igual que hablar, escribir puede hacer más cosas que conjuntos de palabras.
El más reciente de estos textos es un artículo de la escritora estadounidense Siri Hustvedt sobre la muerte de su esposo Paul Auster. De una manera nada sorprendente (se me había ocurrido a mí mismo y solo con leer las noticias), sugiere que el cáncer catastrófico que mató a Auster se desarrolló por la extrema tensión emocional que había generado en él una tragedia doble: la muerte de su nieta pequeña por haber estado expuesta a las drogas que consumía su hijo David, el cual posteriormente fue detenido por homicidio involuntario, y, apenas consiguió la libertad condicional, se suicidó con una sobredosis. Un golpazo bajo la línea de flotación de uno de los más famosos escritores contemporáneos.
Hustvedt también relata las historias que Auster se contó a sí mismo y le contó a su familia para poder procesar con cierto aplomo el trance final. Cosas como decidir que moriría en su biblioteca, la habitación que más le gustaba de su casa, o como la mágica presunción de que tendría tiempo y fuerzas para escribir un libro más (“pequeño, de 100 o 200 páginas”) con las cartas que pensaba escribir a otro de sus nietos. O sea que fantaseó hasta el final, porque la fantasía siempre consuela.
En mi club de lectura leímos La ridícula idea de no volver a verte, el libro en el que la escritora española Rosa Montero comenta el diario de duelo de otra viuda, la grandiosa científica Marie Curie, desde la perspectiva de su propia pena por la muerte de su marido Pablo.
Se puede debatir si este libro es o no una novela, ya que combina el ensayo biográfico con solamente un poco de “auto ficción”. En todo caso, le sirvió a Montero, igual que el artículo le fue útil a Siri Hustvedt, y se supone que también el diario a Curie, para conjurar (en el doble sentido de este verbo) el dolor de sus pérdidas.
Hay varias coincidencias entre estos textos. Por ejemplo, todos narran el dilema que entraña la necesidad de disponer de los objetos dejados por un muerto querido. Hablan de cómo la evocación del fantasma amado es suscitada por unas puntabolas o un viejo sillón. En el caso de Curie, por algo más siniestro, una tela pringada con la sangre y los sesos de su marido Pierre, que pereció aplastado por un carruaje.
Según Rosa Montero, la rapidez con la que ella quiso deshacerse de las pertenencias de su marido se debió a la inscripción de este gesto en la ideología contemporánea sobre la muerte, que induce a quienes sufren un duelo a desembarazarse de él lo más pronto posible y volver pronto a la funcionalidad social.
La oferta/exigencia de la modernidad utilitarista es una “vida sin muerte” y “sin dolor”. Buscamos salvarnos de la fragilidad de nuestra condición humana por medio de una constate atención a eso cotidiano que se realiza en la producción, el consumo y el entretenimiento. Así que el duelo es una condición que conviene superar pronto, porque implica una ruptura de los pactos que normalmente respetamos para “seguir adelante”.
Un momento de “locura” (“está loca de pena”) que pone en crisis los logros alcanzados (la tristeza por la pérdida de un amor, por ejemplo, hace perder dinero y empleo) y que, más allá de cierto límite, debe ser combatido como una enfermedad mental.
Cuidado, que no quiero romantizar el dolor psíquico. Tomo debida nota de que quienes lo sufren tratan, a menudo desesperadamente, de superarlo, de salir de él. De otra forma las viudas escritoras no se pondrían a escribir textos como los que aquí se comentan, con la esperanza de retomar el control de sus propios sentimientos, tan exaltados que las podrían arrastrar a la autodestrucción.
El discurrir pacífico de la sociedad requiere la estabilización de los afectos. Quienes viven exaltados constituyen un riesgo, como vemos ahora en los casos de Trump y Milei, entre otros, que se entregan al sentimentalismo, el culto al yo y la violencia, y convocan a otros, con gran éxito, a exaltarse también, es decir, a des-civilizar o hacer salvajes sus afectos.
La lectura de Montero me recordó a otro libro sobre la pena póstuma. Se llama El año del pensamiento mágico y fue escrito por la ya fallecida escritora y periodista estadounidense Joan Didion. Hace eco con los otros (esta simetría no sorprende; todos, finalmente, se redactaron por y en torno a personas occidentales de altos ingresos y muy educadas).
Didion subraya, sin embargo, un punto que por mi propia experiencia me parece fundamental. El deudo no solo extraña, sino también compadece a su fallecido. La escritora recuerda que pocos días antes de que un infarto matara a su esposo, que también era escritor y acababa de terminar una novela, él le dijo: “nada de lo que he hecho tiene valor”. Esa fue su última evaluación de sí mismo, que la muerte le impidió corregir.
Hustvedt cuenta aquello del “pequeño libro” que Auster se ilusionó en escribir, aunque todos sabían que se mentía a sí mismo. Montero señala que su marido, con el cerebro estragado por la enfermedad, le dijo en sus días finales: “te quiero perrita”, porque ya no contaba con las palabras necesarias para hacer esa última declaración de amor.
Compadecemos a nuestros muertos porque les ha pasado lo peor. Y nada que hubiéramos hecho por ellos pudo salvarlos de eso.
The post Viudas que conjuran su duelo appeared first on La Razón.
Sigue leyendo...
El más reciente de estos textos es un artículo de la escritora estadounidense Siri Hustvedt sobre la muerte de su esposo Paul Auster. De una manera nada sorprendente (se me había ocurrido a mí mismo y solo con leer las noticias), sugiere que el cáncer catastrófico que mató a Auster se desarrolló por la extrema tensión emocional que había generado en él una tragedia doble: la muerte de su nieta pequeña por haber estado expuesta a las drogas que consumía su hijo David, el cual posteriormente fue detenido por homicidio involuntario, y, apenas consiguió la libertad condicional, se suicidó con una sobredosis. Un golpazo bajo la línea de flotación de uno de los más famosos escritores contemporáneos.
Hustvedt también relata las historias que Auster se contó a sí mismo y le contó a su familia para poder procesar con cierto aplomo el trance final. Cosas como decidir que moriría en su biblioteca, la habitación que más le gustaba de su casa, o como la mágica presunción de que tendría tiempo y fuerzas para escribir un libro más (“pequeño, de 100 o 200 páginas”) con las cartas que pensaba escribir a otro de sus nietos. O sea que fantaseó hasta el final, porque la fantasía siempre consuela.
En mi club de lectura leímos La ridícula idea de no volver a verte, el libro en el que la escritora española Rosa Montero comenta el diario de duelo de otra viuda, la grandiosa científica Marie Curie, desde la perspectiva de su propia pena por la muerte de su marido Pablo.
Se puede debatir si este libro es o no una novela, ya que combina el ensayo biográfico con solamente un poco de “auto ficción”. En todo caso, le sirvió a Montero, igual que el artículo le fue útil a Siri Hustvedt, y se supone que también el diario a Curie, para conjurar (en el doble sentido de este verbo) el dolor de sus pérdidas.
Hay varias coincidencias entre estos textos. Por ejemplo, todos narran el dilema que entraña la necesidad de disponer de los objetos dejados por un muerto querido. Hablan de cómo la evocación del fantasma amado es suscitada por unas puntabolas o un viejo sillón. En el caso de Curie, por algo más siniestro, una tela pringada con la sangre y los sesos de su marido Pierre, que pereció aplastado por un carruaje.
Según Rosa Montero, la rapidez con la que ella quiso deshacerse de las pertenencias de su marido se debió a la inscripción de este gesto en la ideología contemporánea sobre la muerte, que induce a quienes sufren un duelo a desembarazarse de él lo más pronto posible y volver pronto a la funcionalidad social.
La oferta/exigencia de la modernidad utilitarista es una “vida sin muerte” y “sin dolor”. Buscamos salvarnos de la fragilidad de nuestra condición humana por medio de una constate atención a eso cotidiano que se realiza en la producción, el consumo y el entretenimiento. Así que el duelo es una condición que conviene superar pronto, porque implica una ruptura de los pactos que normalmente respetamos para “seguir adelante”.
Un momento de “locura” (“está loca de pena”) que pone en crisis los logros alcanzados (la tristeza por la pérdida de un amor, por ejemplo, hace perder dinero y empleo) y que, más allá de cierto límite, debe ser combatido como una enfermedad mental.
Cuidado, que no quiero romantizar el dolor psíquico. Tomo debida nota de que quienes lo sufren tratan, a menudo desesperadamente, de superarlo, de salir de él. De otra forma las viudas escritoras no se pondrían a escribir textos como los que aquí se comentan, con la esperanza de retomar el control de sus propios sentimientos, tan exaltados que las podrían arrastrar a la autodestrucción.
El discurrir pacífico de la sociedad requiere la estabilización de los afectos. Quienes viven exaltados constituyen un riesgo, como vemos ahora en los casos de Trump y Milei, entre otros, que se entregan al sentimentalismo, el culto al yo y la violencia, y convocan a otros, con gran éxito, a exaltarse también, es decir, a des-civilizar o hacer salvajes sus afectos.
La lectura de Montero me recordó a otro libro sobre la pena póstuma. Se llama El año del pensamiento mágico y fue escrito por la ya fallecida escritora y periodista estadounidense Joan Didion. Hace eco con los otros (esta simetría no sorprende; todos, finalmente, se redactaron por y en torno a personas occidentales de altos ingresos y muy educadas).
Didion subraya, sin embargo, un punto que por mi propia experiencia me parece fundamental. El deudo no solo extraña, sino también compadece a su fallecido. La escritora recuerda que pocos días antes de que un infarto matara a su esposo, que también era escritor y acababa de terminar una novela, él le dijo: “nada de lo que he hecho tiene valor”. Esa fue su última evaluación de sí mismo, que la muerte le impidió corregir.
Hustvedt cuenta aquello del “pequeño libro” que Auster se ilusionó en escribir, aunque todos sabían que se mentía a sí mismo. Montero señala que su marido, con el cerebro estragado por la enfermedad, le dijo en sus días finales: “te quiero perrita”, porque ya no contaba con las palabras necesarias para hacer esa última declaración de amor.
Compadecemos a nuestros muertos porque les ha pasado lo peor. Y nada que hubiéramos hecho por ellos pudo salvarlos de eso.
The post Viudas que conjuran su duelo appeared first on La Razón.
Sigue leyendo...