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Javier Córdoba
Guest
La reforma planteada al reglamento de Régimen Académico de la Universidad de Costa Rica presenta un problema de fondo muy grave: la exclusión por género. Existe desigualdad simbólica y concreta entre hombres y mujeres en la academia debido a que la universidad como tal, como institución social, fue pensada para hombres. Las mujeres, (como ha sido y sigue siendo cuidadosamente documentado) sobrevivimos dentro de un sistema patriarcal que asume que los frutos del “humanismo” ocurren en mentes sin cuerpos y mucho menos cuerpos en contextos sociales específicos. Es así que las mujeres nos encargamos del cuido no remunerado en la sociedad capitalista: cuido de las infancias, de las juventudes, de las discapacidades, de las enfermedades, de las ancianidades. Las mujeres madres, además, sobrevivimos una especie de castigo por maternidad, desde el cual inclusive las mujeres sin hijas o hijos participan en justificar injusticias sistémicas y estructurales.
Las mujeres, sobre todo las que tenemos hijas o hijos o personas bajo nuestro cuido primario, producimos artículos científicos, investigamos y ascendemos en Régimen Académico a pesar de la inequidad de condiciones. La pandemia empeoró nuestra situación como académicas evaluadas mediante la cantidad de producción, tal cual aumentaron enormemente los índices de violencia doméstica y sexual de los hombres hacia nosotras y nuestras hijas e hijos. La Universidad tiene con nosotras una gran deuda, la cual queda lejísimos de repararse y más bien se aumenta exponencialmente con una reforma que requiere un aumento en la cantidad de puntos por publicaciones por medio de los artículos 14, 15 y 16, modificando lo dispuesto en el artículo 47, inciso d), del reglamento vigente, y proponiendo elevar el requisito para la categoría de profesora adjunta de 4 a 6 puntos; para profesora asociada de 8 a 12 puntos; y para la catedrática de 16 a 24 puntos. Este aumento significa que las colegas jóvenes, con más razón las madres y cuidadoras, verán como imposible llegar jamás al Olimpo de los Catedráticos y Catedráticas (existe bastante brecha de género en este anhelado escalón, de por sí, con el reglamento en vigencia). Agrego que el hecho de que la reforma proponga además la incorporación del artículo 50 del Reglamento
para la gestión del desempeño laboral del personal universitario en el que se establece el despido sin responsabilidad laboral basado en evaluaciones de la persona superior jerárquica, mismo que aunque debería con mucha razón preocupar a toda la población, implica mayor inestabilidad e inseguridad para nosotras, ya que también ha sido ampliamente documentado el sesgo de género presente en las evaluaciones, tanto del estudiantado como de las personas superiores jerárquicas en contra de las mujeres académicas. Espero, además, no quedarme esperando el apoyo de las mujeres que ya lograron alcanzar el nivel de catedráticas a las nuevas generaciones, personas en condición de interinazgo que muy a mi pesar observo reticentes y temerosas a expresar su disconformidad con esta reforma. Esto no procede en la Universidad de Costa Rica, por cierto. Nuestra institución debe prioritariamente, en este peligroso contexto político nacional y global tendiente a ultraderechas opresoras, cementarse como un lugar donde la disidencia y la libertad de expresión se defiendan hasta las últimas consecuencias.
La solución no está en esta propuesta, la cual ni siquiera tomó en cuenta una consulta específica a la Unidad de Equidad e Igualdad de Género, sino en ideas concretas que podamos crear y organizar nosotras mismas, en comunidad, en análisis feminista interseccional, en términos de subsanar injusticias existentes en un ambiente seguro donde todas, interinas o propietarias podamos expresar libremente nuestras opiniones, especialmente cuando estas sean contrarias a la corriente institucional, que parece buscar recortar gastos a toda costa, sin considerar crear mayores abismos de desigualdad de género, los cuales serían muy probablemente irreparables. Recomiendo basarse en las evidencias recogidas de las dos ediciones de las Jornadas sobre brechas de equidad de género y sexismo en la vida universitaria. Estas jornadas representan un esfuerzo más (ad honorem, evidentemente) que realizamos las mujeres de la Universidad de Costa Rica por lograr espacios de denuncia y resistencia ante un sistema que insiste en desmotivarnos y paralizarnos. Cabe destacar la ausencia de directores, decanos y demás hombres universitarios en puestos de poder en este tipo de actividades. Sería un buen momento para que por lo menos revisen las memorias, si es su meta una reforma “integral” y “equitativa.” Las mujeres, por cierto, sumamos honorem ad infinitum, porque a estos esfuerzos se suman nuestras interminables jornadas dobles o triples, nuestro trabajo invisible e invisibilizado en coordinaciones y comisiones, los malabares burocráticos del quehacer de la acción social y el más elusivo aún soporte emocional que sostiene numerosas estructuras operacionales de la universidad.
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