Un nuevo año escolar, una vieja deuda: Panamá y su educación pendiente

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Yunier Reyes

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Cada inicio del año escolar en Panamá representa mucho más que el retorno a las aulas. Es el renacer de sueños, metas y esperanzas para miles de estudiantes y familias que confían en la educación como el camino hacia un mejor futuro. Sin embargo, también es el momento oportuno para reflexionar con responsabilidad sobre la realidad de nuestro sistema educativo.

Panamá ha mostrado avances en crecimiento económico y estabilidad en distintos sectores; no obstante, en educación la realidad exige una mirada más crítica. Según datos recientes del Ministerio de Educación de Panamá, en 2025 aproximadamente el 96 % de los estudiantes de primaria, el 89 % de premedia y el 92 % de media fueron promovidos de grado.

El país presume crecimiento económico, inversión extranjera y grandes infraestructuras. Sin embargo, cuando miramos dentro de nuestras aulas, el panorama es distinto. Podemos construir rascacielos y ampliar carreteras, pero seguimos arrastrando brechas profundas en comprensión lectora y matemáticas.

Crecemos en cifras macroeconómicas, pero no al mismo ritmo en calidad educativa. Esa contradicción debería incomodarnos.

Los resultados del Estudio Regional Comparativo y Explicativo (ERCE), coordinado por la UNESCO, evidencian que una proporción significativa de estudiantes panameños no alcanza los niveles mínimos esperados en lectura y matemáticas. En sexto grado, más de la mitad no logró el nivel básico en matemáticas, lo que revela una brecha preocupante en habilidades fundamentales.

Asimismo, en PISA 2022, aplicada por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), Panamá se ubicó por debajo del promedio en lectura, ciencias y matemáticas, lo que confirma que aún enfrentamos grandes retos en materia de calidad educativa. La evidencia es clara: avanzar de grado no siempre significa aprender con la profundidad y las competencias que demanda un mundo cada vez más competitivo.

En la Comarca Ngäbe-Buglé, la educación no comienza cuando suena el timbre, sino mucho antes. Para muchos estudiantes, asistir a clases implica caminar largas distancias, atravesar caminos en mal estado e incluso cruzar ríos para llegar a la escuela. Estas realidades no son excepciones aisladas, sino el reflejo de brechas históricas que siguen marcando profundas desigualdades territoriales.

Mientras en algunas zonas discutimos sobre innovación y competencias digitales, en otras aún se lucha por garantizar el acceso básico y condiciones dignas.

Hablar de los desafíos educativos también implica reconocer el papel fundamental de los docentes. En medio de carencias estructurales, exigencias crecientes y cambios constantes, son ellos quienes sostienen el sistema día a día. No solo transmiten contenidos; forman criterio, valores y ciudadanía. Sin embargo, pedirles resultados distintos sin ofrecerles mejores condiciones, formación continua y respaldo institucional constituye una contradicción que debemos enfrentar con seriedad.

Si aspiramos a una educación de calidad, fortalecer al docente no puede ser un gesto simbólico, sino una prioridad real.

A los estudiantes les recuerdo que cada cuaderno nuevo es una oportunidad y que cada clase es un paso más hacia sus metas. No permitan que las dificultades apaguen su entusiasmo. Sueñen en grande, estudien con disciplina y recuerden que el esfuerzo de hoy será la base de sus logros mañana. Ustedes son el presente y el futuro de Panamá. Crean en su talento, porque el país necesita jóvenes preparados, valientes y comprometidos.

Que este regreso a clases no sea solo el inicio de un calendario académico, sino el comienzo de un compromiso nacional con la excelencia educativa. El futuro de Panamá no se construye únicamente con crecimiento económico, sino con aulas sólidas, docentes comprometidos y estudiantes decididos a transformar el mañana.

Este año no puede convertirse en otro ciclo de promesas repetidas y diagnósticos conocidos. Debe ser el punto de quiebre entre la inercia y la transformación real. Las decisiones valientes no pueden seguir postergándose ni la inversión responsable quedarse en el papel. La educación no admite más pausas ni excusas. El tiempo avanza, el mundo no se detiene y nuestros niños no pueden seguir esperando.

¿Será este el año en que Panamá transforme su educación o seguiremos conformándonos con un sistema educativo que perpetúa las diferencias y la desesperanza?

El autor es miembro de Jóvenes Unidos por la Educación.

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