A
Alfredo Motta
Guest
Cuando éramos jóvenes solíamos sentir que nada malo podía pasarnos. Tomábamos decisiones por impulso, por emoción, por el placer de vivir el momento. Pensábamos poco en las consecuencias porque las veíamos lejanas o, simplemente, creíamos que nunca nos alcanzarían.
Con el paso de los años descubrimos que la vida funciona de otra manera. Una decisión puede tomarse en apenas unos segundos; sus repercusiones pueden acompañarnos durante meses, años o incluso toda la vida.
Durante mucho tiempo pensé que algunos de mis errores se debían a cosas que nadie me había enseñado. Con el tiempo comprendí una verdad mucho más incómoda: muchas veces sí sabía lo que debía hacer, pero elegí no hacerlo.
Aceptar esa realidad no es fácil. Es mucho más cómodo culpar a las circunstancias, a la mala suerte o a los demás. Pero madurar también significa comprender que la libertad siempre viene acompañada de responsabilidad.
Nuestras decisiones económicas, familiares y personales rara vez nos afectan solamente a nosotros. Administrar mal nuestros recursos puede terminar afectando la tranquilidad de nuestra familia. Una palabra pronunciada con ira puede permanecer durante años en el corazón de un hijo. Una mentira puede destruir en segundos la confianza que tomó años construir.
Y también ocurre lo contrario. Un abrazo, un “te quiero”, un “perdóname” o una decisión tomada con integridad pueden producir un bien que jamás llegaremos a dimensionar.
Con frecuencia escuchamos decir: “Es mi vida; no le hago daño a nadie”. Pero la realidad es que vivimos profundamente conectados. Somos hijos, padres, madres, esposos, amigos, colaboradores, vecinos y ciudadanos. Lo que hacemos nunca termina únicamente en nosotros.
Jesús lo expresó con una sencillez extraordinaria cuando oró al Padre: «Que todos sean uno» (Juan 17, 21). Si verdaderamente somos uno, entonces nuestras decisiones repercuten, para bien o para mal, en la vida de los demás. Esa es la grandeza y, al mismo tiempo, la responsabilidad de nuestra libertad.
Por eso, quizás una de las señales de madurez sea aprender a detenernos antes de actuar y preguntarnos: ¿cómo repercutirá esta decisión en mi vida dentro de un año? ¿Y dentro de diez? ¿Cómo afectará a mi familia, a las personas que amo o a quienes han depositado su confianza en mí?
No siempre lo haremos bien.
Todos nos hemos equivocado. Hemos tomado decisiones de las que nos arrepentimos, dicho palabras que jamás debimos pronunciar y dejado de hacer cosas que, en el fondo, sabíamos que eran las correctas.
Pero asumir nuestra responsabilidad no significa vivir permanentemente flagelándonos por el pasado.
La culpa puede ser útil cuando nos conduce al arrepentimiento. El arrepentimiento, sin embargo, no debería quedarse solamente en el hecho de sentirnos mal por lo ocurrido. Puede llevarnos al cambio y, cuando sea posible, a reparar o resarcir el daño que hemos causado.
No siempre podremos borrar las repercusiones de nuestras decisiones. Algunas heridas tardan mucho tiempo en sanar y otras quizás permanezcan para siempre. Aceptar esa realidad también forma parte del proceso. Pero una cosa es asumir las consecuencias de nuestros actos y otra muy distinta es condenarnos a vivir prisioneros de ellos.
El pasado no podemos cambiarlo.
El presente, sí.
Cada mañana tenemos una nueva oportunidad para corregir, pedir perdón, reparar, cambiar de rumbo y comenzar de nuevo. Para quienes creemos en Dios, cada nuevo día es también un regalo y una oportunidad para amar más, servir mejor y convertir nuestros errores en aprendizajes.
Quizás de eso se trata finalmente la madurez: no de llegar a una edad en la que dejamos de equivocarnos, sino de aprender a pensar antes de decidir, reconocer cuándo nos equivocamos y tener la humildad y el valor para cambiar.
El pasado puede enseñarnos sin encarcelarnos. El futuro todavía está por escribirse. Y el presente es nuestra oportunidad para hacerlo mejor.
Porque la vida se construye, poco a poco, con las decisiones que tomamos cada día.
Y todas, absolutamente todas, nuestras decisiones tienen repercusiones.
El autor es empresario, consultor y caballero de la Orden de Malta.
Sigue leyendo...
Con el paso de los años descubrimos que la vida funciona de otra manera. Una decisión puede tomarse en apenas unos segundos; sus repercusiones pueden acompañarnos durante meses, años o incluso toda la vida.
Durante mucho tiempo pensé que algunos de mis errores se debían a cosas que nadie me había enseñado. Con el tiempo comprendí una verdad mucho más incómoda: muchas veces sí sabía lo que debía hacer, pero elegí no hacerlo.
Aceptar esa realidad no es fácil. Es mucho más cómodo culpar a las circunstancias, a la mala suerte o a los demás. Pero madurar también significa comprender que la libertad siempre viene acompañada de responsabilidad.
Nuestras decisiones económicas, familiares y personales rara vez nos afectan solamente a nosotros. Administrar mal nuestros recursos puede terminar afectando la tranquilidad de nuestra familia. Una palabra pronunciada con ira puede permanecer durante años en el corazón de un hijo. Una mentira puede destruir en segundos la confianza que tomó años construir.
Y también ocurre lo contrario. Un abrazo, un “te quiero”, un “perdóname” o una decisión tomada con integridad pueden producir un bien que jamás llegaremos a dimensionar.
Con frecuencia escuchamos decir: “Es mi vida; no le hago daño a nadie”. Pero la realidad es que vivimos profundamente conectados. Somos hijos, padres, madres, esposos, amigos, colaboradores, vecinos y ciudadanos. Lo que hacemos nunca termina únicamente en nosotros.
Jesús lo expresó con una sencillez extraordinaria cuando oró al Padre: «Que todos sean uno» (Juan 17, 21). Si verdaderamente somos uno, entonces nuestras decisiones repercuten, para bien o para mal, en la vida de los demás. Esa es la grandeza y, al mismo tiempo, la responsabilidad de nuestra libertad.
Por eso, quizás una de las señales de madurez sea aprender a detenernos antes de actuar y preguntarnos: ¿cómo repercutirá esta decisión en mi vida dentro de un año? ¿Y dentro de diez? ¿Cómo afectará a mi familia, a las personas que amo o a quienes han depositado su confianza en mí?
No siempre lo haremos bien.
Todos nos hemos equivocado. Hemos tomado decisiones de las que nos arrepentimos, dicho palabras que jamás debimos pronunciar y dejado de hacer cosas que, en el fondo, sabíamos que eran las correctas.
Pero asumir nuestra responsabilidad no significa vivir permanentemente flagelándonos por el pasado.
La culpa puede ser útil cuando nos conduce al arrepentimiento. El arrepentimiento, sin embargo, no debería quedarse solamente en el hecho de sentirnos mal por lo ocurrido. Puede llevarnos al cambio y, cuando sea posible, a reparar o resarcir el daño que hemos causado.
No siempre podremos borrar las repercusiones de nuestras decisiones. Algunas heridas tardan mucho tiempo en sanar y otras quizás permanezcan para siempre. Aceptar esa realidad también forma parte del proceso. Pero una cosa es asumir las consecuencias de nuestros actos y otra muy distinta es condenarnos a vivir prisioneros de ellos.
El pasado no podemos cambiarlo.
El presente, sí.
Cada mañana tenemos una nueva oportunidad para corregir, pedir perdón, reparar, cambiar de rumbo y comenzar de nuevo. Para quienes creemos en Dios, cada nuevo día es también un regalo y una oportunidad para amar más, servir mejor y convertir nuestros errores en aprendizajes.
Quizás de eso se trata finalmente la madurez: no de llegar a una edad en la que dejamos de equivocarnos, sino de aprender a pensar antes de decidir, reconocer cuándo nos equivocamos y tener la humildad y el valor para cambiar.
El pasado puede enseñarnos sin encarcelarnos. El futuro todavía está por escribirse. Y el presente es nuestra oportunidad para hacerlo mejor.
Porque la vida se construye, poco a poco, con las decisiones que tomamos cada día.
Y todas, absolutamente todas, nuestras decisiones tienen repercusiones.
El autor es empresario, consultor y caballero de la Orden de Malta.
Sigue leyendo...