Tarjeta roja al juego sucio

V

Vinicio Chacón Soto

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El fútbol no es solo el deporte más popular del planeta. Es también uno de los instrumentos de lavado de dinero y corrupción más eficientes que el crimen organizado ha encontrado. La razón es estructural: en el fútbol nadie pregunta de dónde viene el dinero. Nadie cuestiona quién financió un estadio o qué hay detrás del patrocinador en la camiseta. El dinero entra, el espectáculo ocurre y las pasiones hacen el resto. El fútbol despierta emociones tan viscerales que cualquier pregunta incómoda sobre su financiamiento se ahoga en el ruido de la gradería y las celebraciones. La gente no quiere preguntas — quiere fútbol, goles y adrenalina. Y el crimen organizado lo sabe mejor que nadie.

Pero el dinero ilícito que se diluye en esta y todas las industrias, es solo una de las dimensiones del problema. La otra, más cotidiana, es la corrupción directa desde adentro del juego. En el fútbol hay movimientos que dependen de levantar un teléfono: para que se quite una tarjeta roja, para que el árbitro no vea lo que todos vieron, para que un resultado sea el que conviene. No son rumores — son patrones documentados en investigaciones penales en varios países a lo largo de décadas, y cuestionamientos que en el entorno del Mundial 2026 han ido más allá. En medio del mundial se reporta hoy, que el FBI investiga a la AFA ( Asociación del Fútbol Argentino) por operaciones internacionales millonarias de más de US$300 millones.

Y eso es hoy, en tiempo real. Pero si revisamos la historia Latinoamericana, que nos dice: inicia documentando a Colombia en los años setenta, cuando los carteles descubrieron que los clubes de fútbol eran un excelente mercado para colocar grandes flujos de dinero. En 1983, el ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla denunció que al menos cinco equipos estaban en manos del narcotráfico. Fue asesinado seis meses después. Escobar financió al Atlético Nacional — que ganó la Copa Libertadores de 1989 — a través de testaferros. El rival era el América de Cali, del Cartel de Cali. Esa rivalidad era, en el fondo, una guerra de carteles con árbitros. Cuando un árbitro decidió mal, fue asesinado. Luego, más adelante el mundialmente conocido FIFAgate, revelado en 2015, mostró que el problema no era solo de clubes sino de las instituciones que gobiernan el deporte. Directivos de la FIFA recibieron más de 150 millones de dólares en sobornos durante 24 años. La gran mayoría eran latinoamericanos y no eran individuos corruptos dentro de una institución sana — eran la expresión de un sistema donde la corrupción era la norma.

Costa Rica tuvo su propio episodio: el expresidente de la Fedefútbol fue detenido en Zúrich, extraditado a Estados Unidos y, tras declararse culpable de los delitos de fraude y corrupción, le impusieron una pena de nueve meses y medio de prisión, una multa e indemnización. Sin embargo, el problema de la corrupción no quedó en la cúpula institucional. Ya hemos visto varios casos de dirigentes de equipos del fútbol costarricense que han terminado detenidos e incluso extraditados, dejando provincias como Limón sin equipo. Esto no implica solo una pérdida deportiva — es una pérdida comunitaria muy sensible. Porque el fútbol en territorios vulnerables, donde hay pocas oportunidades y mucho desempleo, es uno de los pocos espacios y referentes positivos donde los niños y jóvenes pueden encontrar una alternativa a las redes criminales de su barrio. Que ese espacio desaparezca porque sus dirigentes eran parte de esas mismas redes es la ironía más brutal: que el fútbol que debía salvar a los jóvenes de la delincuencia y el consumo de drogas, esté financiado por el mismo crimen organizado que se pretende prevenir.

Lo que ocurre con el fútbol no es un caso aislado — es la consecuencia lógica de un sistema que nadie quiso ver a tiempo en todo el mundo. Y conviene aclararlo: no se trata solo de carteles y redes criminales al estilo narco. Se trata de corrupción normalizada. De la trampa que se valida. De la mano que hace el gol y que todos vieron pero nadie nombra. No son únicamente las organizaciones criminales las que blanquean dinero a través de este deporte — es toda una cultura del juego sucio que se ha ido instalando sin que nadie la detenga, y que hoy se da por sentada.​

Eso es lo que está profundamente mal. Porque el deporte — y el fútbol en particular — debería ser exactamente lo contrario: sinónimo de salud, de encuentro, de alegría, de esfuerzo honesto. Los deportistas están en el medio de todo esto, y su figura debería ser ejemplarizante, especialmente para los niños y jóvenes que los miran como referentes. Pero cuando el fútbol se convierte en escenario de corrupción normalizada y manifestaciones de violencia, esa función se pierde. Y los efectos no quedan en la cancha: también sube la violencia intrafamiliar los días de partido, las personas se amenazan en función de su equipo preferido, los aficionados mueren aplastados en las celebraciones como vimos en México recientemente y la agresividad que el deporte debería canalizar termina desbordándose hacia las familias, los vecinos y las calles.

La enseñanza que deja todo esto es incómoda pero necesaria: mientras los aficionados celebran sin preguntarse de dónde viene el dinero, mientras las federaciones premian el éxito sin auditar su origen, y mientras la sociedad normaliza el juego sucio como si fuera parte inevitable del espectáculo, la corrupción se instala. El fútbol puede y debe ser otra cosa. Deporte y alegría.

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