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Adrián Z. Rivero
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Hace alrededor de un año, el redactor que suscribe este artículo contactó por WhatsApp a Juan (nombre ficticio para resguardar su anonimato), un ingeniero en telecomunicaciones, para una breve conversación con fines periodísticos.
Lo que suponía que sería una interacción habitual, inmediatamente dio un giro radical cuando el supuesto ingeniero respondió algo totalmente inesperado: “¿De casualidad quieres comprar dólares?”, preguntó.
Aunque se le indicó que no había interés, Juan no claudicó y envió un par de fotografías mostrando varios cientos de dólares: “Una amiga me vendió a un excelente precio, tiene $3.000 disponibles”, insistía.
Imágenes enviadas por el cibercriminal que suplantó la identidad digital de Juan, en su intento de una fraudulenta venta de dólares.
Su propuesta no tuvo éxito con el periodista, pero sí con otras dos personas. Al otro lado de la pantalla estaba un cibercriminal que robó el control del WhatsApp de Juan y se hacía pasar por él, escribiéndole a sus contactos con la falsa oferta de venderles dólares a muy bajo precio. Las dos víctimas terminaron depositando dinero en las cuentas indicadas por el estafador.
No se trata de un caso aislado, sino de una suplantación de identidad por medios digitales, un fenómeno que creció 477.22% entre 2018 y 2025, según estadísticas brindadas a UNIVERSIDAD por el Organismo de Investigación Judicial (OIJ), entidad que indica que se trata de un “delito en fase de expansión y consolidación”.
En 2018, la cantidad de denuncias presentadas por suplantaciones de identidad digital fue de 395, pero 7 años después, para 2025, la cifra se disparó hasta 2.280 casos, alrededor de 6 víctimas cada día.
“La cibercriminalidad ha dejado de ser un fenómeno coyuntural; estamos ante un fenómeno estructural de seguridad en temas públicos, económicos y sociales. Este crecimiento, indiscutiblemente, responde a esos modelos delictivos”, señaló Roberto Lemaitre, abogado especialista en ciberseguridad e ingeniero informático, en entrevista con este Semanario.
De acuerdo con Lemaitre, también investigador del Laboratorio de Investigación, Desarrollo e Innovación en Ciberseguridad (Labcibe) de la Universidad Nacional (UNA), los procesos de digitalización en los que ha avanzado el país, sobre todo tras la pandemia de la covid-19, aumentaron la “superficie de exposición” a los delitos cibernéticos.
“Los criminales evolucionaron a cibercriminales y vieron una gran oportunidad en ese negocio cibercriminal con las plataformas digitales, vieron que ese fenómeno de suplantar la identidad es de bajo costo y bastante rentable”, añadió el experto.
“Los criminales evolucionaron a cibercriminales y vieron una gran oportunidad en ese negocio cibercriminal con las plataformas digitales, vieron que ese fenómeno de suplantar la identidad es de bajo costo y bastante rentable”, Roberto Lemaitre, investigador del Labcibe-UNA.
En la misma línea se posicionó Pablo Vásquez, especialista en ciberseguridad de la firma Brakk, quien advirtió de que, aunque cada vez las personas y empresas utilizan más las identidades digitales para sus actividades en línea, “no necesariamente todas las aplicaciones o servicios digitales tienen un nivel de identificación y autenticación robusto”.
La autenticación es “indispensable”, según Vásquez, pues es el paso clave en el mundo digital para asegurar que una persona es quien dice ser. En el mundo físico, equivale a presentar la cédula de identidad, por ejemplo. En el cibernético, va desde una contraseña hasta un token, un factor biométrico (como la huella digital) o la firma digital, que tiene el mayor nivel de ciberseguridad.
“En muchos de los servicios, cualquier persona con un correo electrónico o un número puede crear una cuenta y puede colocar datos que no corresponden a la identidad que dice. Por ejemplo, en redes sociales basta con poner un correo electrónico y un número de teléfono y no hay ninguna validación de identidad de si el perfil que yo digo que soy realmente lo soy”, explicó el especialista.
Un delito “súper sencillo”
Vásquez comentó que estos bajos niveles de ciberseguridad que tienen algunas plataformas o servicios digitales hacen que sea “súper sencillo” para los atacantes crear un perfil y suplantar a las personas.
“Literalmente copio la foto de perfil de la persona, creo un perfil nuevo y listo. No existe ninguna validación de identidad donde realmente se verifique que yo soy quien estoy indicando”, agregó el experto. Lemaitre también opina lo mismo: “suplantar la identidad no es ciencia de cohetes”, dijo el informático.
Ambos coinciden en que hay otra modalidad un poco más compleja para suplantar la identidad digital de las personas, que sucede cuando los criminales logran tomar control de las cuentas reales de las víctimas, algo que se conoce como Account Takeover (ATO) o apropiación de cuentas.
“Ahí usan mucha ingeniería social para que sea la propia persona que tenga acceso a la cuenta la que ingrese, les dé un código de validación o cambie la clave y el atacante logra ingresar a la cuenta; entonces ahí ya ellos están interactuando desde la cuenta que es suya a nombre suyo”, explicó Vásquez.
La ingeniería social es una técnica de manipulación utilizada por los cibercriminales para engañar a las personas y lograr que revelen información confidencial o ejecuten acciones peligrosas: “tampoco es tan complejo, porque no es que están entrando a plataformas rompiéndolas, sino que están aprovechando el factor humano, entonces inducen a la persona a hacer clic en una página falsa”, ejemplificó el investigador del Labcibe-UNA.
En el caso de Juan, quien narró su vivencia para este reportaje, fue víctima del segundo tipo de suplantación de identidad digital explicado:
“Todo empieza cuando yo recibí un mensaje, a través del mismo WhatsApp, de la plataforma Meta, que es la dueña de esta cuestión. Me llega un mensaje de la misma aplicación diciéndome que ha habido varios intentos de hackeo de mi teléfono y que entonces, para garantizar mis comunicaciones y mi privacidad, debía reenviarles un código. Ahí está la trampa”, relató el perjudicado.
Un ciberatacante creó un perfil falso simulando ser del soporte de WhatsApp y, aunque Juan reconoce que él entregó el código de verificación, también lamenta la “falta de colaboración” del verdadero departamento de soporte de esta aplicación.
“Corrí a buscar la ayuda de la plataforma y resulta que escribí una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, diez veces y siempre fue una respuesta automática de un computador. Al final tuve que cambiar el número, porque no hubo nunca ninguna respuesta de ellos”, contó el afectado.
Palanca para ciberestafas y otros delitos
La suplantación de identidad digital de Juan, que se extendió por unos diez días, no se quedó en ese delito, sino que fue utilizada para estafar a sus contactos. Por lo general, eso es lo que sucede, según los expertos consultados:
“En la mayoría de los casos, el atacante busca obtener un beneficio rápido monetario (…). Es la actividad económica de ellos. Si ven que ya algo está muy difícil, lo abandonan y siguen con el otro”, explicó Vásquez, mientras que Lemaitre reafirmó que estas suplantaciones se convierten en “un instrumento para un fin, que normalmente termina en estafas informáticas”.
Ambos tienen razón. La información aportada por el OIJ señala tres grandes patrones criminales asociados a las suplantaciones digitales de identidad, entre los cuales el más importante se relaciona con los fraudes digitales bancarios.
Según la entidad, los delincuentes utilizan las identidades indebidamente para realizar transferencias, créditos, contratos y gestiones fraudulentas de cuentas, con características como una alta afectación patrimonial y el hecho de que muchas víctimas se enteran hasta después de que el delito fue consumado.
“La suplantación de identidad digital se consolida como un fenómeno criminal sistémico y transversal, asociado al uso intensivo de tecnologías de la información, plataformas bancarias electrónicas y redes sociales. No se trata de un delito aislado, sino de un delito instrumental”, señaló la policía judicial.
Casi la mitad de las denuncias en todo el periodo analizado, el 45,91% (4.629 casos), estuvo relacionada con ciberfraudes bancarios, subcategoría a la que sigue la de “otros medios electrónicos”, con 27,64% (2.787 casos), y la de redes sociales, con 26,44% (2.666 casos).
Según el OIJ, el subtipo de “otros medios electrónicos” tiene que ver con el uso de la suplantación digital de identidad, por ejemplo, para el envío de correos electrónicos falsos, servicio de mensajes cortos (SMS, por sus siglas en inglés) y otros escenarios, funcionando como una fase preliminar que a la postre acaba en otros delitos más complejos.
En lo que respecta a la subcategoría de redes sociales, esta se caracteriza por la creación de perfiles falsos de las víctimas con la utilización de fotografías reales, así como actividad en línea como publicaciones, mensajes o contactos fraudulentos. Entre las finalidades de estos casos también están las estafas, además del acoso, la difamación y el contacto con terceros, incluyendo a menores de edad.
Acciones salvadoras (y mitigadoras)
Los dos expertos consultados por UNIVERSIDAD brindaron una serie de recomendaciones relevantes ante el incremento de suplantaciones de identidad digital, que consisten en acciones a realizar antes y después de un evento de este tipo.
Por ejemplo, ambos resaltan la importancia de activar la función de doble factor de autenticación en todas las plataformas, para que el usuario y la contraseña no sean suficientes para acceder a las cuentas, sino que se requiera una verificación adicional: “activar el doble factor en todo lo que tenés es aumentarle el nivel de seguridad a todo tu ecosistema digital”, señaló Lemaitre.
El investigador del Labcibe también recomendó no utilizar una misma contraseña para varias cuentas, ya que los cibercriminales aprovechan esta situación para acceder a todas ellas una vez que logran obtener una sola clave.
Por su parte, para Vásquez también es fundamental la concientización: que las personas sepan cómo actúan los delincuentes, los cuales generalmente presionan a las víctimas diciéndoles que deben realizar acciones en un tiempo corto para que no pierdan falsos beneficios (como puntos en la tarjeta) o no reciban un castigo (como una multa).
“El estar concientizado y atento a qué es lo que hicieron los atacantes le va a permitir a la persona identificar si está expuesta en esa situación para que evite ingresar a los enlaces o compartir información”, añadió el especialista en ciberseguridad.
Ambos expertos también recomiendan, si ya se sufrió el delito, interponer la denuncia respectiva ante el OIJ, no solo para tener estadísticas más certeras para el país, sino para que la víctima de la suplantación se proteja ante un eventual reclamo de un tercero estafado: “La denuncia, lastimosamente, no es para asegurarle a uno que le van a responder, es para poder protegerse si hay algún daño adicional, que no digan que fue culpa de uno”, explicó Vásquez.
Un consejo adicional que brinda Lemaitre es avisar en las redes sociales, si todavía se tiene control sobre ellas, de la suplantación sufrida, a fin de que las personas cercanas no sean estafadas, además de no borrar las evidencias digitales, como los correos o mensajes fraudulentos, ya que estos pueden servir en el proceso de investigación.
La entrada Suplantaciones digitales: el negocio del cibercrimen que se disparó 477% y sigue en expansión aparece primero en Semanario Universidad.
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