I
Indhira Londoño
Guest
La libertad de expresión vive un momento extraordinario. Nunca fue tan fácil decir lo que uno piensa. Lo curioso es que tampoco nunca fue tan difícil aceptar que los demás hagan exactamente lo mismo.
Existe una curiosa especie de demócrata de tiempo parcial. Defiende con entusiasmo el derecho a opinar… siempre que nadie cometa la imprudencia de opinar sobre su opinión. Para ellos, el desacuerdo no forma parte del debate; es una insolencia. La réplica no es una respuesta; es una ofensa. Y el silencio ajeno, por supuesto, siempre confirma que tenían razón.
Su lógica merece un museo.
Si respondes, te dolió.
Si no respondes, te quedaste sin argumentos.
Si preguntas, eres conflictivo.
Si explicas, eres arrogante.
Si ironizas, eres soberbio.
Y si decides seguir con tu vida… acabas de perder por abandono.
Es un reglamento admirable. Las reglas cambian cuando hace falta, pero el resultado nunca sorprende. Tiene una ventaja difícil de igualar: el árbitro, el jugador y el campeón suelen ser la misma persona.
Internet democratizó la opinión, y eso fue una gran noticia. Lo que nadie advirtió fue que también democratizaría la certeza absoluta. Hoy abundan personas que no buscan contrastar ideas; buscan confirmar que jamás tendrán que revisar las propias. Confunden el desacuerdo con la falta de respeto y la respuesta con la agresión.
Hay un personaje que nunca falta en esta historia. Es el que anuncia con solemnidad:
—No volveré a leerla.
Siempre imagino que espera una reacción dramática. Tal vez una llamada urgente preguntándole cómo sobrevivirá la literatura sin su presencia. Sin embargo, la realidad tiene bastante menos vocación de drama. El siguiente artículo se publica. El café sigue caliente. El mundo continúa con una indiferencia casi ofensiva.
Y, curiosamente, muchos regresan.
Al parecer, algunos “nunca más” duran exactamente hasta la siguiente publicación.
Existe otra teoría fascinante: si un escritor responde un comentario, está desesperado. Si no responde, fue derrotado intelectualmente. Nunca contemplan una tercera posibilidad: que simplemente tenga una vida.
Trabaja. Lee. Comparte con su familia. Sale a caminar. Escribe otro artículo. O, sencillamente, decide no invertir horas en una discusión que dejó de ser un intercambio de ideas para convertirse en un concurso de egos.
Hay personas convencidas de que un comentario suyo puede cambiarte el día, la carrera o el prestigio. Debe de ser agotador vivir creyéndose tan importante en la vida de un desconocido. La realidad suele ser mucho más discreta. Mientras algunos celebran una supuesta victoria, el destinatario del comentario ya está pensando en el próximo proyecto, en el supermercado o en qué cocinar para la cena.
Es difícil provocar un terremoto cuando apenas logras mover una notificación.
Lo verdaderamente revelador aparece cuando se terminan las razones. Entonces entra en escena el recurso favorito de quienes ya no tienen argumentos:
Los adjetivos.
Porque responder una idea exige esfuerzo. Descalificar a quien la expresa apenas requiere mal humor. Es mucho más sencillo etiquetar a una persona que desmontar un razonamiento.
Con el tiempo descubrí algo que internet rara vez enseña: no toda conversación merece convertirse en una discusión, y no toda discusión merece una respuesta. No por falta de argumentos, sino por exceso de experiencia.
Hay conversaciones que iluminan.
Otras solo consumen batería.
El tiempo también argumenta, aunque lo haga sin levantar la voz.
Escribo porque disfruto escribir. Porque ordenar ideas me resulta más interesante que coleccionar discusiones. No escribo para gustarle a todo el mundo; eso sería tan imposible como pretender que todos disfruten el mismo libro, la misma canción o el mismo café.
Quien se queda, bienvenido.
Quien se va, buen viaje.
Y quien regresa después de anunciar que jamás volvería… también encontrará la puerta abierta.
Al final entendí que escribir nunca fue un concurso de popularidad. Es un ejercicio de libertad. La libertad de pensar, de disentir y, sobre todo, de elegir qué conversaciones merecen nuestro tiempo.
Hay comentarios que buscan comprender.
Otros solo buscan tener la última palabra.
Aprender a distinguirlos también forma parte del oficio de vivir.
Porque el ego convierte cualquier desacuerdo en una ofensa; la inteligencia, en cambio, lo convierte en una pregunta.
Las opiniones cambian.
Los comentarios se olvidan.
El carácter permanece.
Y quizá la mayor victoria no consista en tener siempre la última palabra, sino en conservar la serenidad mientras otros siguen convencidos de que un comentario puede detener la vida de alguien que, hace mucho, decidió seguir caminando.
La autora es profesora de filosofía.
Sigue leyendo...
Existe una curiosa especie de demócrata de tiempo parcial. Defiende con entusiasmo el derecho a opinar… siempre que nadie cometa la imprudencia de opinar sobre su opinión. Para ellos, el desacuerdo no forma parte del debate; es una insolencia. La réplica no es una respuesta; es una ofensa. Y el silencio ajeno, por supuesto, siempre confirma que tenían razón.
Su lógica merece un museo.
Si respondes, te dolió.
Si no respondes, te quedaste sin argumentos.
Si preguntas, eres conflictivo.
Si explicas, eres arrogante.
Si ironizas, eres soberbio.
Y si decides seguir con tu vida… acabas de perder por abandono.
Es un reglamento admirable. Las reglas cambian cuando hace falta, pero el resultado nunca sorprende. Tiene una ventaja difícil de igualar: el árbitro, el jugador y el campeón suelen ser la misma persona.
Internet democratizó la opinión, y eso fue una gran noticia. Lo que nadie advirtió fue que también democratizaría la certeza absoluta. Hoy abundan personas que no buscan contrastar ideas; buscan confirmar que jamás tendrán que revisar las propias. Confunden el desacuerdo con la falta de respeto y la respuesta con la agresión.
Hay un personaje que nunca falta en esta historia. Es el que anuncia con solemnidad:
—No volveré a leerla.
Siempre imagino que espera una reacción dramática. Tal vez una llamada urgente preguntándole cómo sobrevivirá la literatura sin su presencia. Sin embargo, la realidad tiene bastante menos vocación de drama. El siguiente artículo se publica. El café sigue caliente. El mundo continúa con una indiferencia casi ofensiva.
Y, curiosamente, muchos regresan.
Al parecer, algunos “nunca más” duran exactamente hasta la siguiente publicación.
Existe otra teoría fascinante: si un escritor responde un comentario, está desesperado. Si no responde, fue derrotado intelectualmente. Nunca contemplan una tercera posibilidad: que simplemente tenga una vida.
Trabaja. Lee. Comparte con su familia. Sale a caminar. Escribe otro artículo. O, sencillamente, decide no invertir horas en una discusión que dejó de ser un intercambio de ideas para convertirse en un concurso de egos.
Hay personas convencidas de que un comentario suyo puede cambiarte el día, la carrera o el prestigio. Debe de ser agotador vivir creyéndose tan importante en la vida de un desconocido. La realidad suele ser mucho más discreta. Mientras algunos celebran una supuesta victoria, el destinatario del comentario ya está pensando en el próximo proyecto, en el supermercado o en qué cocinar para la cena.
Es difícil provocar un terremoto cuando apenas logras mover una notificación.
Lo verdaderamente revelador aparece cuando se terminan las razones. Entonces entra en escena el recurso favorito de quienes ya no tienen argumentos:
Los adjetivos.
Porque responder una idea exige esfuerzo. Descalificar a quien la expresa apenas requiere mal humor. Es mucho más sencillo etiquetar a una persona que desmontar un razonamiento.
Con el tiempo descubrí algo que internet rara vez enseña: no toda conversación merece convertirse en una discusión, y no toda discusión merece una respuesta. No por falta de argumentos, sino por exceso de experiencia.
Hay conversaciones que iluminan.
Otras solo consumen batería.
El tiempo también argumenta, aunque lo haga sin levantar la voz.
Escribo porque disfruto escribir. Porque ordenar ideas me resulta más interesante que coleccionar discusiones. No escribo para gustarle a todo el mundo; eso sería tan imposible como pretender que todos disfruten el mismo libro, la misma canción o el mismo café.
Quien se queda, bienvenido.
Quien se va, buen viaje.
Y quien regresa después de anunciar que jamás volvería… también encontrará la puerta abierta.
Al final entendí que escribir nunca fue un concurso de popularidad. Es un ejercicio de libertad. La libertad de pensar, de disentir y, sobre todo, de elegir qué conversaciones merecen nuestro tiempo.
Hay comentarios que buscan comprender.
Otros solo buscan tener la última palabra.
Aprender a distinguirlos también forma parte del oficio de vivir.
Porque el ego convierte cualquier desacuerdo en una ofensa; la inteligencia, en cambio, lo convierte en una pregunta.
Las opiniones cambian.
Los comentarios se olvidan.
El carácter permanece.
Y quizá la mayor victoria no consista en tener siempre la última palabra, sino en conservar la serenidad mientras otros siguen convencidos de que un comentario puede detener la vida de alguien que, hace mucho, decidió seguir caminando.
La autora es profesora de filosofía.
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