San José a pie con Miguel Salguero

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Jose Eduardo Mora

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La San José que muchas veces ha sido tildada como una ciudad sucia y anticuada, en los ojos del escritor y periodista Miguel Salguero adquiere una dimensión cultural e histórica que exige una revisión basada en parámetros tangibles, en contraposición de aquella mirada marcada por la subjetividad.

Salguero, de cuya muerte se cumplen este sábado 21 de marzo ocho años, plasmó en San José a pie, una visión particular de la ciudad, a la que invita a recorrer a partir de una revisión de sus puntos neurálgicos que permitieron que la capital se fuera asentando y creando su propia identidad.

Como ya se había adelantado en la edición del Semanario UNIVERSIDAD publicada el 18 de febrero, este medio dedicará esta y otra entrega a revisar la aparición de tres materiales inéditos del periodista, en su momento ganador del Premio Joaquín García Monge.

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El libro de Salguero dedicado a la capital, enfatiza en cómo la ciudad interactúa con lo histórico y una prueba es la estatua de Juan Vázquez de Coronado en el Parque España. (Foto: Kattia Alvarado)

Un arroz con mango, San José a pie y un conjunto de poemas son las obras rescatadas tras el fallecimiento de Salguero, quien en vida publicó más de 25 libros de diversa índole, todos ellos marcados por su curiosidad infinita.

En el caso de San José a pie, Salguero va narrando y redescubriendo, en un ejercicio de cronista, lugares que por una u otra razón le sirven para ir construyendo el imaginario de una ciudad que ha sabido dialogar con su historia y con la historia de América Latina, pese al prejuicio que la cataloga como una ciudad sucia y arquitectónicamente de una pobreza sin par.

Para sobreponerse a ello, Salguero invita al lector de su libro inédito a que le acompañe a sus visitas por distintos espacios del caso central, en el que no pasa por alto la construcción de la primera ermita sobre la que se fue edificando aquella villa que en un principio solo generaba lástima por sus carencias de toda índole.

En el libro, en el que llama la atención la minuciosidad con que Salguero atendía el lenguaje, se pueden apreciar las marcas de sus propias correcciones, siempre en busca de que el texto que llegase a las manos del lector, fuese lo más pulido y corregido posible.

«Iniciamos este libro con el deseo de que ustedes nos acompañen en un recorrido por la geografía, historia y leyenda de la ciudad capital de nuestra República, San José de Costa Rica, el país de los ticos, de donde se deriva la palabra Tiquicia.

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Salguero cuenta que el edificio de la Casa Amarilla (hoy Cancillería) fue donado por el estadounidense Andrew Carnegie. (Foto: Kattia Alvarado)

El valle donde se asienta San José fue llamado en un principio ‘del Abra’, y si bien hoy el centro del país se conoce como Valle Central, porque la palabra valle sustituyó la de meseta, por inapropiada, en los viejos tiempos lo de ‘abra’ se circunscribía a lo que hoy podríamos llamar el centro de la ciudad».

De inmediato, Salguero, quien había desarrollado una habilidad para contar que no solo utilizó en la página escrita, sino que también la empleó en el cine y en la televisión, se apresura a explicar el significado del término ‘abra’.

«Abra quiere decir desmonte en medio de la selva; o sea que alguien hizo un desmonte en donde hoy está el Banco Central, y esa tala fue el origen de una población alrededor de una ermita, la ‘más pobre e indecente’, según la describió un obispo, pues hasta los animales andaban dentro de la Casa de Dios como Pedro por la suya».

Llama la atención cómo el espacio que hoy ocupa el Banco Central ha sido fundacional para San José, porque ahí estuvo el Palacio Nacional y muy cerca se ubicaba la referida ermita. La destrucción del palacio es motivo de controversia desde hace más de 75 años, debido a que fue un sitio en el que se tomaron decisiones políticas e históricas de relevancia para el país.

Lo del Palacio Nacional merece una investigación aparte, dado que todavía hay demasiados cabos sueltos para poder entender cómo fue posible su demolición en tiempos en que gobernaba José Figueres Ferrer.

Paso a paso

Lo que en esencia propone Salguero en su texto inédito es un recorrido por espacios de San José que están a la mano de los transeúntes que a diario caminan por la capital, pero que por las prisas y la falta de interés histórico, en la mayoría de las ocasiones se pasan por alto.

Así que cuando invita a redescubrir todo el entorno alrededor del que se estructuró la pobre villa, allá por 1737, lo que en realidad está haciendo es desafiando al lector de que otra mirada es posible de esta San José que hoy se debate entre el ruido y la aglomeración, dos elementos suficientes para que sus orígenes queden sepultados en el más puro olvido.

«Ubicados en el edificio del Banco Central, recordamos que, aparte del Palacio Nacional, en realidad este fue el propio centro de la capital de la República. Ya se dijo que al costado este estuvo la primera iglesia, que originó el villorio y el nombre. Pero, como en toda ciudad fundada por españoles, el terreno que ocuparon el Palacio y el cuartelito de Artillería, fue una plaza; y en la parte norte se hallaba el cabildo.

Posteriormente, estuvo el edificio del Cuño, es decir, donde se acuñaban monedas. También, junto a la esquina que hoy ocupa parte del correo, estaba la Casa Presidencial en tiempos de don Próspero Fernández, quien nos gobernó entre 1884 y 1885, año en el cual murió víctima de una fiebre que le atacó cuando se encontraba en Guanacaste. De regreso falleció en Atenas».

Se puede apreciar, con este último apunte, cómo era la Costa Rica que Salguero va desmenuzando con paciencia de orfebre y apuntes de «cronista de indias», puesto que la muerte que narra de Fernández no solo retrata la época, sino que lo hace como al pasar, como si con él no fuera la cosa.

Y este tono narrativo, en el que es la sucesión de hechos los que adquieren la verdadera dimensión de lo que cuentan, hace que la voz del que da su punto de vista se relegue a un segundo o tercer plano, para que la crónica, entonces, pueda participar de su riqueza y manifestarse en toda su esplendor.

Hay que destacar que Salguero, como magnífico contador de historias que era, entre paso y paso va haciendo sus propias digresiones de temas que van aflorando, con lo cual rompe la linealidad de la narración y la viste con ropajes que le dan un mayor valor al libro.

Eso sucede, por ejemplo, cuando hace referencia a cómo el café fue introducido en la capital por el sacerdote Félix Velarde, quien, de acuerdo con el cronista, introdujo la primera plantación en San José en 1816 y que fue el gobernador Tomás Acosta quien trajo a Costa Rica las primeras semillas del grano procedentes de Cuba.

Como puede apreciarse, al ir desmenuzando acontecimientos y situaciones sin ninguna prisa, aunque el libro sea breve —64 páginas en formato de 8/12 x 11, en un punto de letra de 12 a espacio seguido, lo que ya en un libro diagramado podría ampliar la compaginación a unas 110 o 120 páginas— la riqueza de datos que va aportando hace que a su vez se vaya gestando una mirada distinta que el lector minucioso apreciará.

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El escritor destaca cómo la ciudad de San José está llena de monumentos, uno de ellos el dedicado a Simón Bolívar en el Parque Morazán y resalta la necesidad de redescubrirlos. (Foto: Kattia Alvarado)

Parques y monumentos

Enterarse de que al lado del Parque Morazán, así llamado por decisión de don Cleto González Víquez mediante un decreto, por muchos años se realizaron fiestas cívicas es una manera de aproximarse al lugar con la mirada de los años idos, y que es la que permite ir reconstruyendo de forma imaginada cómo era la Costa Rica de los primeros años.

Para sostener la anterior afirmación, Salguero apunta: «(…) Hubo jolgorios en este parte en los años 20 hasta 1933 del mismo siglo; existen unas películas de don José María Arias, filmadas en 1933, las cuales así lo atestiguan».

Y cuando Salguero se introduce a hacer un recorrido lento por el Morazán, Parque España y Nacional, da cuenta de cómo estos espacios sirven para conectar con grandes personajes de la historia y que en la mayoría de las ocasiones cuando se visitan se pasan de largo.

Del Parque Nacional recuerda que, por muchos años, ahí se efectuaban peleas de gallos que en aquel momento eran permitidas y de las que participaban las diferentes clases sociales sin distingos, porque desde el ciudadano más humilde, hasta el presidente de la República, se daban cita para observar el acontecimiento.

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El mastodóntico edificio del Banco Central se erigió donde estuvo por más de un siglo el Palacio Nacional, centro de la vida política del país. (Foto: Kattia Alvarado)

«Otra de las estatuas del Morazán corresponde al libertador Simón Bolívar. Pero le han faltado al respeto al ilustre venezolano, ya que la espada que no perdió frente al español, la ha perdido en dos ocasiones a manos del ampa».

Dentro de esas digresiones ya mencionadas, cabe destacar una que hace Salguero cuando está saliendo del Parque España y se enrumba hacia el Barrio Otoya.

«En 1829 llegó exiliado a Puntarenas, en un bergantín llamado Mercedes, el mariscal José de la Mar y Cortázar, presidente del Perú. La Mar fue pieza fundamental del triunfo de las fuerzas, precisamente, de San Martín cuando este llegó a costas peruanas con una expedición libertadora.

La Mar —cuya historia está descrita en un libro nuestro, General de seis esclavos—, quien era general realista, renunció a sus títulos y se unió a los independentistas.

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El busto del ilustre Andrés Bello se encuentra en el Parque Nacional y pocas veces el transeúnte repara en este tipo de detalles, como sí lo hace el autor de «San José a pie». (Foto: Kattya Alvarado)

Los detalles en San José a pie son un valioso recurso que el autor irá aprovechando a lo largo de la obra, la cual da una visión sobre la capital que induce a sopesar si en realidad es un lugar tan desagradable como la han pintado los cronistas más recientes.

Hay que recordar, por ejemplo, que en 2019 Virginia Nesi, de El Mundo, de España, incluyó a San José en un grupo de diez ciudades que convenía evitar por ser un destino poco «agraciado», mientras que entre paréntesis aludía a lo feo de la urbe.

Con esta visión que Salguero aporta, se puede deducir que, si bien San José tiene muchos desafíos desde el punto de vista del ornato y del cuido del poco patrimonio histórico que todavía le queda, no es como plantea El Mundo una ciudad a la que haya que evitar, porque si se sabe recorrer, le puede deparar al transeúnte, en especial al costarricense, la posibilidad de redescubrirla.

Y en este campo, Salguero escribía desde el conocimiento pleno, puesto que si hubo un tico que anduvo prácticamente por todos los rincones del país, fue él.

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Muestra de que la Costa Rica independiente nunca se consideró una nación aislada, es que en sus distintos espacios de la capital acoge un amplio número de monumentos, como el dedicado al prócer cubano José Martí, en el Parque Nacional. (Foto: Kattia Alvarado)

Cuenta la leyenda, que cuando trabajaba para La Nación, no dejó rincón que no visitara con su jeep doble tracción y excompañeros aseguran que Salguero tenía como lema que si se encontraban dos senderos, escogía el de más difícil acceso, porque estaba casi seguro de que ahí se toparía con una magnífica historia para trasladarla luego al papel y compartirla con sus lectores.

De forma tal, que si Salguero veía a San José más con el prisma de lo patrimonial y de lo histórico era porque sabía que el “alma” de la ciudad todavía prevalecía ese valor que remitía a los antepasados que entre políticas, desafíos, miserias y sueños, levantaron una ciudad que incluso en su momento la oligarquía pretendía que se convirtiera en una pequeña París en el trópico.

San José a pie es, en definitiva, una guía inequívoca para andar y desandar a la capital, con un compañero de viaje que amó, como pocos, a la ciudad y al país en general: Miguel Salguero.

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Miguel Salguero, periodista y escritor. (Foto: José Eduardo Mora)

La entrada San José a pie con Miguel Salguero aparece primero en Semanario Universidad.

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