V
Víctor Hernández
Guest
En un mundo en el que la inteligencia artificial, el internet de las cosas (IoT) y la industria 4.0 marcan el rumbo de la economía, Panamá parece haberse quedado en un debate incipiente, casi tímido, sobre estas tecnologías. Los científicos y especialistas rara vez participan en las discusiones públicas y, cuando la Asamblea Nacional aborda temas de innovación, lo hace sin suficientes voces expertas en inteligencia artificial, IoT o ciberseguridad.
El resultado es un vacío de políticas que fomenta la fuga de talento: ingenieros, científicos de datos y especialistas en IA que buscan en el extranjero las oportunidades que aquí no encuentran. Cada profesional que se va es capital humano perdido y una oportunidad de desarrollo que el país deja escapar.
Este escenario nos obliga a reflexionar: ¿qué lugar ocupan la ciencia y la tecnología en nuestra agenda nacional? En países líderes, la IA y las tecnologías emergentes son tema de Estado, eje de la educación, motor de competitividad y prioridad en la estrategia económica. Aquí, sin embargo, parecen un asunto lejano o reservado para unos pocos.
Panamá necesita dar un salto cualitativo: integrar especialistas en tecnología en las comisiones legislativas, crear consejos asesores en innovación y educación, y articular políticas de Estado que impulsen la adopción de estas tecnologías en empresas, universidades y gobierno. No se trata solo de modernizar, sino de redefinir el modelo de desarrollo del país.
Imaginemos un país donde la mayoría de la población maneje al menos conceptos básicos de inteligencia artificial y datos. Seríamos un polo atractivo para multinacionales tecnológicas, crearíamos empleos de alto valor agregado y transformaríamos nuestro sistema educativo en uno competitivo a nivel global.
Modernizar no es opcional: es una necesidad urgente. Si no hacemos de la tecnología y la ciencia un asunto prioritario, seguiremos viendo cómo nuestro capital humano se va y cómo las oportunidades se instalan en otros países. Panamá está a tiempo de convertir esta debilidad en una ventaja competitiva, pero la conversación debe empezar ya.
El autor es especialista en tecnologías emergentes.
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El resultado es un vacío de políticas que fomenta la fuga de talento: ingenieros, científicos de datos y especialistas en IA que buscan en el extranjero las oportunidades que aquí no encuentran. Cada profesional que se va es capital humano perdido y una oportunidad de desarrollo que el país deja escapar.
Este escenario nos obliga a reflexionar: ¿qué lugar ocupan la ciencia y la tecnología en nuestra agenda nacional? En países líderes, la IA y las tecnologías emergentes son tema de Estado, eje de la educación, motor de competitividad y prioridad en la estrategia económica. Aquí, sin embargo, parecen un asunto lejano o reservado para unos pocos.
Panamá necesita dar un salto cualitativo: integrar especialistas en tecnología en las comisiones legislativas, crear consejos asesores en innovación y educación, y articular políticas de Estado que impulsen la adopción de estas tecnologías en empresas, universidades y gobierno. No se trata solo de modernizar, sino de redefinir el modelo de desarrollo del país.
Imaginemos un país donde la mayoría de la población maneje al menos conceptos básicos de inteligencia artificial y datos. Seríamos un polo atractivo para multinacionales tecnológicas, crearíamos empleos de alto valor agregado y transformaríamos nuestro sistema educativo en uno competitivo a nivel global.
Modernizar no es opcional: es una necesidad urgente. Si no hacemos de la tecnología y la ciencia un asunto prioritario, seguiremos viendo cómo nuestro capital humano se va y cómo las oportunidades se instalan en otros países. Panamá está a tiempo de convertir esta debilidad en una ventaja competitiva, pero la conversación debe empezar ya.
El autor es especialista en tecnologías emergentes.
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