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Nunca la patria ha sido un gobernante
La patria, como Dios y el dinero, son ideas neutras que se interpretan y manipulan al antojo de quien tiene o quiere el poder.
Carolina Escobar Sarti
17 de septiembre de 2026
|
00:04h
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Caudillistas, presidencialistas, verticalistas, siempre necesitados de una figura dominante que nos diga qué hacer, siempre imaginando la patria como sinónimo del padre, del gobernante de turno y su gobierno. Así es más fácil amarla u odiarla, según las circunstancias. Así es más fácil echarle la culpa de todo, desde la corrupción hasta las crisis políticas y ecológicas. Así, cada septiembre la gente vuelve a preguntarse: ¿para qué tanta celebración en este remedo de patria? ¿Cómo vamos a querer a esta patria corrupta, destrozada, ingrata, negligente?
Amar a la patria también significa cuestionarla, denunciar sus injusticias.
En la Roma antigua, incluso Cicerón concebía a la patria como una figura parental (pater familias como máxima autoridad, antepasados, tierra, comunidad, deber de defenderla). En la Europa medieval, el significado político que se le daba en Roma a la idea de patria perdió fuerza, pero de cierta manera se sostuvo cuando las personas se organizaron alrededor de los feudos, la religión, el reino, la familia y el linaje paterno. En los siglos XVIII y XIX, con la Ilustración, las revoluciones y el nacimiento de los Estados-nación, la idea de patria recuperó una gran fuerza política que se integró en un orden basado en los conceptos de territorio, historia, idioma, cultura, instituciones e imaginarios colectivos. Y se diferenció luego entre patria y nación, la primera con su acento más en la pertenencia afectiva y la segunda, concebida más como una comunidad humana con una determinada historia.
En nuestra América Latina, luego de las independencias y gracias a nuestra visión eurocéntrica, la idea de patria se vuelve fundamental para la formación de los nuevos Estados. Pero se abre una fisura enorme, cuando los líderes de las nuevas repúblicas ponen en el centro la idea de una patria común, mientras estas se levantan sobre enormes desigualdades entre los criollos, los pueblos originarios, las mujeres, los campesinos, los trabajadores, los esclavos y las élites económicas. Entonces se dijo que la patria era nuestra, pero también se usó el concepto para legitimar ciertos poderes. Esto me recuerda la frase lapidaria de Luis Cardoza y Aragón, desde su exilio en México: “No amamos nuestra tierra por grande y poderosa, por débil y pequeña, por sus nieves y noches blancas o su diluvio solar, la amamos, simplemente, porque es la nuestra”.
La palabra patria ha sido usada por líderes, caudillos y pseudolíderes en nuestro continente, para legitimar su posición política particular en eslóganes, ofrecimientos de campaña o políticas que parecen representar a una patria entera, sin que esto sea cierto. La patria, como Dios y el dinero, son ideas neutras que se interpretan y manipulan al antojo de quien tiene o quiere el poder. Expresiones como “nuestra gran patria”, “enemigos de la patria”, “guardianes de la patria”, “yo soy la patria” o “vamos a defender la patria” han tenido mucha fuerza política en nuestros países, casi siempre corruptos, divididos y mantenidos en la ignorancia. Justo en esa grieta se instala la idea simplista y maniquea de una patria que resulta siendo la del gobernante de turno. Esto lo saben, sobre todo, los caudillos, esos que se presentan a sí mismos como los intérpretes auténticos de su patria.
Amar a la patria también significa cuestionarla, denunciar sus injusticias y no aceptar el “patriotismo” como una defensa de quienes la oprimen. La mitología patriotera, como decía Cardoza y Aragón, termina siendo un nacionalismo excluyente. Un falso nacionalismo. Hoy, se buscan nuevas maneras de nombrar lo que hasta ahora hemos llamado patria, sabiendo que su raíz conceptual y su historia están profundamente relacionadas con el poder patriarcal que siempre va tras la conquista, la autoridad, el poder y el territorio. No tengo aún la palabra, pero sí la idea de una Guatemala que llegue a ser un lugar digno de habitar para todas y todos, donde nos cuidemos los unos a los otros y cuidemos el entorno y la vida. Esa Guatemala que se sueña es el motivo de nuestra esperanza.
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