Mientras el mundo mira a Irán, la guerra en Ucrania entra en una nueva fase

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Giovanni Carlucci

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La atención internacional suele desplazarse hacia la crisis más reciente. Hoy, el conflicto entre Irán e Israel domina los titulares, los debates políticos y los análisis estratégicos. Sin embargo, mientras los reflectores apuntan hacia Oriente Medio, otra transformación silenciosa continúa desarrollándose en Europa: la guerra entre Rusia y Ucrania está cambiando de naturaleza.

No se trata de una ofensiva espectacular ni de grandes avances territoriales. Precisamente ahí reside la noticia.

Los más recientes análisis del campo de batalla muestran que Rusia ha consolidado una estrategia basada en la guerra de desgaste. En lugar de buscar rápidas penetraciones con grandes formaciones blindadas, Moscú está reorganizando sus fuerzas para una guerra lenta, apoyada en motocicletas, vehículos ligeros, drones aéreos, vehículos terrestres no tripulados y una logística diseñada para sobrevivir en un campo de batalla dominado por la vigilancia permanente.

Es una adaptación obligada.

La proliferación masiva de drones ha reducido considerablemente la libertad de maniobra de los tanques y vehículos blindados tradicionales. Ambos ejércitos operan bajo una vigilancia casi continua, en la que cualquier concentración de tropas puede ser detectada y atacada en cuestión de minutos. El resultado es una guerra en la que el movimiento vale menos que la supervivencia.

Paradójicamente, esta adaptación tampoco está produciendo grandes resultados para Rusia. A pesar del enorme esfuerzo humano, industrial y financiero, el avance territorial continúa siendo extremadamente lento, mientras las pérdidas siguen siendo elevadas. La guerra se ha convertido en una competencia de resistencia más que de maniobra.

Pero el cambio más importante probablemente no ocurre en el frente.

Empiezan a aparecer señales de desgaste dentro de la propia Federación Rusa. Diversos indicadores económicos muestran una desaceleración significativa de la actividad empresarial, una creciente presión sobre el sistema financiero y un deterioro de la confianza económica. Al mismo tiempo, las campañas ucranianas contra refinerías, depósitos de combustible e infraestructura energética están comenzando a trasladar el costo de la guerra desde el campo de batalla hacia la vida cotidiana del ciudadano ruso. (Kyiv Post).

Incluso las propias encuestas vinculadas al Estado ruso han reconocido una disminución en los índices de aprobación del presidente Vladimir Putin, algo poco habitual desde el inicio de la invasión, en 2022. Aunque este tipo de mediciones debe interpretarse con cautela debido al entorno político ruso, resulta significativo que instituciones cercanas al Kremlin comiencen a reflejar un mayor nivel de descontento social. (Kyiv Post).

Mientras tanto, Ucrania también está modificando su estrategia.

En lugar de concentrarse exclusivamente en recuperar territorio, Kiev busca elevar progresivamente el costo económico de la guerra para Moscú. Los ataques de largo alcance contra infraestructura energética, logística militar, puentes, depósitos de combustible y activos navales persiguen un objetivo claro: dificultar la capacidad rusa para sostener un conflicto prolongado. La guerra ya no se libra únicamente sobre el mapa; también se libra sobre la economía, la producción industrial y la resiliencia nacional. (The Guardian).

Este conflicto está ofreciendo, además, una lección que probablemente marcará las próximas décadas.

Los drones, la inteligencia artificial, la guerra electrónica y la automatización ya no son tecnologías complementarias. Se han convertido en elementos centrales de la doctrina militar moderna. La experiencia ucraniana está siendo observada atentamente por todas las grandes potencias, desde Estados Unidos y China hasta la OTAN y numerosas fuerzas armadas del mundo. Cada innovación tecnológica que demuestra eficacia en Ucrania será incorporada, estudiada o adaptada por otros ejércitos.

Para países como Panamá, aparentemente alejados del conflicto, la tentación es pensar que esta guerra pertenece exclusivamente a Europa.

Sería un error.

Las guerras modernas ya no permanecen confinadas a una región. Alteran mercados energéticos, cadenas logísticas, rutas marítimas, precios internacionales, presupuestos de defensa y prioridades estratégicas de las principales potencias. Todo ello termina afectando también a economías abiertas y altamente dependientes del comercio internacional.

Mientras la atención global se concentra en Oriente Medio, la guerra en Ucrania continúa transformando silenciosamente la forma en que se librarán los conflictos del siglo XXI. Y, como suele ocurrir en la historia, los cambios más profundos no siempre son los que ocupan los primeros titulares.

El autor es empresario y analista geopolítico.

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