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Jenny Martínez
Guest
En las frías mañanas cuencanas de los noventa, madrugar para tomar el bus con mi hermano era parte de una pequeña aventura cotidiana. Viajábamos apretados como sardinas y, algunas veces, casi como Spider-Man: sostenidos con los dos brazos y cruzando los dedos para que al chofer no se le ocurriera frenar de golpe. Nos bajábamos en la Remigio Crespo, nos separábamos cerca del colegio Antonio Ávila y yo continuaba la caminata hacia la escuela. En tiempos de sequía, el Tomebamba incluso nos prestaba su cauce para acortar camino: cruzar entre las piedras podía ahorrarme unos siete minutos hasta llegar a la Hernán Cordero Crespo. Y esos siete minutos tenían un propósito.
La entrada de la escuela era un espectáculo. Entre la algarabía de los niños aparecía un pequeño comercio informal que convertía la vereda en una feria: vasos de morocho caliente, espumillas, papitas servidas sobre un pedazo de papel y la tecnología de la época, que podía ser un Tetris portátil de pantalla verde, un yoyo o unas canicas de colores. Las fotocopias todavía conservaban cierto aire de novedad y los dibujos de Súper Campeones para colorear se vendían como pan caliente. Llegar temprano también significaba tener unos minutos para mirar, elegir y fantasear antes de que sonara la campana.
Aquellas ocho páginas hicieron algo que ningún algoritmo puede garantizar: convertir el aprendizaje en un recuerdo.
Ocho páginas
Ya dentro de la escuela, después de la inspección del uniforme, los zapatos y el peinado en la fila de ingreso, cada mes podía aparecer una pequeña sorpresa sobre el pupitre. Era una publicación sencilla, de apenas ocho páginas, impresa en blanco y negro y que parecía pedir a gritos nuestros lápices de colores. Se llamaba Mi Escuelita.
Nunca logré coleccionarla, pero recuerdo la sensación cada vez que un ejemplar llegaba a mis manos. Allí había historia del Ecuador, canciones, adivinanzas, dibujos y pequeños ejercicios. Uno podía leer, pintar, resolver y volver sobre sus páginas varias veces. Sin saberlo, aquella revista estaba dibujando parte de la cartografía afectiva de nuestra infancia.
Muchos años después terminé preguntándome quién estaba detrás de todo aquello. No había una multinacional ni un poderoso grupo editorial, sino la vocación de un maestro: Julio César Tamayo Gallegos. Profesor y supervisor educativo, Tamayo encontró inspiración al observar el asombro de niños del sector rural frente a un periódico y dedicó décadas de su vida a producir y distribuir Mi Escuelita.
Había comprendido algo aparentemente sencillo: para enseñar no siempre hay que abrumar; a veces basta con conectar. Incluso aquel blanco y negro que hoy podría parecer una limitación respondía a una intención: dejar espacio para que el niño interviniera, coloreara y terminara la página a su manera. Ese era precisamente uno de sus propósitos: que el lector no fuera solamente receptor, sino también participante.
Entre el papel y la pantalla
Hoy soy padre y observo a mis hijos crecer en un mundo completamente diferente. Todo está disponible a un clic, en alta definición y a todo color. Las pantallas responden antes de que terminemos de formular una pregunta y un video puede ser reemplazado por otro después de apenas unos segundos. No creo que aquel tiempo haya sido necesariamente mejor, ni que la tecnología sea enemiga del aprendizaje. Pero sí me pregunto qué perdemos cuando casi nada exige esperar, imaginar o completar lo que falta.
Tal vez por eso recuerdo Mi Escuelita. No por nostalgia de la escasez, sino porque aquellas páginas nos obligaban a participar. Había que leer, colorear, preguntar, imaginar y, muchas veces, compartirlas con alguien más. No nos entregaban todo terminado.
Lo que queda
Julio César Tamayo falleció en 2019, a los 102 años, después de haber dedicado buena parte de su vida a la educación. Su historia deja una lección especialmente vigente en este 2026 saturado de información: las herramientas cambian, pero la vocación continúa siendo insustituible.
Podemos tener pantallas, inteligencia artificial, plataformas educativas y bibliotecas enteras dentro de un teléfono. Todo eso puede ayudarnos enormemente. Pero ninguna tecnología reemplaza por sí sola la capacidad de un maestro para despertar curiosidad, ni el amor por aquello que se hace con verdadero propósito.
Quizá ese fue el milagro de Mi Escuelita. Ocho páginas, tinta negra y mucho espacio para imaginar fueron suficientes para acompañar a generaciones de niños. Y todavía hoy, varias décadas después, basta recordar una de aquellas hojas esperando nuestros lápices de colores para comprobar que algunas lecciones terminan guardándose mucho más allá del pupitre.
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