Mera: La cuna de la vida al filo del abismo

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Guido Calderón

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Ecuador posee un corredor místico donde el aire frio andino se mezcla con corrientes cálidas amazónicas y se transforma en docenas de aires. Es ese tránsito alquímico que ocurre al descender desde Baños de Agua Santa, a 1820 msnm, con su frío seco de montaña y la mirada vigilante de un volcán que nos recuerda nuestra fragilidad, hacia la entrada de la Amazonía; de pronto, la piel siente el abrazo de un vapor húmedo y cálido; la vegetación se vuelve una selva desbordada y el paisaje se rompe en mil hilos de plata que caen de las rocas: son las cascadas, esas arterias de cristal que celebran nuestra biodiversidad.

En Mera, la “Cuna de la Vida”, un maravilloso lugar donde el río Pastaza, con su belleza de serpiente plateada, fluye con una majestuosidad engañosa, hay una amenaza. Tras esa postal paradisíaca, donde el volcán Sangay asoma su silueta de fuego en el horizonte, se esconde una sentencia de muerte que las autoridades parecen ignorar con una indolencia que hiela la sangre.

Memoria del lodo​


No podemos olvidar el año 2011, en aquel entonces, el imponente abismo sobre el cual se levanta esta ciudad, no solo rugió; se desmoronó, tragándose la mesa de la vía y dejando a la Amazonía aislada en un parto de lodo y piedras. Fue un aviso, un guantazo de la geología que nos dijo que el terreno es una terraza aluvial herida. Hoy, quince años después, el Pastaza sigue golpeando la base de la ciudad con un constante taladro de agua. El río está devorando los cimientos de Mera, y mientras el peligro crece, la respuesta oficial es tan patética como insultante.

El insulto de los arcos metálicos​


La “gran solución” de los genios detrás del escritorio, ha sido la instalación de unos arcos metálicos de altura. Una medida infantil, un juguete de hierro puesto en una ruta estatal estratégica que pretende, absurdamente, detener el colapso del suelo limitando el paso de camiones. Es una maniobra de una ridiculez cósmica: como si el río, al socavar la base del talud a cientos de metros de profundidad, fuera a pedir permiso a un arco de metal antes de llevarse la carretera.

Estos arcos son, en realidad, el seguro de vida política de los burócratas. No están diseñados para salvar vidas, sino para salvar cargos. Son el “lavado de manos” preventivo para que, cuando la tragedia ocurra y la ciudad de Mera se deslice hacia el cauce, el Ministerio de Obras Públicas, la Prefectura y el Municipio puedan decir que “pusimos una restricción”. Es criminal priorizar el blindaje administrativo sobre la ingeniería estructural y las vidas que se pueden salvar.

Una tragedia por venir​


Me asfixia la preocupación por nuestra gente. No hablo solo de la pérdida económica, que será catastrófica para el comercio de Pastaza y para el turismo que busca nuestras selvas amazónicas, hablo de las vidas humanas. Estamos enviando diariamente a miles de familias a transitar por una ruleta rusa vial. Es doloroso que en la “Cuna de la Vida”, la desidia estatal esté preparando el escenario para una mortandad.

El Ministerio de Obras Públicas y los gobiernos locales no pueden seguir siendo espectadores de lujo de este naufragio terrestre. La belleza de las cascadas y las docenas de micro climas de este corredor biológico, no pueden ser el último recuerdo de quienes confían en una vía que se cae a pedazos. Dejen de jugar con arcos infantiles y enfrenten la erosión del Pastaza con la seriedad que exige la supervivencia de una provincia entera: la más grande del Ecuador. La montaña no avisa dos veces y el río Pastaza no sabe de protocolos de oficina. O actúan hoy y se construye una variante técnicamente diseñada y a tiempo construida; o … preparen los epitafios.

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