Marc Chagall, dolor y júbilo

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Marco Antonio Rodríguez

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Menudo, vivaz, risueño, la larga vida de Marc Chagall (Bielorrusia, 1887-1985, Francia) fue una travesía desde su ciudad natal, actual Bielorrusia, hasta San Petersburgo, para aprender su arte; luego París, Estados Unidos y Rusia –idas y retornos sin pausa–, escapismo y búsqueda de refugio por su origen judío. Amores, despedidas, olvidos. Éxitos, temores, ovaciones. La persecución nazi y el antisemitismo imperaban en el mundo. Amó Francia, pero mucho más su tierra originaria.

Su memoria fue grabada por su infancia. De esas vivencias tomó lo menos conocido del judaísmo jasídico (ultraortodoxos que practican con alegría su relación con Dios); su misticismo los alienta y alegra. Rizos hasta los hombros, recluidos en sus comarcas, gregarios, indujeron a Nelson Goodman a decir que Chagall dio luz a su “sombría vida”.

Un poeta de la pintura​


El mundo de su niñez se impregnó en su temprano talento creador, prontuario de recuerdos que forjó su inteligencia pictórica. Desde niño intentó plasmar las fantasías originadas en lo que vivía y veía. En París dio rienda suelta a su excepcional imaginación, absorbiendo el surrealismo, el cubismo, el fauvismo, el modernismo, expresiones cuya enseña fue la libertad creativa.

“Esta es la casa de mi madre. La planta/ que comenzó a treparla en mi niñez/ ha crecido desde entonces y cuelga en sus muros. Pero yo fui arrancado ya hace tiempo” (Yehuda Amichai).

A los 20 años, en París, Chagall estableció amistad con artistas y escritores. Sonia Delaunay –artista ucraniana que influyó en su arte–, Modigliani, Soutine, Léger; y el poeta Guillaume Apollinaire, quien escribió elogiosos comentarios sobre su obra. A él dedicó su cuadro Homenaje a Apollinaire, 1911-1912.

Extraño e insondable, en Homenaje… aparecen Adán y Eva, la unidad primigenia, los dos cuerpos en uno. Amalgamados y diversos. Las raíces celestes y las raíces terrestres se acoplan sin menguar sus límites. Él y ella en su lugar de nacimiento, pero el todo se abre, inexorable. Lienzo, óleo, plata y oro. Objetos pegados en la tela.

“Orfismo” llamó Apollinaire a la obra de Chagall. Veía en ella algo sobrenatural, un más allá de la muerte. Metempsicosis, transmigración de las almas hacia otros cuerpos. El arte de Chagall desentraña y recrea costumbres, leyendas, tradiciones del judaísmo y temas bíblicos. Espíritu y tierra se funden en una simbiosis que congrega su fe en el judaísmo jasídico y el onirismo y modernismo de su creación.

Obra que interroga sobre cuestiones sustanciales del ser. Metáfora de su palpitante biografía. Pinceladas y sondeos en la aventura insólita por dar con sus fantasmas. En su libro Mi vida, texto autobiográfico devenido en clásico, revela: “Cuando miraba a mi padre debajo de la lámpara, soñaba con cielos y cuerpos celestes, más allá de nuestra calle. Toda la poesía de la vida se condensaba en la tristeza y el silencio de mi padre”.

Evocación y lirismo rescatan del pasado los años iniciales de su genio creativo. “¿Con qué palabras se nombra a un padre?” “¿Qué vale un hombre?”, preguntan sus sueños. Un padre inaccesible –¿no todos lo son?– del que brotan golosinas para él y sus hermanos, y cuando el milagro no ocurre, acaece la queja silenciosa. Así se fue gestando el poema doliente y jubiloso que atraviesa su obra.

El violinista verde, 1924. Los colores vibran y vivifican. Aires de fantasía erigen nuevas perspectivas. Movimiento explosivo de la imagen. Música silente que se rehúnde en el espectador. Sueño y realidad. Cubismo, expresionismo y surrealismo fundidos por la magia de Chagall y su sello intransferible. El músico viste excentricidades. Colores púrpuras. Cimbreante sombrero verde y corbata roja encendida levitan sobre un pueblo encantado. Escudriñamiento de la memoria. Perpetuación de la música como redención del ser.

Abuelos, tíos, primos, rostros, cabellos ajados o rutilantes, sinagogas y mercados, circos, payasos, juegos… olores, sabores, colores y sueños. Amor y muerte traveseando en sobrevuelos. Poeta fantasioso, peregrino irredento, que en su vida fusionó tiempos y ciclos históricos. Cosmogonías e ideologías, religiones, culturas. Caminante solitario que salió de la pobreza familiar a exhibir su obra en salones opulentos.

Cumpleaños, 1915. Los dos amantes vuelan, levitan, viven amor. Los objetos que los circundan alardean un aire de abundancia. Estampa de la inasible felicidad. Cumpleaños, oda al amor que está más allá de la vida, más allá de la muerte.

“Ponme como un sello sobre tu corazón, como una marca sobre tu brazo; porque fuerte es como la muerte el amor; duros como el Seol los celos; sus brasas, brasas de fuego, fuerte llama” (Cantares 8.6).

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