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Yunier Reyes
Guest
Cada vez que un caso de bullying o violencia escolar llega a la opinión pública, surge una pregunta necesaria: ¿estamos preparando a nuestros estudiantes solamente para aprobar materias o también para convivir, respetar y manejar sus emociones?
La escuela es un espacio donde se forman conocimientos, pero también valores, actitudes y formas de relacionarnos con los demás.
La violencia escolar es una realidad que afecta a estudiantes en el mundo. Panamá no es la excepción. No se trata únicamente de agresiones físicas. También incluye insultos, amenazas, humillaciones, exclusión, discriminación y acciones que afectan la seguridad emocional de niños, niñas y jóvenes (NNJ). Estas situaciones pueden influir en el aprendizaje, la autoestima y la convivencia en las escuelas. El problema requiere una mirada más amplia: fortalecer la educación emocional como una herramienta para prevenir la violencia y construir ambientes escolares basados en el respeto y la empatía.
En Panamá, la Ley 289 de 2022 establece medidas para la prevención, atención y erradicación del acoso escolar en los centros educativos. Esta normativa reconoce la responsabilidad de proteger a los estudiantes y promover espacios seguros de aprendizaje. Las leyes necesitan estar acompañadas de procesos educativos que ayuden a cambiar comportamientos y fortalecer la convivencia.
Los datos deben sacudirnos. Según el Estudio Regional Comparativo y Explicativo (ERCE) de la Unesco, apenas el 53% de los estudiantes panameños de sexto grado demuestra empatía, una cifra por debajo del promedio regional (55%). El problema de fondo es aún más grave. Este indicador realmente mide la capacidad de un niño para reconocer el dolor ajeno, comprender la perspectiva de un compañero y reaccionar con empatía ante situaciones de burla, tristeza o exclusión. Que más de la mitad de nuestros alumnos no logre conectar emocionalmente con sus pares no es solo un fallo del sistema educativo. Es una grieta en la sociedad que estamos construyendo.
La educación emocional permite que los estudiantes aprendan a reconocer, comprender y expresar sus emociones de manera adecuada. No busca eliminar las emociones negativas, pues son parte de la vida humana. Intenta enseñar a gestionarlas con responsabilidad. Un niño o joven que comprende lo que siente puede tomar mejores decisiones y relacionarse de una manera más saludable.
Uno de los elementos principales de la educación emocional es la autorregulación. Esta habilidad consiste en controlar impulsos y responder de manera consciente ante situaciones difíciles. Un estudiante que aprende a manejar la ira, la frustración o el enojo tiene mayores herramientas para resolver conflictos sin recurrir a la violencia. La autorregulación no significa guardar las emociones, sino aprender a expresarlas de forma respetuosa.
La empatía también ocupa un lugar fundamental. Muchas conductas de acoso nacen cuando una persona no logra comprender el daño que puede causar a otra. La escuela debe enseñar a los NNJ a ponerse en el lugar del otro, respetar las diferencias y valorar la diversidad como una oportunidad de aprendizaje.
La violencia escolar ha cambiado con el avance de la tecnología. El cyberbullying demuestra que los conflictos pueden continuar fuera del aula, en redes sociales y plataformas digitales. Esto plantea un nuevo desafío: formar estudiantes con responsabilidad digital, capaces de utilizar la tecnología con respeto y conciencia. Esta tarea no corresponde solamente a la escuela. La familia, los docentes, las instituciones y la comunidad tienen un papel fundamental. Los valores, el respeto y la forma de resolver conflictos se aprenden con el ejemplo diario. Cuando todos los actores trabajan juntos, se crean mejores condiciones para el bienestar de los NNJ.
Panamá tiene la oportunidad de avanzar hacia una educación donde el conocimiento académico y la formación humana caminen juntos. Capacitar a los docentes, fortalecer los programas de orientación, promover espacios de diálogo y enseñar habilidades emocionales desde los primeros años son acciones necesarias para construir una cultura de paz.
El desafío no es solamente detener el bullying cuando ocurre. El verdadero reto es formar generaciones capaces de reconocer sus emociones, respetar a los demás y resolver sus diferencias sin violencia. Una escuela que educa las emociones no solo protege a sus estudiantes: transforma la sociedad desde sus raíces.
El autor es miembro de Jóvenes Unidos por la Educación.
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La escuela es un espacio donde se forman conocimientos, pero también valores, actitudes y formas de relacionarnos con los demás.
La violencia escolar es una realidad que afecta a estudiantes en el mundo. Panamá no es la excepción. No se trata únicamente de agresiones físicas. También incluye insultos, amenazas, humillaciones, exclusión, discriminación y acciones que afectan la seguridad emocional de niños, niñas y jóvenes (NNJ). Estas situaciones pueden influir en el aprendizaje, la autoestima y la convivencia en las escuelas. El problema requiere una mirada más amplia: fortalecer la educación emocional como una herramienta para prevenir la violencia y construir ambientes escolares basados en el respeto y la empatía.
En Panamá, la Ley 289 de 2022 establece medidas para la prevención, atención y erradicación del acoso escolar en los centros educativos. Esta normativa reconoce la responsabilidad de proteger a los estudiantes y promover espacios seguros de aprendizaje. Las leyes necesitan estar acompañadas de procesos educativos que ayuden a cambiar comportamientos y fortalecer la convivencia.
Los datos deben sacudirnos. Según el Estudio Regional Comparativo y Explicativo (ERCE) de la Unesco, apenas el 53% de los estudiantes panameños de sexto grado demuestra empatía, una cifra por debajo del promedio regional (55%). El problema de fondo es aún más grave. Este indicador realmente mide la capacidad de un niño para reconocer el dolor ajeno, comprender la perspectiva de un compañero y reaccionar con empatía ante situaciones de burla, tristeza o exclusión. Que más de la mitad de nuestros alumnos no logre conectar emocionalmente con sus pares no es solo un fallo del sistema educativo. Es una grieta en la sociedad que estamos construyendo.
La educación emocional permite que los estudiantes aprendan a reconocer, comprender y expresar sus emociones de manera adecuada. No busca eliminar las emociones negativas, pues son parte de la vida humana. Intenta enseñar a gestionarlas con responsabilidad. Un niño o joven que comprende lo que siente puede tomar mejores decisiones y relacionarse de una manera más saludable.
Uno de los elementos principales de la educación emocional es la autorregulación. Esta habilidad consiste en controlar impulsos y responder de manera consciente ante situaciones difíciles. Un estudiante que aprende a manejar la ira, la frustración o el enojo tiene mayores herramientas para resolver conflictos sin recurrir a la violencia. La autorregulación no significa guardar las emociones, sino aprender a expresarlas de forma respetuosa.
La empatía también ocupa un lugar fundamental. Muchas conductas de acoso nacen cuando una persona no logra comprender el daño que puede causar a otra. La escuela debe enseñar a los NNJ a ponerse en el lugar del otro, respetar las diferencias y valorar la diversidad como una oportunidad de aprendizaje.
La violencia escolar ha cambiado con el avance de la tecnología. El cyberbullying demuestra que los conflictos pueden continuar fuera del aula, en redes sociales y plataformas digitales. Esto plantea un nuevo desafío: formar estudiantes con responsabilidad digital, capaces de utilizar la tecnología con respeto y conciencia. Esta tarea no corresponde solamente a la escuela. La familia, los docentes, las instituciones y la comunidad tienen un papel fundamental. Los valores, el respeto y la forma de resolver conflictos se aprenden con el ejemplo diario. Cuando todos los actores trabajan juntos, se crean mejores condiciones para el bienestar de los NNJ.
Panamá tiene la oportunidad de avanzar hacia una educación donde el conocimiento académico y la formación humana caminen juntos. Capacitar a los docentes, fortalecer los programas de orientación, promover espacios de diálogo y enseñar habilidades emocionales desde los primeros años son acciones necesarias para construir una cultura de paz.
El desafío no es solamente detener el bullying cuando ocurre. El verdadero reto es formar generaciones capaces de reconocer sus emociones, respetar a los demás y resolver sus diferencias sin violencia. Una escuela que educa las emociones no solo protege a sus estudiantes: transforma la sociedad desde sus raíces.
El autor es miembro de Jóvenes Unidos por la Educación.
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