J
Jenny Martínez
Guest
En esta época de posverdad, ‘hechos alternativos’ e inteligencia artificial sin normas de uso han (re)aparecido supuestos historiadores que, sin ningún estudio de la disciplina ni un mínimo de vergüenza, han decidido inventarse ‘estudios’ sobre el pasado.
Este empeño por torcerle el brazo a la historia no es nuevo, los grupos políticos en el poder estatal han hecho de la ‘historia oficial’ un instrumento ideológico para mantener las relaciones de dominación desde hace siglos.
Pero han dejado de ser los únicos. Pese a que la historia como disciplina se formalizó en el siglo XIX y tiene un método específico para producir conocimientos que pongan en crisis las versiones ritualizadas del pasado, abundan los diletantes.
Esta no es una cuestión menor, pues minimiza el esfuerzo explicativo y lo reemplaza por un discurso, apologético o denigrativo, que deja de lado las causas profundas de los fenómenos históricos por sentencias emotivas o viscerales.
Estos aficionados olvidan, o directamente ignoran, que el historiador no es un juez. Desconocen que pensar históricamente significa buscar explicaciones documentales y racionales para encontrar en el tejido social las razones de la aparente ‘naturalidad’ de las relaciones de poder.
Una historia rigurosa busca avanzar en la interpretación del mundo, muestra que las reglas de convivencia se basan en la voluntad de seres humanos concretos y, por lo tanto, vuelve consciente la posibilidad de que existan otros tipos de organización social.
Esta crítica no está dirigida a películas o novelas históricas, que declaran explícitamente su condición de fantasías, sino a relatos que se autodeclaran históricos, pese a no ser más que anecdotarios que exaltan el privilegio y reverencian determinados agentes históricos, al tiempo que desvalorizan y desvitalizan la acción humana común.
Si reconocemos que el discurso histórico no es puramente cognitivo, sino que se inscribe en una determinada realidad social, con diversas fuerzas en pugna, queda claro que estos anecdotarios, carentes de método y rigurosidad, tienen agendas ideológicas detrás, que pueden ser revolucionarias o reaccionarias, pero que ignoran el método histórico.
En ese marco ideológico, estos fabuladores desplazan la pregunta ¿por qué? por ¿quién es el culpable?, con lo cual reducen la historia a un enfrentamiento entre chullas y bandidos, donde la complejidad del mundo queda reducida a su estrecha visión del mundo.
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Este empeño por torcerle el brazo a la historia no es nuevo, los grupos políticos en el poder estatal han hecho de la ‘historia oficial’ un instrumento ideológico para mantener las relaciones de dominación desde hace siglos.
Pero han dejado de ser los únicos. Pese a que la historia como disciplina se formalizó en el siglo XIX y tiene un método específico para producir conocimientos que pongan en crisis las versiones ritualizadas del pasado, abundan los diletantes.
Esta no es una cuestión menor, pues minimiza el esfuerzo explicativo y lo reemplaza por un discurso, apologético o denigrativo, que deja de lado las causas profundas de los fenómenos históricos por sentencias emotivas o viscerales.
Estos aficionados olvidan, o directamente ignoran, que el historiador no es un juez. Desconocen que pensar históricamente significa buscar explicaciones documentales y racionales para encontrar en el tejido social las razones de la aparente ‘naturalidad’ de las relaciones de poder.
Una historia rigurosa busca avanzar en la interpretación del mundo, muestra que las reglas de convivencia se basan en la voluntad de seres humanos concretos y, por lo tanto, vuelve consciente la posibilidad de que existan otros tipos de organización social.
Esta crítica no está dirigida a películas o novelas históricas, que declaran explícitamente su condición de fantasías, sino a relatos que se autodeclaran históricos, pese a no ser más que anecdotarios que exaltan el privilegio y reverencian determinados agentes históricos, al tiempo que desvalorizan y desvitalizan la acción humana común.
Si reconocemos que el discurso histórico no es puramente cognitivo, sino que se inscribe en una determinada realidad social, con diversas fuerzas en pugna, queda claro que estos anecdotarios, carentes de método y rigurosidad, tienen agendas ideológicas detrás, que pueden ser revolucionarias o reaccionarias, pero que ignoran el método histórico.
En ese marco ideológico, estos fabuladores desplazan la pregunta ¿por qué? por ¿quién es el culpable?, con lo cual reducen la historia a un enfrentamiento entre chullas y bandidos, donde la complejidad del mundo queda reducida a su estrecha visión del mundo.
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