Los sistemas de medida

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Raúl Lancheros

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En el colegio nos enseñaron que un metro mide cien centímetros, que un kilo son mil gramos y que un litro equivale a mil mililitros. Todo parecía muy exacto, muy científico y muy organizado.

La vida, en cambio, decidió burlarse de todas esas reglas.

Porque resulta que el mundo funciona con sistemas de medida completamente distintos, especialmente dentro del matrimonio.

Por ejemplo, el concepto de «poquito».

Para el esposo, «poquito» significa que apenas compró un destornillador que, casualmente, venía acompañado de un taladro, una caja de herramientas, un compresor y una escalera. Una inversión indispensable.

Para la esposa, «poquito» significa que solamente entró a mirar una blusa... y salió con tres vestidos, dos pares de zapatos, una cartera, unos aretes y una vela aromática que estaba en promoción y que, por supuesto, era imposible dejar pasar.

Luego aparece la medida de «muchísimo».

Si el esposo tarda diez minutos hablando con un amigo en la calle, la esposa dirá: —¡Llevabas una eternidad!

Pero si ella pasa cuatro horas en el salón de belleza, la explicación es muy sencilla: —Se me fue el tiempo volando.

La ciencia todavía no ha logrado explicar ese fenómeno.

Y qué decir de las medidas del amor.

Hay quienes lo miden en palabras. Entre más «te amo» se digan, mejor.

Otros lo miden en regalos. Si no hubo flores, entonces no hubo amor.

Hay quienes lo miden en sacrificios: —Si me quisieras, me acompañarías donde mi mamá.

Otros lo miden en tiempo: —Nunca estás conmigo.

Y están los expertos en diminutivos. No aman, sino que aman «muchitico»; no dan un beso, sino un «piquito»; no abrazan, sino un «abracito»; no tienen un problema, sino un «problemita» que generalmente termina costando una fortuna.

También existen las unidades de medida de los favores.

Está el clásico: —Con mucho gusto.

Después viene: —No hay problema.

Luego aparece: —Para eso están los amigos.

Y finalmente llega la unidad más peligrosa de todas: —Después me paga el favor.

Esa no tiene fecha de vencimiento. Puede cobrarse diez años después, un domingo a las seis de la mañana, justo cuando uno pensaba que la deuda ya había prescrito.

Los gastos también tienen su propia escala.

Hay personas que consideran un despilfarro comprar un café de tres dólares, pero no tienen problema en cambiar el celular cada seis meses.

Otros apagan todas las luces para ahorrar energía mientras dejan el aire acondicionado funcionando con la ventana abierta.

Está el que reutiliza las bolsas del supermercado hasta que ya parecen reliquias arqueológicas, pero compra el televisor más grande del almacén porque «estaba en oferta».

Y no falta quien critique los gustos ajenos.

—¡Cómo va a gastar tanto en unos zapatos!

Lo dice mientras termina de pagar la cuota número treinta y siete de una motocicleta que únicamente utiliza para ir a la tienda de la esquina.

Las medidas del tiempo también son fascinantes.

«Cinco minuticos» significan media hora.

«Ya voy» quiere decir que la persona ni siquiera se ha bañado.

«Estoy llegando» suele indicar que apenas está buscando las llaves de la casa.

«La última» tiene menos credibilidad que una promesa de dieta hecha frente a un bufé.

«Llego en un segundo»: 15 minutos.

«Voy un momentico»: 20 minutos.

«Vuelvo en seguida»: 1 hora.

«Una eternidad»: esperar en una oficina pública.

«Toda la vida»: hasta que aparezca alguien más interesante.

Para los matrimonios jóvenes, el amor eterno dura de uno a dos años.

Al final comprendí que la humanidad nunca logró ponerse de acuerdo sobre cómo medir lo realmente importante.

No existe un metro para la paciencia, una balanza para la gratitud ni un termómetro para el cariño. Tampoco hay una calculadora capaz de decir cuánto vale un abrazo oportuno, una palabra de aliento o un perdón sincero.

Cada quien carga su propio sistema de medida. Lo que para uno es un sacrificio enorme, para otro apenas es un pequeño esfuerzo. Lo que uno considera un gasto absurdo, otro lo llama inversión. Lo que para algunos es un detalle insignificante, para otros puede convertirse en un recuerdo para toda la vida.

Y quizá ahí está el secreto de convivir: entender que no todos usamos la misma regla para medir la vida... aunque, dentro del matrimonio, casi siempre termina imponiéndose la del cónyuge.

El autor es ingeniero retirado.

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