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Jose Eduardo Mora
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“Cuando el río suena, piedras trae”, este viejo adagio cae como anillo al dedo para reconstruir el adiós de la Librería Lehmann, la cual, después de 130 años y diversas metamorfosis, cierra de forma definitiva el sábado 20 de junio, en un clima político como el actual, en el que la sociedad demanda con urgencia la capacidad del pensamiento crítico.
Y una librería es, precisamente, esa conexión entre la sociedad y el saber para que la población, por medio de la lectura y la ciencia, pueda enriquecerse y de esa manera contar con más y mejores herramientas para el discernimiento.
La Librería Lehmann cumplió con ese cometido durante más de un siglo, pero también es cierto que hace rato corría el rumor en los corrillos culturales de que en cualquier momento podía cerrar.
Hace tres años, aproximadamente, se le envió un correo a Antonio Lehmann Gutiérrez, quien en ese momento se desempeñaba como embajador de Costa Rica en Alemania, para que mediante una entrevista explicara cuál era exactamente la situación de la librería, en vista de que diversas voces daban por hecho de que el cierre era inminente.
La Lehmann, pese a ello, resistió este tiempo, pero ya a sus espaldas cargaba con la sombra de una fuerte competencia, que, con un concepto más moderno del comercio del libro, vino a ocupar el espacio que esta legendaria librería ostentara durante tanto tiempo.
De acuerdo con lo indagado por UNIVERSIDAD, la fecha del sábado 20 de junio, una vez cumplida con la jornada de ese día, que terminará a las 5 p. m., será la que marque el cierre.
Este medio quiso hablar con el actual administrador Carlos Calvo, para conocer más detalles de la desaparición de la librería, y saber, también, cómo se va a liquidar a los empleados y qué sucederá con el saldo de libros; no obstante, el funcionario aludido dijo, cuando un empleado de Lehmann le llamó, que no brindarían ningún tipo de declaraciones.
Como es natural, y sin que fuera necesario que lo expresaran verbalmente, los pocos empleados que le quedan a la librería tienen una mezcla de tristeza y resignación, porque para muchos ha sido el trabajo de sus vidas.
De paso, no era una labor al uso, sino una relacionada con el maravilloso mundo del libro y la educación, porque muchos de los materiales que de ahí salían contribuían a que cientos de estudiantes cumplieran con sus desafíos en la escuela y en el colegio.
Debido al cierre, los libros se vendieron en las últimas semanas con un 70 por ciento de rebaja. Aunque en la visita que este medio realizó el lunes 15 de junio, en horas de la mañana, se pudo constatar que la oferta de ejemplares no era la misma que la de los tiempos de oro de la librería, quien buscaba con paciencia podía encontrar valiosos volúmenes, antes de que ingresen en un estado que se desconoce, dado que a ciencia cierta nadie sabe qué pasará con los miles de libros que no se vendan antes del 20 de junio.
Ahora, dentro del contexto que vive la empresa, cabe la posibilidad de que una vez llegue la fecha marcada para el adiós, esta pueda modificarse, aunque sea por algunos días más. Lo que revela lo anterior es la incertidumbre que hay alrededor de la Lehmann.
Un aspecto que llamó la atención es la mística de los empleados, quienes, cada vez que los clientes se acercaban, los abordaban con un profesionalismo tal que si aquellos no estaban atentos, no se enterarían de que estaban comprando los últimos libros.
Un caso de un cliente que sí sabía del cierre es el de Jorge Alfaro, quien compró un ejemplar con los cuentos completos de Medardo Fraile, en una edición ampliada, a cargo de Ángel Zapata.
“Vine porque me enteré el fin de semana del cierre. Así que hice el esfuerzo en darme una última vuelta. Como amante de los libros, desde que me topé con este ejemplar de Medardo Fraile, no tuve corazón para dejarlo pasar, por el mero hecho de no saber qué suerte correrá un libro tan valioso como este. Quien conozca a Medardo, sabe de lo que estoy hablando”, dijo cuando fue abordado a la salida de la Lehmann, ubicada desde el 1 de octubre de 2019 frente al edificio Omni.
El libro, que originalmente tenía un valor de ₡28.300, le terminó costando ₡8.400. Alfaro agregó a su última compra en la Lehmann un ejemplar de Kenzaburo Oé: Un amor especial, que es la historia del hijo del premio nobel de literatura, que nació con una fuerte discapacidad, lo cual no le impidió, posteriormente, convertirse en un reconocido compositor.
“Es curioso, este es un libro que hace mucho tiempo he andado buscando, y vea, por esas paradojas de la vida, hoy que pasé por acá me lo encuentro, pero la verdad es que no esperaba hallarlo, porque en otros momentos lo busqué en esta misma librería y no estaba. Yo, en realidad, venía pensando en ver qué quedaba en el área de ensayos”.
Antonio Lehmann Gutiérrez, quien sustituyó a Antonio Lehmann Struve, mostraba hace siete años el primer edificio donde estuvo la librería durante 103 años. (Archivo: José Eduardo Mora)
Crónica de una…
El adiós de la Lehmann a un buen observador no debería sorprenderlo del todo. Dado que si usted se daba una vuelta por dicho establecimiento, podía notar cambios. Si en un principio todo un piso, en las plantas intermedias, estaba dedicado a la exhibición y venta de libros, luego ese espacio se redujo a la mitad en el primero.
De igual manera, aunque de paso se encontraban autores de relevancia, lo cierto del caso es que ello se fue modificando, y a todas luces se percibía que la oferta cada vez era más reducida y que no estaba a la altura de lo que históricamente había sido la Lehmann.
Hay que recordar que en sus comienzos, en 1896, cuando al negocio lo impulsó Antonio Lehmann Merz, este comenzó con el nombre de Librería católica e imprimía muchos textos como parte de su quehacer. En este período inicial, recibió el apoyo de los padres paulinos. Incluso, se le asocia con Federico Sauter y Carlos Federspiel. Luego ambos se separaron para fundar sus propios emprendimientos como Sauter y compañía y la Librería Universal.
De esta forma, Lehmann por muchos años, acompañó a generaciones de generaciones con libros de literatura, política, sociología, ciencia, medicina, y, en muchos casos, libros de texto para primaria y secundaria.
Sin embargo, al cambiar el paradigma de la comercialización de libros en el país, así como los problemas que se asomaron en 1979 con el edificio que la empresa había construido frente a Avenida Central, pero que perdió por la situación de la Segunda Guerra Mundial, fueron elementos que de forma lenta, pero irremediable, empujaron al cierre que se tendría que verificar el 20 de junio de 2026.
Este redactor, desde hace al menos tres años, viene siguiéndole la pista a la librería. Por ese motivo, en 2023 se le envió un correo a don Antonio Lehmann Gutiérrez, cuando ya era embajador en Alemania, para solicitarle una entrevista y conocer a fondo los derroteros de la Lehmann, concebida como una empresa estrechamente vinculada a la cultura costarricense.
De ahí que el autor de este artículo, de vez en cuando, pasaba al establecimiento solo para confirmar que estaba abierto.
La crónica de su cierre, por lo tanto, fue una percepción que se volvió colectiva. Y en conversaciones con amantes de los libros no era extraño preguntar: ¿La Lehmann todavía sigue abierta?
Era una forma de decir que esa preocupación ya estaba instalada en el inconsciente colectivo y que a menos que la situación del mercado del libro diera un giro de 180 grados, lo inminente, lo impostergable, la desaparición de la librería llegaría más temprano que tarde.
A lo largo de un período tan amplio, como es un largo siglo, en el que la organización también brindó los servicios de imprenta, cada cual puede recordar qué libros memorables adquirió.
Para quien estas líneas escribe, dos libros de la colección Sepan cuantos, de la editorial Porrúa, y que respondían a los títulos de El Diablo y Jesucristo, ambos de Giovanni Papini, se constituyeron adquisiciones extraordinarias (quien lea a Papini, habrá descubierto a un autor que no tiene parangón).
También figura entre los libros valiosos comprados en la Lehmann Interludio azul del poeta Pere Gimferrer, en el que narra cómo fue la reconciliación con un amor de juventud, 34 años después de la ruptura y de que ambos —Pere y Silvia— siguieran caminos contrapuestos sin sospechar siquiera que el azar, el divino azar, como habría dicho el poeta Pedro Salinas, los iba de nuevo a juntar, no sin antes el poeta catalán experimentar los estragos de la muerte de su esposa.
Recientemente, había conseguido en Lehmann las memorias de Luis Cardoza y Aragón, intituladas El río, novelas de caballería, que tienen una prosa sin lugar y que, justamente, son un recuento de recuerdos atropellados y destilados en el tamiz de este escritor único.
“A cada paso salta inopinada la presencia del Tiempo. El río es reflexión sobre el Tiempo. ¿Por qué, ahora, se me ocurre que los habitantes que de niño conocí en Antigua son polvo y unos cuantos huesecillos, y se ocurre sacudir como sonajas sus ataúdes?
Releo lo que acabo de escribir y aclaro que escondía un sentimiento de la más dulce ternura: son los ataúdes de mis padres los que abro, recibo un soplo de aire gris, acre y seco, emanado de sus cenizas. En verdad solo trataba de esconderme, de no abrir el mío y contemplar mi nada, al igual a ese polvillo color hueso que sale de la rasuradora, como si raspase mi calavera”.
Luego de la salida de la librería de su edificio histórico, contiguo a avenida central, ahí estuvo la tienda Etha Fashion y hoy opera la Librería Internacional. (Foto: Kattia Alvarado)
Golpe demoledor
La salida de la librería del edificio ubicado con entrada en avenida central, el cual ocupó durante 103 años, significó un golpe del que nunca se recuperó.
Debido a la situación de la Segunda Guerra Mundial, dicho edificio, que había sido construido en 1917, cuando la empresa era administrada por Federico Sauter y estaba encabezada por Antonio Lehmann Merz, pasó a manos de un tercero.
Dada la situación política convulsa que se vivía en aquellos tiempos, la familia Lehmann decidió, en 1933, traspasar la propiedad del edificio donde se alojaba la librería al padre Enrique Kern.
El religioso era de la entera confianza de los Lehmann y fue por esa razón que recibió tamaño encargo, como quedó contado por Lehmann Struve en el Juzgado Civil de Menor Cuantía del Segundo Circuito Judicial de San José, cuando el propietario acudió por segunda vez a la justicia costarricense con el fin de que se le estableciera un alquiler del inmueble —que, antes de que se precipitara la Segunda Guerra Mundial, le pertenecía— en condiciones que le permitieran seguir operando en el corazón de San José.
Por tal motivo, Lehmann Struve procuró que fueran los tribunales de justicia los que establecieran las reglas del uso del edificio.
“Es cierto que el canónigo Enrique Kern Diringer, mayor, soltero, sacerdote católico donó mediante la Fundación Monseñor Kern al asilo mencionado la propiedad donde está establecida hoy en día la Librería Lehmann, fundada por Antonio Lehmann Merz, abuelo del suscrito, en 1896, a consecuencia de una invitación que le hiciera el arzobispo de Costa Rica en ese entonces, Dr. Bernardo Augusto Thiel, para que en conjunto con la Editorial Católica Herder, de Friburgo, Alemania, establecieran una en este país, como soporte cultural a su desarrollo”.
El relato anterior fue parte del alegato que hiciera Lehmann Struve, mediante una carta, presentada en el citado juzgado de San José, en el 2000, cuando trataba de lograr un alquiler acorde con la operación de su representada, dado que a partir de 1979 las diferencias con las distintas juntas directivas del hogar de ancianos comenzaron a exacerbarse.
Todo ello se dio debido a que el propósito de ceder la propiedad a un tercero y luego recuperarla cuando todo volviera a una cierta normalidad nunca se cumplió. Ese detalle trascendental incidiría muchos años más tarde en la suerte que correría la centenaria librería.
No obstante, cuando los Lehmann regresan a Costa Rica, en 1946, ya el padre Kern había muerto y en su testamento había estipulado que el usufructo del edificio —luego declarado de interés histórico y arquitectónico por el Centro de Investigación y Conservación del Patrimonio Cultural— le correspondía a María Ramírez Sáenz, quien trabajaba con el padre Kern como ama de llaves.
Durante muchos años, Ramírez tuvo un acuerdo con la familia Lehmann, por el cual recibía un reconocimiento, y el edificio seguía albergando a la librería y los costos de mantenimiento corrían por parte de sus antiguos dueños.
Eso cambió luego de manera dramática, cuando Ramírez falleció. Ello debido a que la propiedad pasó a manos del hospicio Carlos María Ulloa.
La ecuación se le complicó a la librería cuando los herederos del inmueble, por las circunstancias descritas, decidieron cobrar un arrendamiento cuyos precios se triplicaron en un corto período, de acuerdo con la información suministrada en su oportunidad por Lehmann Gutiérrez.
Esto contó, además, la situación se volvió insostenible y fue cuando Antonio Lehmann Struve optó por pronunciarse en los tribunales de justicia.
El caso es que, como no resolvieron a favor de la familia Lehmann, el 30 de septiembre de 2019, la librería cerró y se mudó, a partir del 1 de octubre de ese año, a un edificio 150 metros de donde había estado por más de un siglo, frente al edificio Omni en calle 3.
En aquella ocasión, este medio relataba cómo los transeúntes de la Avenida Central se detenían a leer el letrero que rezaba: “Nueva entrada a la vuelta, sobre calle 3, 150 m norte del Teatro Nacional”.
Hace siete años, Lehmann Gutiérrez decía esto de la librería impulsada por su familia: “Somos la librería más antigua de América Latina en manos de una sola familia. Hay una que tiene más años en Argentina, pero ha pasado por 17 familias. Y está la Librería Porrúa en México, pero también ha tenido varios propietarios”, dice Lehmann Gutiérrez, mientras en sus palabras se mezcla el orgullo por el hecho de que su familia ha sacado a flote la empresa y la melancolía por saber que después del 30 de setiembre empieza una nueva era de la Lehmann, tras perder la batalla por una propiedad que una vez les perteneció”.
Hoy, ese patrimonio intangible de la cultura nacional en que se había transformado la Lehmann ha perdido la batalla para siempre. Si luego de que se trasladara del edificio contiguo a avenida central hubo una tienda, y después apareció la Librería Internacional, lo que quedará en el otro edificio es el vacío, la nada, como líneas arriba dijera de su familia y de sí mismo Luis Cardoza y Aragón.
Y la nada es el adiós definitivo. El adiós para siempre. Que para los pruritos del idioma puede parecer una redundancia, cuando en realidad es pura nostalgia por una sangría más a la cultura nacional.
La entrada Librería Lehmann dice adiós para siempre aparece primero en Semanario Universidad.
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