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macsep2005
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Bélgica está en los octavos de final porque el fútbol no solo no sabe de justicia, sino que tampoco de lógica. A falta de cuatro minutos para el final, Senegal ganaba 2-0 ante un adversario pobre, previsible y que había sufrido un «nocaut» al minuto 51 con el segundo tanto de sus rivales.
En el comienzo del segundo tiempo, Rudi García, entrenador francés de padre español, ingresó al viejo Romelu Lukaku, que venía de una terrible temporada con el Napoli, en el que debido a una lesión muscular, solo participó en 69 minutos distribuidos en siete encuentros.
Romelu Lukaku apareció cuando todo estaba perdido.
Más parecido a un jugador de fútbol americano que a uno de balompié, Lukaku empezó a ganar balones aéreos y a darle vida a un equipo superado por completo por los guiados por el gran Sadio Mané.
Y así, a falta de cuatro minutos para la estrepitosa caída de los belgas, Lukaku consiguió un gol a su mejor estilo, con su caña de pescar en el área pequeña.
Después vino el empate y la prórroga y la victoria 3-2. Hasta aquí hay un drama propio del fútbol, que muchas veces se disfraza de folletín dieciochesco para enamorar a sus seguidores.
Lo rescatable de esta resurrección belga es que la haya comandado un jugador cuya temporada fue nula por la lesión citada y porque con esta nueva victoria Lukaku agrega un capítulo a su extraordinaria carrera.
Cuando tenía seis años, contó a «The Players Tribune», en una carta publicada poco antes del Mundial 2018, que su familia vivía en extrema pobreza y que un día, a comienzo de semana, al volver de la escuela sorprendió a su madre mezclando leche con agua, para que el alimento alcanzara, por lo menos, al viernes.
Eso hizo que él jurara, en silencio, que iba a ser futbolista profesional para que su madre no tuviera que pedir fiado el pan de la semana, ni tuviera que mezclar nunca más leche con agua.
Hoy, disputó cada balón como si el mundo se acabara. Y se entiende.
«Cada partido que he jugado ha sido como una final. Cuando jugaba en el parque, era una final. Cuando jugaba en el receso del kinder, era una final.
Solía tratar de arrancar la tapa de la pelota cada vez que disparaba. Potencia pura. No estábamos pegándole con R1, hermano. Nada de disparos delicados. No tenía el nuevo FIFA. No tenía PlayStation. No bromeaba. Intentaba matarte».
Hoy Lukaku volvió a jugar una final. Hoy volvió a refrendar aquella promesa a su madre. Hoy sacó a Bélgica del pozo y la llevó milagrosamente a octavos de final.
*El autor es redactor de Cultura del Semanario Universidad, Máster en Literatura y Comentarista de Fox Costa Rica.
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