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Laura Martínez Quesada
Guest
Escuchar y conocer las estadísticas sobre la muerte de 19 niñas y niños Ngäbe-Buglé en las cosechas de café en Costa Rica me llevó inevitablemente a recordar mi propia infancia. Soy parte del Pueblo Ngäbe-Buglé, del territorio Conte Burica y de una de las comunidades más alejadas de nuestro territorio. Desde pequeña viví en los cafetales de la zona de San Vito. En las plantas de mis pies permanece todavía la memoria de aquellos años de trabajo y de vida en los cafetales.
Desde la visión de nuestro Pueblo, el trabajo en el campo forma parte de la vida comunitaria. La agricultura no se entiende únicamente como una actividad económica, sino como un espacio colectivo donde participan las familias. Así ocurre con la siembra del arroz, la cosecha del frijol y otras actividades agrícolas: niñas, niños, mujeres y hombres formamos parte de esos procesos.
Sin embargo, una cosa es la forma en que comprendemos el trabajo agrícola desde nuestra cultura y otra muy distinta es la realidad que enfrentamos cuando llegamos a las fincas cafetaleras. Allí aparecen relaciones marcadas por la desigualdad, la discriminación y la vulneración de derechos.
Hoy hablo desde mi experiencia como mujer Ngäbe-Buglé, pero también desde la responsabilidad de levantar la voz cuando los derechos humanos y los derechos colectivos de nuestros pueblos son vulnerados. Hemos vivido históricamente procesos de discriminación estructural, discriminación sistemática y despojo de nuestros derechos como pueblos indígenas.
Lo que ocurre con las niñas y niños Ngäbe-Buglé en las cosechas de café no es un hecho aislado. Es una expresión de una deuda histórica del Estado costarricense con los pueblos indígenas y, particularmente, con quienes migran temporalmente para trabajar en las actividades agrícolas.
Costa Rica ha ratificado instrumentos internacionales de protección de derechos humanos, como los convenios de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), la normativa relacionada con los pueblos indígenas transfronterizos y la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas. Estas obligaciones no son actos de buena voluntad: son compromisos jurídicos que deben cumplirse.
Mi propia infancia estuvo truncada por la falta de acceso a la educación. Recuerdo que cuando tenía entre ocho y diez años, durante las temporadas de cosecha, los dueños de los cafetales nos enviaban a fincas alejadas donde no había escuelas. Nos decían que en la siguiente cosecha estaríamos en un lugar con una escuela cercana, pero esa promesa nunca se cumplía.
Pasé tres años sin saber leer ni escribir. Mi sueño, incluso siendo una niña de diez años, era aprender a leer. Esperaba la oportunidad de ir a una escuela, pero la realidad era que permanecíamos en los cafetales.
Además, cuando logramos acceder al sistema educativo enfrentamos otras barreras. Recuerdo el racismo y la discriminación que vivimos: niñas y niños que se burlaban de nuestra forma de hablar español, que nos hacían bullying o que despreciaban nuestra cultura. Para quienes venimos de pueblos indígenas, la escuela también ha sido un espacio donde hemos tenido que luchar contra muchas formas de exclusión.
Por eso, cuando hablamos de las niñas y niños Ngäbe-Buglé que trabajan o acompañan a sus familias en las cosechas de café, no estamos hablando únicamente de una estadística. Estamos hablando de historias de vida, de sueños interrumpidos y de derechos que no están siendo garantizados.
También debemos hablar de la situación de las mujeres indígenas trabajadoras. Una compañera relataba recientemente cómo, siendo madre soltera y trabajando en los cafetales, enfrentó situaciones de abuso y vulnerabilidad. Contó cómo un empleador intentó violentarla sexualmente y, al defenderse, recibió como consecuencia la pérdida de su trabajo y de su salario.
Esto demuestra que la problemática no se limita a la niñez. Existe también una profunda vulneración de los derechos laborales de las mujeres indígenas, donde se combinan múltiples barreras: el idioma, la cultura, la discriminación y el desconocimiento o incumplimiento de sus derechos.
Durante décadas, estas situaciones han ocurrido frente al Estado costarricense y frente a las empresas. No puede ser que la respuesta aparezca únicamente cuando una estadística evidencia una tragedia. La responsabilidad debe comenzar mucho antes: garantizando condiciones dignas de trabajo, vivienda, salud, educación y protección para las familias trabajadoras.
Cuando hablamos de grupos de decenas de personas viviendo en una misma estructura, con servicios sanitarios insuficientes y condiciones que no cumplen con los estándares mínimos de dignidad, no estamos hablando de condiciones aceptables de vivienda. Estamos hablando de una vulneración de derechos fundamentales.
La Convención Americana sobre Derechos Humanos reconoce el derecho a la vida digna, a la integridad y a la protección de las personas. La Convención sobre los Derechos del Niño establece obligaciones especiales de protección hacia la niñez. Y los instrumentos internacionales sobre pueblos indígenas reconocen derechos colectivos que deben ser respetados.
El Pueblo Ngäbe-Buglé no está pidiendo favores. Las mujeres indígenas no estamos pidiendo privilegios. Estamos exigiendo que el Estado y las empresas cumplan con sus obligaciones y garanticen condiciones dignas para quienes sostienen una parte importante de la economía agrícola del país.
Costa Rica es reconocida internacionalmente por la calidad de su café, por sus compromisos ambientales y por su imagen asociada a los derechos humanos. Sin embargo, esa imagen no puede construirse sobre la invisibilización del sufrimiento de las personas trabajadoras que participan en las cosechas.
La producción de café no puede sostenerse sobre la violación de derechos humanos. Las empresas tienen la responsabilidad de identificar, prevenir y reparar los impactos que generan sobre las personas trabajadoras, especialmente cuando afectan a niñas, niños y mujeres indígenas.
La niñez indígena no puede convertirse en un costo oculto sobre una taza de café. Detrás de cada cifra hay una historia, una familia y una comunidad. Detrás de cada niña y cada niño hay derechos que deben ser protegidos.
El Estado costarricense, las empresas cafetaleras y todos los participantes de la cadena de valor tienen una deuda pendiente. La pregunta no es solamente cuántas niñas y niños han sido afectados, sino cuánto tiempo más vamos a permitir que esta realidad continúe ocurriendo frente a nuestros ojos.
* Texto elaborado a partir de la intervención realizada durante la presentación del pronunciamiento sobre la situación que enfrentan las personas indígenas Ngäbe-Buglé durante las cosechas de café (21-7-26). La edición y adecuación del texto contó con apoyo de la Clínica de Derechos Humanos Ambientales del Instituto de Estudios Latinoamericanos (IDELA-UNA).
La entrada Las niñas y niños Ngäbe-Buglé en las cosechas de café: una deuda histórica del Estado costarricense aparece primero en Semanario Universidad.
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