Las advertencias de Martí sobre el imperialismo

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Jose Eduardo Mora

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“Tiembla a veces la pluma, como sacerdote capaz de pecado que se cree indigno de cumplir su ministerio. El espíritu agitado vuela a lo alto. Alas quiere que lo encumbren, no pluma que lo taje y moldee como cincel. Escribir es un dolor, es un rebajamiento: es como uncir cóndor a un carro. Y es que cuando un hombre grandioso desaparece de la tierra, deja tras de sí claridad pura, y apetito de paz, y odio de ruidos. Templo semeja el universo”.

Así comenzaba José Martí su crónica sobre la muerte de Ralph Waldo Emerson, acaecida el 27 de mayo de 1882, en Concord, Massachusetts.

Esa pluma excelsa que daba cuenta para La Nación de Buenos Aires, Argentina, sobre el fallecimiento del filósofo estadounidense, es la misma que alertará en múltiples ocasiones sobre las ideas imperialistas que permean a Estados Unidos y su afán de hacer de la América hispana su territorio, y, más adelante, su patio trasero.

El 28 de septiembre de 1889, Martí empieza a dar cuenta del Congreso de Washington, a donde Estados Unidos ha convocado a las naciones de América, pero no todas acuden, relata el célebre cronista, porque a Haití el país anfitrión le pide la Bahía de San Nicolás, y a República Dominicana le han exigido, a punta de armas, la bahía de Samaná.

El Martí revolucionario, que para subsistir da clases, escribe en numerosos diarios del subcontinente, huele la sangre, la codicia y los anhelos impuros del gigante de la siete leguas, como le llamará luego a Estados Unidos, que quiere apropiarse de la soberanía de los pueblos latinoamericanos por la vía más corta que esté a su alcance.

Esa situación, que ya retrata en el Congreso de Washington y que después tendrá una continuidad en la Comisión Monetaria Internacional Americana, son dos coyunturas en las que queda claro el afán imperialista de la nación de George Washington y Benjamín Franklin.

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El propio Donald Trump publicó una imagen falsa, retocada con Inteligencia Artificial, para continuar presionando sobre su interés de apropiarse de Groenlandia. (Foto tomada de El País)

El periodista agudo, visionario, el cronista exquisito, el poeta y el revolucionario confluyen en Martí para saber que aquel congreso y aquella comisión monetaria no buscaban el bien común de la América hispana, sino que es una estrategia de los Estados Unidos para apropiarse del alma y los recursos de la América Latina.

Al celebrarse este miércoles 28 de enero de 2026, el 173 aniversario del natalicio de Martí, brotan, como de un manantial fresco e infinito, sus ideas, sus proclamas, sus visiones, porque el mundo que contó, convirtiéndose, en lo que Ramón Becali definió como el corresponsal de América, no es el de ayer, sino que aún guarda rasgos que lo hacen vigente hoy.

Sus preocupaciones no son de antaño. No lo pueden ser cuando el 3 de enero de 2026 el Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ordenó secuestrar al Presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y bajo el pretexto de instaurar la democracia, se apropia del petróleo, y convierte así a la nación suramericana en una variante de su pseudodoctrina “Donroe.

La voz de Martí, en este contexto internacional —en el que la fuerza de las potencias, con Estados Unidos a la cabeza, proclama que el orden ha sostenido el equilibrio después de la Segunda Guerra Mundial ya no es válido—, surge pura y nítida, para iluminar una reflexión desde América Latina, que tenga las bases y el aliento del querer resguardar la soberanía, la independencia cultural y económica, para de esa manera

no plegarse al designio del gigante de las siete leguas.

En ese sentido, en el envío que Martí hace a La Nación de Buenos Aires, el 2 de noviembre de 1889, deja entrever cómo al ogro se le miran sin mayor dificultad las malsanas intenciones del Congreso Internacional.

Después de dar cuenta de cómo a los delegados los llevaron por las principales ciudades de Estados Unidos, Martí alerta, con sobrada preocupación, de las verdaderas intenciones que conlleva aquel encuentro.

«Jamás hubo en América, de la independencia acá, asunto que requiera más sensatez, ni obligue a más vigilancia, ni pida examen más claro y minucioso, que el convite que los Estados Unidos potentes, repletos de productos invendibles, y determinados a extender sus dominios en América, hacen a las naciones americanas de menor poder, ligadas por el comercio libre y útil con los pueblos europeos, para ajustar una liga contra Europa, y cerrar tratos con el resto del mundo».

Pocos, en dicha coyuntura, avizoraron con tanta nitidez las verdaderas razones del Congreso Internacional de Washington, y erguido con pluma en mano, Martí se dispuso a contar en periódicos los afanes de un país que se aprestaba a apoderarse de todo lo que le permitieran, para así afianzar su liderazgo basado en obtener situaciones ventajosas en todos los lances.

Ese espíritu imperialista que Martí vislumbraba, solo era el comienzo de lo que sería una relación de desigualdad a lo largo de más de un siglo, con intervenciones e injerencias en las soberanías de la mayoría de los países del subcontinente.

Por lo tanto, en aquel momento tocaba, como hoy, encender todas las alarmas y convocar el corazón del pueblo libre, que anhelaba mantener una independencia económica, política y cultural ante el ogro del norte.

“De la tiranía de España supo salvarse la América española; y ahora, después de ver con ojos judiciales los antecedentes, causas y factores del convite, urge decir, porque es la verdad, que ha llegado para la América española la hora de declarar su segunda independencia”.

A Martí le bastaron 45 palabras y 3 signos de puntuación para alumbrar, como nadie, lo que entonces se cocinaba desde el punto de vista ideológico y de apropiación política y cultural.

Y si ya el parir la primera independencia había significado sangre, fuego y muerte de centenares de hispanos que querían desligarse del yugo español, ahora había llegado el segundo momento cumbre. De entre la glamorosidad del convite, como lo llama, era preciso ver las garras del águila imperial.

Si Stefan Zweig, que para la época en que Martí escribió esas palabras tenía apenas ocho años, las hubiera podido leer después, una de las historias de Momentos estelares de la humanidad habría sido esa declaración sobre la segunda independencia, llena de luz, de adelanto, de compromiso, de defensa de un estilo y no forma de operar los pueblos, ajena a los convencionalismos del gigante que quería exportar su capitalismo y protestantismo a toda costa.

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Martí combatió con su pluma excelsa el imperialismo y alertó de sus consecuencias. Así lo recogió Ramón Becali en su libro Martí corresponsal.

Acicate

De ahí que después de conocer los intereses estadounidenses en el Congreso Internacional de Washington y en la Conferencia Monetaria de las Repúblicas de América, Martí siga en guardia para alertar a las naciones hispanas sobre los verdaderos intereses del imperio que ya se avizoraba.

Es en Nuestra América, el ensayo programático publicado en La Revista Ilustrada de Nueva York, el 10 de enero de 1891, en el que Martí plasma con claridad sin par la necesidad de que se tome conciencia de los peligros que se ciernen sobre estos países y estas tierras.

«Lo que quede de aldea en América ha de despertar. Estos tiempos no son para acostarse con el pañuelo en la cabeza, sino con las armas en la almohada, como los varones de Juan de Castellanos: las armas del juicio, que vencen a las otras. Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra».

El afán que hoy recorre el mundo, impulsado por el decadente imperio estadounidense, como puede comprobarse, no es nuevo, solo han cambiado los medios y las circunstancias, pero ese espíritu de controlar los recursos y las culturas de los países hispanos era, ya para entonces, una moneda de cambio.

Ante este asedio político, cultural y económico, urge la unión. Esa que ha sido tan dispar en las repúblicas que se separaron del yugo español.

«Ya no podemos ser el pueblo de hojas, que vive en el aire, con la copa cargada de flor, restallando o zumbando, según la acaricie el capricho de la luz, o la tundan y talen las tempestades; ¡los árboles se han de poner en fila para que no pase el gigante de las siete leguas! Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes».

Si se examina el hoy, se ha de caer en la cuenta de que la América hispana, como gustaba llamarla Martí, va cada una por su lado. Mientras desde Washington se dirime el destino de Venezuela y se ciñen amenazas cada día contra la Cuba del propio Martí y de Fidel Castro, con las excepciones de México y Brasil, el resto del subcontinente guarda un abrumador silencio, temeroso de que el poder de la fuerza y de las armas teledirigidas irrumpan a cualquier hora y en cualquier día, ahora que el orden internacional está roto y camino a su extinción.

Dentro de este contexto, el mártir que diera su vida por la independencia de Cuba, un 19 de mayo de 1895, en Dos Ríos, tuvo siempre claro el panorama sobre la necesidad de mantener las distancias con el Estados Unidos imperialista, que hoy persigue inmigrantes en su propio patio, y al que no le duelen prendas para asegurar, por medio de su presidente, que el mundo le pertenece, y de que no importan las distancias, sino las tierras raras, el petróleo y otros minerales que han de engrosar el arsenal de recursos que les faltan.

En la prédica martiana, siempre valiente y tocada por la sensibilidad del poeta y del revolucionario que convivían en su ser, hay insoslayable llamado a la acción.

La que hoy, de nuevo, no se observa en el bloque de las naciones llamadas a adversar los atropellos militares, políticos y culturales de un Estados Unidos sediento de violencia, insensatez y sangre.

Ante todo ello, Martí llama, como antes Simón Bolívar, a la unidad de la América hispana. Y apela al compromiso con que se ha de asumir el reto de defender a las repúblicas de la América Latina

En Nuestra América, así lo plasmaba el poeta de Los versos sencillos: «Cree el soberbio que la tierra fue hecha para servirle de pedestal, porque tiene la pluma fácil o la palabra de colores, y acusa de incapaz e irremediable a su república nativa, porque no le dan sus selvas nuevas modo continuo de ir por el mundo de gamonal famoso, guiando jacas de Persia y derramando champaña».

Ahora que el populismo y un neofascismo recorren el mundo, amenazando inmigrantes, negando culturas y buscando la uniformidad de la raza superior, como ya sucedió en los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial, lo que ha de prevalecer, para profesar lo auténtico de un pueblo, que empieza a defender su visión de mundo y su cultura, es, según Martí, la necesidad de mirar las raíces y las formas que definen a una nación.

A partir de la imitación, como sucede incluso en la actualidad, en la que salen a escenario las motosierras en la Argentina de Milei, o las bravuconadas a lo Trump del Presidente Rodrigo Chaves, no se llega a ningún lugar, excepto al ostracismo que aniquila y obnubila, aunque en el presente se piense que llena de luces la realidad.

De nuevo, en este punto, Martí llama a la sensatez, la que tanto escasea en las repúblicas que se separaron del tronco español.

«Con un decreto de Hamilton no se le para la pechada al potro del llanero. Con una frase de Sieyès no se desestanca la sangre cuajada de la raza india. A lo que es, allí donde se gobierna, hay que atender para gobernar bien; y el buen gobernante en América no es el que sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho su país, y cómo puede ir guiándolos en junto, para llegar, por métodos e instituciones nacidas del país mismo, a aquel estado apetecible donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan todos de la abundancia que la Naturaleza puso para todos en el pueblo que fecundan con su trabajo y defienden con sus vidas».

De ahí que lo artificial, el grito tribunero, la importación de modelos ajenos a las necesidades culturales y políticas de un país, como sucede en la actualidad en una amplia franja de América Latina, solo conduzca al oscurantismo y a la confusión.

“El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma de gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país. Por eso el libro importado ha sido vencido en América por el hombre natural. Los hombres naturales han vencido a los letrados artificiales. El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico. No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza”.

Para defender a un subcontinente, a una república, de los coletazos de un imperio que a fuerza de armas impone su ley y su visión de mundo, con lo cual busca arrasar con cualquier manifestación cultural autóctona, es preciso retornar a las raíces, al tronco aborigen para hundir las manos en la realidad que reclaman los pueblos. Lo contrario es alquilar corceles para demostrar grandeza ocultando, de forma deliberada, la pobreza en todas sus manifestaciones en las naciones que hoy quieren ser gobernadas con espadas y con hierro.

Para ahuyentar tiranías, internacionales y nacionales, es indispensable el examen interno, como lo explica Martí, en Nuestra América, con una claridad de insigne revolucionario.

“En la carrera de la política habría de negarse la entrada a los que desconocen los rudimentos de la política. El premio de los certámenes no ha de ser para la mejor oda, sino para el mejor estudio de los factores del país en que se vive. En el periódico, en la cátedra, en la academia, debe llevarse adelante el estudio de los factores reales del país. Conocerlos basta, sin vendas ni ambages; porque el que pone de lado, por voluntad u olvido, una parte de la verdad, cae a la larga por la verdad que le faltó, que crece en la negligencia, y derriba lo que se levanta sin ella. Resolver el problema después de conocer sus elementos, es más fácil que resolver el problema sin conocerlos. Viene el hombre natural, indignado y fuerte, y derriba la justicia acumulada de los libros, porque no se administra en acuerdos con las necesidades patentes del país. Conocer es resolver. Conocer el país, y gobernarlo conforme al conocimiento es el único modo de librarlo de tiranías”.


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Un total de 95 estudiantes de Trabajo Comunal Universitario de la sede del Pacífico dieron un taller sobre José Martí a niños de entre 4 y 12 años a mediados de enero 2026. (Foto: cortesía Cátedra José Martí)

<strong>Espíritu de Martí en Esparza</strong>​


Como una muestra de la proyección de la Cátedra José Martí, que se impulsa desde la sede del Pacífico de la Universidad de Costa Rica, durante los días 15, 16 y 17 de enero se realizaron talleres dirigidos a niños, de entre 4 y 12 años, con el fin de inculcar en ellos los valores de creatividad, lealtad y grandeza que siempre perduraron en el espíritu del apóstol cubano.

Marjorie Jiménez, coordinadora de la Cátedra José Martí, explicó al Semanario UNIVERSIDAD que, con el concurso de estudiantes del Trabajo Comunal Universitario (TCU), efectuaron jornadas llenas de compromiso, solidaridad, humanidad y alegría.

“Hubo cuentos, reflexiones sobre los cuentos, matemática como parte de los juegos, creación artística, teatro, etc., con el apoyo de 95 estudiantes del TCU y de esa forma se compartió en la comunidad de Esparza. Se hizo sin y sin violencia, en momentos en que justamente prevalece la violencia, en distintas manifestaciones, en gran parte del país. Fue una manera simbólica de desintoxicarse de tanta violencia y desesperanza”.

La Cátedra José Martí, que fue reabierta el año pasado, luego de que fuese cerrada tras 25 años de vigencia, tiene como una de sus características, añadió Jiménez, proyectarse a las distintas comunidades de Puntarenas así como a otras del país.

Jiménez resaltó que en la coyuntura convulsa que se vive actualmente en el mundo y en particular en América Latina, por las amenazas del gobierno de Donald Trump, Martí es uno de los pensadores más apropiados para entender la defensa de la soberanía y el derecho de los pueblos a hacer lo que ellos consideren pertinente.

“Martí entendió que cada pueblo, cada lugar tenía y podía desarrollarse según sus propias reglas y los elementos de sus territorios. Y dejó claro en Nuestra América que no era necesario estar copiando y que teníamos la palabra clave y que era la creación. Y a nivel de esta lucha antiimperialista, por un lado, se tenía la necesidad de creer que Nuestra América se enfrentaba a la otra América, no a través del odio, sino porque son diferentes y cada una debe tener sus propias fórmulas, y no una sobre la otra, sino cada cual con su propia cultura y su historia”.

La coordinadora recordó que Martí tuvo la oportunidad de viajar por varias repúblicas de América y de vivir mucho tiempo en Estados Unidos, por lo cual tenía claro cuáles eran los intereses del imperio, ante el que se ha de luchar con los valores promovidos por Martí a lo largo de una vida ejemplar y comprometida con la patria de Simón Bolívar, es decir, la América española.


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