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Fausto Segovia Baus
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Mil ochocientos cuarenta y cuatro. La ciudad de Quito se desenvolvía en la naciente República del Ecuador, apenas catorce años después de la separación de la Gran Colombia. Enfrentaba grandes desafíos con inestabilidad política, derivada de los conflictos de la independencia y los rezagos de la colonia, en la primera mitad del siglo XIX.
Un dato curioso: en 1844 se publicó la primera edición de la “Historia del Reino de Quito, en la América Meridional”, del jesuita Juan de Velasco -el primer historiador del Ecuador-, escrita entre 1789 y 1892, que contenía información sobre la geografía, los volcanes y la riqueza mineral del territorio, así como aspectos antropológicos y naturales basados en observaciones de la época.
El 12 de abril de 1844 nació en Quito Federico González Suárez, otro gran historiador, que dio lustre a las ciencias, la cultura y la investigación.
Sus padres fueron Don Manuel María González, colombiano, y Doña María de las Mercedes Suárez, quiteña. A los pocos años, su padre debió separarse de su hogar por haber contraído elefantiasis, una enfermedad causada por la obstrucción del sistema linfático causada por infecciones parasitarias. Este episodio marcaría la vida del niño Federico.
A los siete años ingresó a la escuela de Santo Domingo donde aprendió las primeras letras. Huérfano, Federico iba descalzo a la escuela, en las frías mañanas quiteñas. “Los rigores de la vida y la severa moralidad de las costumbres ayudaron a que formara mi carácter”, expresó González Suárez en sus “Memorias Íntimas”.
En la juventud sintió inclinaciones al sacerdocio, pero le detenía la situación de su madre, sola y pobre. Ingresó a estudiar ciencias eclesiásticas en el seminario San Luis de los jesuitas, a quienes admiraba, y postuló a dicha orden. Más, al avecinarse una contienda armada con Colombia, Federico cayó en una de las levas, e ingresó a la milicia, profesión que repudiaba.
Pero, al calmarse las tensiones políticas en 1862 entró al noviciado de la Compañía de Jesús, gracias a una beca concedida. Su estancia en esta orden religiosa duró 10 años. Su salida, según su opinión, fue por atender a su madre, aunque algunos comentaristas aluden a “indisciplina” de Federico, porque, supuestamente, mantenía correspondencia oculta con Juan León Mera.
De los jesuitas aprendió la disciplina, las ciencias, la lógica aristotélica, y la comunicación con los libros y las lecturas. Ofició las cátedras de Filosofía y Literatura, y así iba formando su personalidad literaria.
El Ecuador en esos años iba de tumbo en tumbo. Franco, Castilla (peruano), y Urvina, según Alfredo Costales Samaniego, constituyeron la “trilogía” maldita. La presencia de Gabriel García Moreno, de personalidad volcánica, contribuyó para que el Ecuador no desapareciera. Y consiguió “hacer el bien a palos”.
La disputa entre conservadores y liberales arreciaba; se sucedieron dos gobiernos -los de Carrión y Espinoza-, pero García Moreno se adelantó a Urvina, y ascendió nuevamente al poder, convocó a Asamblea Constituyente, que dictó la denominada “Carta Negra” (1869), en la que, entre otros preceptos, estableció que para ser ciudadano era obligatorio ser católico.
Entretanto, González Suarez, en 1871, compuso una pieza oratoria magnífica: “La poesía en América”, la primera excursión en el género oratorio. Mas, le acompañaba una tristeza moral profunda: la pobreza de su hogar y su madre abandonada. Sin resentimientos y con optimismo, abandonó la Compañía de Jesús, a los 28 años de edad.
Rechazado en la arquidiócesis de Quito y en la diócesis de Ibarra, se ubicó en Cuenca, donde recibió las órdenes sacerdotales y permaneció allí desde 1872 hasta 1883. Y pronto, gracias al obispo Estévez de Toral, quien descubrió sus méritos intelectuales, González Suarez comenzó una carrera espléndida: fue profesor, senador, diputado en varias ocasiones, consejero de Estado, miembro de academias e institutos científicos, e investigador en los ámbitos históricos, arqueológicos y literarios, y escribió documentos para organizar y disciplinar al clero.
El 6 de agosto de 1875, el presidente Gabriel García Moreno fue asesinado en el corredor del Palacio de Gobierno, en Quito. En todos los lugares del Ecuador se celebraron responsos y honores. En Cuenca, fue invitado el canónigo González Suarez a disertar en la catedral ante un lleno completo de personalidades y feligreses. En ese marco suntuoso, surgió la palabra poderosa del sacerdote. El periodista Manuel J. Calle, en “Biografías y Semblanzas” expresa: “La voz del orador sonaba con ruido metálico, vibrante y conmovedor”.
Una frase de su discurso encendió la mecha de la discordia: “No pertenezco al partido de García Moreno”, la cual colocaba a González Suárez en la oposición, es decir, en el partido liberal. Pero el hecho no quedó allí: el Congreso reunido en Quito dispuso la lectura del discurso, y luego del debate respectivo, el canónigo González Suárez fue indultado, literalmente. Esta pieza oratoria y otros sermones se publicaron en el libro “Obras oratorias” (1911).
En 1878, González Suárez fue elegido diputado en Cuenca para participar en la Convención de Ambato. Y desde ese bastión luchó contra la dictadura de Ignacio de Veintimilla. “Ignacio, te he negado el voto, porque te juzgo inepto para el mando, y porque haz de hacer lo necesario para que subas a la guillotina”, le dijo al dictador.
En otro tema controversial, el apologista fustigó al poder, cuando Veintimilla reglamentó la instrucción pública al poner en vigencia la “libertad de estudios” de corte liberal. El período de Veintimilla se ensombreció con el envenenamiento del monseñor Checa y Barba. Y en lo positivo, el Ecuador mejoró las exportaciones de cacao y se construyó el Teatro Nacional Sucre. Pío Jaramillo Alvarado relata con razón que la “única página gloriosa de Don Ignacio fue Marietta”.
Los biógrafos recuerdan que Federico González Suárez leyó a los 12 años la antigua Historia del Reino de Quito, de Juan de Velasco. “No sé qué me pasó -dice- cuando hube leído esa Historia”. Luego llegaron otras lecturas: “Los Comentarios Reales”, del Inca Garcilazo; las obras de Guillermo Presscot, estadounidense, de quien aprendió a discernir con cuidado lo verdadero de lo falso. Antes, durante su estadía en la Compañía de Jesús, había descubierto a César Cantú, su “Historia Universal”.
Para González Suárez, “la Historia es una ciencia de moral social que debe estar estrictamente acompañada de la verdad. La Historia no debe ser compuesta para la satisfacción y vanidad de hombres y pueblos; lo contrario sería inmoral”. En ese sentido, la Historia consigue una finalidad: beneficiar a la humanidad, a tenor de las experiencias pasadas; para ello, “el cultivo de la verdad es insoslayable”. “Yo no sé más que historias de mi Patria”, dijo en 1871.
Por practicar la verdad, afrontó inconvenientes a raíz de la publicación del tomo IV de su “Historia General”, en 1894, en el que relató faltas cometidas por dos religiosos dominicanos; también, en el mismo tomo, narró la elección de un padre provincial criollo en competencia con un español. Los casos se hicieron políticos, y llegaron a oídos del Papa León XIII, quien pidió públicamente que se retractara. En sus “Memorias íntimas” y “En defensa de mi criterio histórico”, González Suárez explicó que “no podía manchar su conciencia ni aún a pretexto del mandato papal”.
“Tenía la firme decisión -dice González Suárez- hasta renunciar a mi nacionalidad ecuatoriana y desterrarme para siempre del país, antes de retractar el tomo IV de la ‘Historia General del Ecuador’”. Y no se retractó.
Fascinado por las raíces aborígenes, González Suárez realizó investigaciones y excavaciones en los alrededores de Cuenca y la provincia de Cañar. Por esta labor científica fue calumniado y denunciado, pero siguió adelante con más empeño: descubrió tolas y ruinas en Chordeleg. Fruto de este trabajo publicó “Estudio Arqueológico de los Cañaris” y “Atlas Arqueológico”, el primero en su género.
En 1883 fallece su madre en Quito, y casi de inmediato fue trasladado a la Arquidiócesis de Quito, en calidad de arcediano y secretario de arzobispado. Y viajó más tarde al viejo continente. En Sevilla revisó el Archivo Real de Indias, y al retorno recorrió Brasil, Argentina, Chile, Perú y Colombia. (Los siguientes años, en la próxima entrega).
Fuente: “Biografía de Federico González Suárez”, inédita, por Fausto Segovia Baus, 1968.
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Un dato curioso: en 1844 se publicó la primera edición de la “Historia del Reino de Quito, en la América Meridional”, del jesuita Juan de Velasco -el primer historiador del Ecuador-, escrita entre 1789 y 1892, que contenía información sobre la geografía, los volcanes y la riqueza mineral del territorio, así como aspectos antropológicos y naturales basados en observaciones de la época.
El 12 de abril de 1844 nació en Quito Federico González Suárez, otro gran historiador, que dio lustre a las ciencias, la cultura y la investigación.
Los primeros años
Sus padres fueron Don Manuel María González, colombiano, y Doña María de las Mercedes Suárez, quiteña. A los pocos años, su padre debió separarse de su hogar por haber contraído elefantiasis, una enfermedad causada por la obstrucción del sistema linfático causada por infecciones parasitarias. Este episodio marcaría la vida del niño Federico.
A los siete años ingresó a la escuela de Santo Domingo donde aprendió las primeras letras. Huérfano, Federico iba descalzo a la escuela, en las frías mañanas quiteñas. “Los rigores de la vida y la severa moralidad de las costumbres ayudaron a que formara mi carácter”, expresó González Suárez en sus “Memorias Íntimas”.
En la juventud sintió inclinaciones al sacerdocio, pero le detenía la situación de su madre, sola y pobre. Ingresó a estudiar ciencias eclesiásticas en el seminario San Luis de los jesuitas, a quienes admiraba, y postuló a dicha orden. Más, al avecinarse una contienda armada con Colombia, Federico cayó en una de las levas, e ingresó a la milicia, profesión que repudiaba.
Pero, al calmarse las tensiones políticas en 1862 entró al noviciado de la Compañía de Jesús, gracias a una beca concedida. Su estancia en esta orden religiosa duró 10 años. Su salida, según su opinión, fue por atender a su madre, aunque algunos comentaristas aluden a “indisciplina” de Federico, porque, supuestamente, mantenía correspondencia oculta con Juan León Mera.
De los jesuitas aprendió la disciplina, las ciencias, la lógica aristotélica, y la comunicación con los libros y las lecturas. Ofició las cátedras de Filosofía y Literatura, y así iba formando su personalidad literaria.
“Hacer bien a palos”
El Ecuador en esos años iba de tumbo en tumbo. Franco, Castilla (peruano), y Urvina, según Alfredo Costales Samaniego, constituyeron la “trilogía” maldita. La presencia de Gabriel García Moreno, de personalidad volcánica, contribuyó para que el Ecuador no desapareciera. Y consiguió “hacer el bien a palos”.
La disputa entre conservadores y liberales arreciaba; se sucedieron dos gobiernos -los de Carrión y Espinoza-, pero García Moreno se adelantó a Urvina, y ascendió nuevamente al poder, convocó a Asamblea Constituyente, que dictó la denominada “Carta Negra” (1869), en la que, entre otros preceptos, estableció que para ser ciudadano era obligatorio ser católico.
Méritos intelectuales
Entretanto, González Suarez, en 1871, compuso una pieza oratoria magnífica: “La poesía en América”, la primera excursión en el género oratorio. Mas, le acompañaba una tristeza moral profunda: la pobreza de su hogar y su madre abandonada. Sin resentimientos y con optimismo, abandonó la Compañía de Jesús, a los 28 años de edad.
Rechazado en la arquidiócesis de Quito y en la diócesis de Ibarra, se ubicó en Cuenca, donde recibió las órdenes sacerdotales y permaneció allí desde 1872 hasta 1883. Y pronto, gracias al obispo Estévez de Toral, quien descubrió sus méritos intelectuales, González Suarez comenzó una carrera espléndida: fue profesor, senador, diputado en varias ocasiones, consejero de Estado, miembro de academias e institutos científicos, e investigador en los ámbitos históricos, arqueológicos y literarios, y escribió documentos para organizar y disciplinar al clero.
“No pertenezco al partido de García Moreno”
El 6 de agosto de 1875, el presidente Gabriel García Moreno fue asesinado en el corredor del Palacio de Gobierno, en Quito. En todos los lugares del Ecuador se celebraron responsos y honores. En Cuenca, fue invitado el canónigo González Suarez a disertar en la catedral ante un lleno completo de personalidades y feligreses. En ese marco suntuoso, surgió la palabra poderosa del sacerdote. El periodista Manuel J. Calle, en “Biografías y Semblanzas” expresa: “La voz del orador sonaba con ruido metálico, vibrante y conmovedor”.
Una frase de su discurso encendió la mecha de la discordia: “No pertenezco al partido de García Moreno”, la cual colocaba a González Suárez en la oposición, es decir, en el partido liberal. Pero el hecho no quedó allí: el Congreso reunido en Quito dispuso la lectura del discurso, y luego del debate respectivo, el canónigo González Suárez fue indultado, literalmente. Esta pieza oratoria y otros sermones se publicaron en el libro “Obras oratorias” (1911).
Parlamentario
En 1878, González Suárez fue elegido diputado en Cuenca para participar en la Convención de Ambato. Y desde ese bastión luchó contra la dictadura de Ignacio de Veintimilla. “Ignacio, te he negado el voto, porque te juzgo inepto para el mando, y porque haz de hacer lo necesario para que subas a la guillotina”, le dijo al dictador.
En otro tema controversial, el apologista fustigó al poder, cuando Veintimilla reglamentó la instrucción pública al poner en vigencia la “libertad de estudios” de corte liberal. El período de Veintimilla se ensombreció con el envenenamiento del monseñor Checa y Barba. Y en lo positivo, el Ecuador mejoró las exportaciones de cacao y se construyó el Teatro Nacional Sucre. Pío Jaramillo Alvarado relata con razón que la “única página gloriosa de Don Ignacio fue Marietta”.
Historiador y arqueólogo
Los biógrafos recuerdan que Federico González Suárez leyó a los 12 años la antigua Historia del Reino de Quito, de Juan de Velasco. “No sé qué me pasó -dice- cuando hube leído esa Historia”. Luego llegaron otras lecturas: “Los Comentarios Reales”, del Inca Garcilazo; las obras de Guillermo Presscot, estadounidense, de quien aprendió a discernir con cuidado lo verdadero de lo falso. Antes, durante su estadía en la Compañía de Jesús, había descubierto a César Cantú, su “Historia Universal”.
Para González Suárez, “la Historia es una ciencia de moral social que debe estar estrictamente acompañada de la verdad. La Historia no debe ser compuesta para la satisfacción y vanidad de hombres y pueblos; lo contrario sería inmoral”. En ese sentido, la Historia consigue una finalidad: beneficiar a la humanidad, a tenor de las experiencias pasadas; para ello, “el cultivo de la verdad es insoslayable”. “Yo no sé más que historias de mi Patria”, dijo en 1871.
Por practicar la verdad, afrontó inconvenientes a raíz de la publicación del tomo IV de su “Historia General”, en 1894, en el que relató faltas cometidas por dos religiosos dominicanos; también, en el mismo tomo, narró la elección de un padre provincial criollo en competencia con un español. Los casos se hicieron políticos, y llegaron a oídos del Papa León XIII, quien pidió públicamente que se retractara. En sus “Memorias íntimas” y “En defensa de mi criterio histórico”, González Suárez explicó que “no podía manchar su conciencia ni aún a pretexto del mandato papal”.
“Tenía la firme decisión -dice González Suárez- hasta renunciar a mi nacionalidad ecuatoriana y desterrarme para siempre del país, antes de retractar el tomo IV de la ‘Historia General del Ecuador’”. Y no se retractó.
Fascinado por las raíces aborígenes, González Suárez realizó investigaciones y excavaciones en los alrededores de Cuenca y la provincia de Cañar. Por esta labor científica fue calumniado y denunciado, pero siguió adelante con más empeño: descubrió tolas y ruinas en Chordeleg. Fruto de este trabajo publicó “Estudio Arqueológico de los Cañaris” y “Atlas Arqueológico”, el primero en su género.
En 1883 fallece su madre en Quito, y casi de inmediato fue trasladado a la Arquidiócesis de Quito, en calidad de arcediano y secretario de arzobispado. Y viajó más tarde al viejo continente. En Sevilla revisó el Archivo Real de Indias, y al retorno recorrió Brasil, Argentina, Chile, Perú y Colombia. (Los siguientes años, en la próxima entrega).
Fuente: “Biografía de Federico González Suárez”, inédita, por Fausto Segovia Baus, 1968.
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