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Jenny Martínez
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La remembranza entumecida
Hay una tentación peligrosa en quienes observan el mundo desde la comodidad del recuerdo: pretender que el tiempo se detenga en el instante exacto en que a ellos les resultó placentero. Y ese es el motivo de quiebras de haciendas que se convierten en hosterías, porque sus herederos creen que los turistas, serán tan felices como ellos cuando fueron niños y venían a visitar al abuelo y montar caballo.
Las recientes calificaciones sobre Baños de Agua Santa, calificándola despectivamente como un “antro” marcado por el “turismo chancletero”, revelan algo más que un simple desacuerdo estético; exponen una postura que pretende imponer su propia nostalgia como dogma de desarrollo para un pueblo.
Condenar el dinamismo de un cantón porque no coincide con la estampa bucólica e inanimada de un video de hace cincuenta años, es un ejercicio de pobreza emocional. Baños de Agua Santa no es un museo arqueológico al aire libre para la degustación contemplativa de unos pocos elegidos; es un organismo vivo donde miles de familias trabajan, emprenden, educan a sus hijos y buscan el pan diario a través del servicio y la amabilidad.
Exigir que una comunidad renuncie a la modernidad, al entretenimiento y a la evolución de su oferta para no perturbar el recuerdo juvenil de un observador entrado en años, es pretender que la gente viva en la penuria con tal de no alterar la postal de un antiguo viajero prisionero de su pasado.
La ironía del tubo científico
Resulta éticamente contradictorio que la crítica provenga de quien, ha construido su propia oferta mercantilizando el patrimonio y el territorio. ¿Con qué vara se mide la validez de una atracción turística?
Quien hoy tacha de “chatarra” a las intervenciones visuales de los emprendedores de Tungurahua es el mismo que erigió un cilindro metálico: un tubo naranja en medio de la carretera, para comercializar su interpretación de la línea ecuatorial. Resulta cuestionable el malabarismo retórico con el que se pretende dotar de aura sacra y académica a un poste de hierro en la vía pública, mientras se descalifica con desdén el esfuerzo del campesino que coloca un columpio en su propia montaña para atraer al mismo visitante. ¿Por qué el tubo de un predio privado posee un supuesto valor científico indiscutible, pero el emprendimiento de una familia baneña es tildado de vulgaridad?
No existe tal diferencia moral: ambos son recursos turísticos diseñados para cautivar al viajero, con la salvedad de que los de Baños, alimentan a una economía democratizada y el tubo, beneficia a la iniciativa personal del inquisidor.
Comer la misma masa que se desprecia
Existe además una incoherencia de fondo en el discurso peyorativo hacia el llamado “turista chancletero”. Esos visitantes que recorren Baños, que consumen la melcocha y disfrutan de las cascadas, son los mismos que llenan los buses y parqueaderos de los complejos y museos privados de la Sierra norte. Es éticamente insostenible lucrar con el turismo masivo en el negocio propio y, al mismo tiempo, estigmatizar a ese turista cuando visita Baños de Agua Santa.
El turismo receptivo no se edifica sobre la exclusión ni sobre el desprecio hacia la alegría popular. En Baños conviven de manera legítima la espiritualidad, la aventura, el termalismo, el contacto directo con la naturaleza y el esparcimiento familiar.
Hablar de ordenamiento territorial, sostenibilidad y mejora de servicios es una discusión perpetua que en Baños se asume cada día; pero aceptar el insulto disfrazado de apostolado antropológico es muy distinto.
El triunfo un modelo
Sorprende ver cómo actores de la industria turística, se apresuraron a hacer coro a estos detrimentos, repitiendo que Baños de Agua Santa “perdió su esencia” y “ya no es lo que era antes”. Lejos de ofender, esa afirmación le da toda la razón a su éxito. Lo trágico habría sido que Baños permaneciera detenido en el tiempo, congelado como un organismo inerte para complacer el fetiche nostálgico de unos pocos.
Afortunadamente, sus pobladores transformaron al cantón en un modelo único, un ecosistema turístico sin copia ni competencia en la región, pero donde muchos se inspiran para nuevos emprendimientos en sus ciudades. Ese es, en el fondo, el dolor de los detractores: Baños logró democratizar la diversión, la adrenalina y el descanso para todos los bolsillos, desde el visitante de a pie hasta el viajero de alta gama.
Antes de erigirse en jueces de la esencia turística, esos empresarios deberían verificar si sus propios destinos, han alcanzado la capacidad que ha tenido Baños para tener una ciudad segura, cordial, vibrante, que genera bienestar -en primer lugar- a su propia gente.
Un pueblo que se proyecta
El progreso de Baños de Agua Santa no se ha construido desde la comodidad de un escritorio ni mediante subsidios o privilegios; se ha forjado con la resiliencia de una población que ha sabido levantarse de erupciones volcánicas, crisis económicas, paros nacionales, abandono estatal y no necesita el visto bueno de jueces jurásicos que regentan sus sitios turísticos, con la misma modernidad que asumen, Baños de Agua Santa no debe tener.
La verdadera riqueza de un destino no reside en la inmovilidad, sino en el derecho inalienable de su gente a prosperar y escribir su propio futuro con libertad, amabilidad y creatividad. Además, como ironiza Joaquín Sabina: no regreses donde fuiste feliz, porque, aunque nada haya cambiado, habrás cambiado tú.
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