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Laura Martínez Quesada
Guest
Podremos recordar muy claramente que Rodrigo Chaves llegó a Casa Presidencial acusando a una parte de la prensa costarricense de ser canalla: mentirosa, vendida a intereses oscuros, enemiga del pueblo que él decía representar. Lo hizo de la mano de quien, durante años, dirigió uno de los medios informativos más importantes del país, al que ella misma, esta vez, calificó de canalla. Cuatro años y medio después, el insulto sigue vivo, ya no solo en su boca —ahora solo es ministro, aunque es quien gobierna—. Su discípula y sucesora intenta imitarlo, pero no le sale bien. Aun así, mantiene el favor de esa masa autodenominada chavismo.
Si bien el escenario general es casi el mismo, lo que ha cambiado es quién usa más el micrófono: la puesta en escena no cambia del lado del gobierno. Sin embargo, ha ocurrido algo más silencioso y quizás más grave que el insulto mismo: una porción creciente de esos mismos medios —o de sus competidores, o de nuevos actores nacidos al calor del poder— que antes actuaba como freno y contrapeso del discurso presidencial, dejó de ejercer como canalla para convertirse en vasalla. La diferencia no es semántica. La prensa canalla, en la caricatura chavista, era la que incomodaba. La prensa vasalla es la que sirve.
Poco a poco se fueron acomodando. Ahora, desde el poder, se les mira con buenos ojos, no se les acusa de mentir; se les premia por obedecer. Ha sido evidente que el tránsito de una figura a la otra no ha sido parejo: algunos medios se plegaron con el pudor de quien no quiere que se le note, ajustando el tono, evitando la pregunta incómoda, dosificando la investigación. Otros lo hicieron sin disimulo, convertidos en altavoces de la narrativa oficial, con espacios editoriales que ya no se distinguen de un boletín de Casa Presidencial. Entre ambos extremos hay un catálogo completo de matices, pero el resultado es el mismo: un contrapeso erosionado.
Costa Rica ocupaba el puesto ocho del índice de libertad de prensa de Reporteros sin Fronteras cuando Chaves asumió; al cierre de su gobierno, ocupaba el puesto treinta y seis. Es la fotografía de un desmontaje sistemático. Las conferencias de prensa de los miércoles, con su segmento «dato mata mentira», no fueron un capricho retórico, sino una maquinaria de deslegitimación diseñada para que la audiencia dejara de confiar en cualquier medio que no repitiera la versión oficial. La revocatoria de visas a directivos de grupos de medios, las demandas selectivas, el cierre de espacios críticos y la asfixia mediante la pauta publicitaria del Estado fueron instrumentos que el Ejecutivo utilizó en algún momento de su estrategia.
Pero ningún gobierno logra someter a la prensa solo con presión desde afuera. Necesita que algo ceda desde adentro. Y ahí está la pregunta que de verdad importa: ¿qué poder tiene Chaves —o el chavismo— capaz de producir mutaciones ideológicas en medios que provienen de tradiciones tan distintas, desde el periodismo de referencia con décadas de prestigio hasta canales comerciales de alcance masivo en el país? No estamos hablando de pequeños medios, algunos incluso unipersonales, y con internet como único recurso tecnológico para producir y salir al aire.
Es posible que la respuesta no recaiga únicamente en el carisma de un hombre, sino en —al menos— tres mecanismos que se refuerzan entre sí. El primero es económico: en un mercado publicitario pequeño y golpeado por la migración de la pauta hacia las plataformas digitales, la supervivencia de una redacción puede depender de no irritar a quien controla los contratos, los permisos o las frecuencias. El segundo es de audiencia: el chavismo demostró que puede convertir la audiencia crítica en una masa acrítica y creyente en el relato sin dato —a contrario de su decir—, movilizando en redes sociales campañas de desprestigio contra periodistas y medios específicos hasta volver costoso mantener una línea editorial independiente. El tercero es institucional: cuando los contrapesos tradicionales —la Asamblea, la Fiscalía, la Contraloría, el Poder Judicial— se debilitan o se polarizan, la prensa pierde a sus aliados naturales para investigar y resistir represalias: queda más sola y expuesta.
Creo que podemos sumar un cuarto factor: el chavismo no solo presiona a los medios existentes, sino que también construye los propios. Canales de señal abierta, tiktokers y youtubers, así como páginas de redes sociales financiadas o alineadas con el círculo de poder, ofrecen una alternativa de consumo informativo que no exige neutralidad ni rigor, sino únicamente lealtad. Frente a esa competencia, que no rivaliza en veracidad sino en cercanía emocional con la audiencia, ciertos medios tradicionales optaron no por combatirla sino por imitarla parcialmente. Es más barato, a corto plazo, sumarse a la ola que nadar contra ella.
El resultado es una prensa ya no tan vasalla con muchos rostros: el medio que suaviza sus titulares, el que deja de investigar ciertos temas, el que reserva sus preguntas más duras para la oposición y guarda la indulgencia para el oficialismo, el que directamente celebra al poder de turno como si fuera su función.
La fama que Costa Rica construyó como democracia plena ha contado con un soporte fundamental en una prensa que, con todas sus imperfecciones, ejercía de contrapeso genuino. Perderla —o verla capturada gradualmente— no es un problema de imagen ni de gremio: es un problema de calidad democrática que podría permanecer aun después del propio Chaves: el molde ya está hecho y disponible para quien quiera usarlo después.
Entonces, más que solo cuestionar qué poder tuvo un presidente para doblegar a la prensa, debemos preguntarnos cuán dispuestos estamos, como ciudadanía y como receptores de la información de la prensa, a seguir pagando el precio de ese vasallaje.
Afortunadamente, aún queda prensa canalla en pie de lucha por una democracia plena. No dejemos que se pierda. Claro, este ejercicio requiere de una ciudadanía crítica: ojalá quede suficiente de ella.
La entrada La triste mutación de la «prensa canalla» a la «prensa vasalla» aparece primero en Semanario Universidad.
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