La selva de la supervivencia

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Mario Pérez

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Dicen que el ser humano ha evolucionado. A veces, sin embargo, me pregunto si simplemente hemos perfeccionado nuestra forma de competir.

Sin darnos cuenta, transformamos la vida en una carrera permanente. Ya no basta con vivir; ahora hay que destacar. Ya no basta con crecer; hay que llegar antes que los demás.

La fraternidad y el sentido de comunidad, que durante siglos ayudaron a construir sociedades, parecen haber sido reemplazados por la lógica del «sálvese quien pueda». Cada quien vela por sí mismo. El éxito dejó de medirse por el bien que hacemos y comenzó a medirse por el lugar que ocupamos. Escalar se convirtió en una necesidad, aunque, para lograrlo, algunos tengan que pasar por encima de otros. Poco a poco, dejamos de ver personas y empezamos a ver competencia.

Y esa lógica no se detiene al salir de nuestro trabajo. También termina cruzando la puerta de nuestros hogares. En ocasiones, la pareja deja de verse como un equipo para convertirse en dos personas que compiten por tener la razón, por decidir más o por imponer su voluntad. Y, sin darnos cuenta, esa misma competencia alcanza a los hijos. Comparamos quién obtiene las mejores notas, quién destaca más en el deporte, quién se parece más a nosotros o quién nos hace sentir más orgullosos. Sin querer, corremos el riesgo de hacerles sentir que el amor se gana por méritos y no por el simple hecho de ser hijos. Así, la familia, que debería ser el primer refugio frente a la selva del mundo, termina pareciéndose demasiado a ella. La competencia puede impulsar el crecimiento, pero, cuando invade el hogar, deja de unir a la familia para empezar a formar rivales.

Pero la competencia no llegó sola. Trajo consigo otro enemigo silencioso: las apariencias. Hoy parece más importante parecer que ser. Nos preocupamos por proyectar una vida perfecta, aunque por dentro estemos rotos. Publicamos sonrisas mientras escondemos preocupaciones; mostramos logros mientras ocultamos fracasos. Nos comparamos con versiones cuidadosamente editadas de otras personas, olvidando que detrás de cada pantalla también existen dudas, miedos y cicatrices.

Tal vez la verdadera evolución nunca consistió en ser más rápidos, más exitosos o más visibles que los demás. Quizá consista en aprender a convivir, a tender la mano antes que el pie para avanzar, a celebrar los logros ajenos sin sentirlos como una amenaza y a comprender que el valor de una persona jamás podrá medirse por el lugar que ocupa, sino por la huella que deja en la vida de los demás.

Cuando una sociedad convierte la competencia en su principal virtud y la apariencia en su mayor preocupación, deja de construir una comunidad y termina convirtiéndose en una selva. Porque el verdadero progreso de una sociedad no se mide por cuánto logra competir, sino por cuánto es capaz de cuidar a quienes caminan a su lado. Y en una selva todos sobreviven como pueden, pero muy pocos aprenden realmente a vivir.

El autor es arquitecto.

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