La prisión del castigo y del miedo: educación y erosión de la democracia

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Redacción Universidad

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En los últimos días hemos presenciado dos disposiciones que responden a una misma racionalidad política: una pedagogía del castigo y del miedo.

La señora Laura Fernández anunció que niños y niñas de escuelas ubicadas en contextos de vulnerabilidad serían llevados a centros penitenciarios para conocer, según sus palabras, el que podría ser su futuro. Pocos días después, el señor José Leonardo Sánchez anunció que en escuelas y colegios no podrían abordarse contenidos políticos en actividades educativas.

Las disposiciones responden a una misma lógica: utilizar el castigo y el miedo para modelar subjetividades, limitar la autonomía y debilitar la capacidad crítica. En un caso, se disciplina a la niñez mediante la amenaza de la cárcel; en el otro, se restringe la deliberación política bajo una supuesta neutralidad. Así comienza a construirse una prisión que no necesita muros, porque encierra la imaginación, las expectativas y las posibilidades de futuro.

Bell hooks relata la historia de un hombre que durante su permanencia en el corredor de la muerte, afirmaba que no temía a la prisión porque era un lugar habitado por hombres profundamente heridos, cuya rabia había sido forjada mucho antes de cometer los delitos que los llevaron allí. La cárcel era el reflejo de una historia de negligencia, violencia y exclusión iniciada mucho antes.

La prisión no representa únicamente un espacio de castigo, sino la prolongación de vidas marcadas por la ausencia de cuidado. Comprender la violencia exige reconocer también las condiciones sociales, afectivas e institucionales que la producen. Ello no implica justificar el delito, sino rechazar las explicaciones simplistas que identifican pobreza con delincuencia. Porque la pobreza no determina la capacidad de construir una vida moral; no existe una relación causal entre carencia material y ausencia de valores.

Los delitos de cuello blanco recuerdan que la corrupción, el fraude o el abuso de poder también expresan el fracaso de los principios éticos que sostienen la convivencia democrática, una realidad presente en distintos momentos de nuestra historia política y que hoy vuelve a manifestarse desde importantes espacios de poder.

Por eso resulta especialmente preocupante convertir los centros penitenciarios en escenarios educativos. En lugar de ampliar horizontes, se producen estigmas y se encierra simbólicamente a esas personas antes de que puedan escribir su propia historia.

Además, cuando se pretende restringir la discusión política en las aulas y silenciar el debate, no se garantiza neutralidad, se fortalece los discursos dominantes y empobrece la formación ciudadana. Aquí también opera una prisión menos visible: aquella que limita lo que una sociedad considera legítimo pensar, preguntar o debatir. La educación democrática consiste en ofrecer herramientas para comprenderla, cuestionarla y participar en ella.

El comunismo y el género, convertidos con frecuencia en categorías para movilizar el miedo colectivo, no constituyen el verdadero problema político al que nos enfrentamos. El verdadero problema es la consolidación de una pedagogía del castigo y del miedo como forma de ejercer el poder. Michel Foucault explicó que el castigo moderno no busca únicamente sancionar una falta. Su eficacia radica en producir sujetos disciplinados: personas que, por miedo a la sanción, terminan vigilándose, censurándose y limitándose a sí mismas. El control deja de depender de la fuerza y comienza a operar desde el interior de cada individuo. Jacques Derrida, por su parte, mostró que la violencia no solo se ejerce mediante la coerción física. También aparece cuando la diferencia deja de reconocerse como condición de la democracia y pasa a ser tratada como una amenaza que debe corregirse, excluirse o silenciarse. Una pedagogía del castigo y del miedo produce precisamente ese efecto: convierte la diferencia en sospecha y el pensamiento crítico en un riesgo.

Paulo Freire sostenía que toda educación es un acto político: o reproduce relaciones de dominación o contribuye a transformarlas. Por eso defendía una pedagogía fundada en el diálogo y la esperanza. Bell hooks profundizó esa idea al afirmar que el amor constituye una práctica ética y política capaz de hacer posibles el cuidado, la responsabilidad y la libertad.

Educar en el amor significa crear las condiciones para que cada niño y cada niña puedan llegar a ser quienes desean ser y no aquello que una pedagogía del castigo y del miedo pretende anticipar para ellos. Si la escuela conduce a la cárcel para enseñar el futuro, enseña que existen vidas destinadas a la exclusión. Si silencia la discusión política, forma personas acostumbradas a obedecer antes que a pensar. En ambos casos, la prisión comienza cuando el miedo delimita aquello que una persona cree posible para sí misma.

La democracia solo puede construirse sobre una ciudadanía capaz de ejercer el juicio crítico, reconocer la dignidad del otro y defender el cuidado como principio político. Educar desde el castigo para producir miedo genera obediencia; educar desde el cuidado y la esperanza hace posible la libertad. Allí reside la diferencia entre una pedagogía del control y una pedagogía democrática: la primera construye la prisión del castigo y del miedo; la segunda hace del cuidado, el pensamiento crítico y la diferencia la condición misma de la libertad.

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