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Rincón de Petul
La pandemia de Trump
Hablamos sobre el declive económico cuando hay falta de certeza, un detalle que puede ser trascendental en el régimen de Trump.
Pedro Pablo Solares
8 de marzo de 2026
|
00:02h
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En 2020, cuando pegó la pandemia del Coronavirus, las remesas familiares provenientes de EE.UU. tuvieron comportamientos inesperados que, por primera vez en mucho tiempo, rompieron los patrones que las caracterizan: el crecimiento y la estabilidad. Al inicio de ese año atípico, -durante marzo, abril y mayo- vimos las remesas decrecer en su comparación interanual. Era la primera vez que eso sucedía desde 2009, cuando también fueron afectadas, esa vez por la crisis financiera de la burbuja inmobiliaria. El extraordinario descenso en las remesas durante esos tres meses de 2020 provocó que el año terminara desacelerado en ese rubro.
Persigue migrantes, pero, además, contagia incertidumbre económica y emocional a países enteros.
El decrecimiento atípico de las remesas en ese año se puede explicar desde dos diferentes categorías: La de los motivos externos, una; y otra, de motivos más internos. La primera se manifestó en la persona migrante como la reacción natural de sobrevivencia ante el virus que pululaba en el ambiente. Esto resguardó a trabajadores migrantes en sus habitaciones durante las primeras semanas de la crisis; huían de ser infectados. Pero hubo otra categoría, de motivos más propios del interior racional. Los que se derivaron de la duda e incertidumbre sobre lo que ocurriría mañana. En la pandemia, en especial al inicio, no se sabía lo que ocurriría después. Así, el remitente de dinero se reguló y guardó lo que antes hubiera sido remesado. Al fin, ¿cómo enviar remesas si no sabía ni con qué pagaría la renta en el futuro?
Hablamos sobre el declive económico cuando hay falta de certeza, un detalle que puede ser trascendental en el régimen de Trump. Él no solo es disruptivo, sino que -además- cambia y gira sobre sus propias prioridades, y hace apuestas que muchas veces solo duran un corto plazo. Con impredecibilidad, lógico es que la actividad económica migrante se contraiga. Ya lo dijo Keynes, que “insensato sería dar gran peso a asuntos que son muy inciertos”. Y eso no es solo una cuestión de ideología, sino, más, un postulado universal. En palabras de Thatcher, “una economía funciona mejor cuando esté construida sobre la base de reglas claras y predecibles, de las cuales puedan depender -individuos y compañías- al hacer sus propios planes”.
Este febrero ingresaron al país remesas por $1,894 millones, con lo que podemos predecir que en 2026 el crecimiento será de un solo dígito. Esto es menor, no solo que el histórico 2025, sino también que la tendencia de años anteriores. La explicación generalizada hace un ejercicio sencillo: En 2025, ante la inminencia de una deportación, la gente envió todos los ahorros. Ahora, hay menos dinero qué mandar. Y, si bien, este será el caso de muchos, también hay otros indicadores económicos -no precisamente relativos a migrantes- que también sufren. Según el Departamento de Empleo, el mes pasado, EE.UU. perdió una histórica cantidad de 92 mil empleos, con causas que van desde lo externo, como el clima invernal, hasta otras que afectan aquel mismo interior racional que se contrae ante el caos de un presente disruptivo.
Pero 2020 no terminó con el repliegue inicial. Contrario a rendirse, los migrantes fueron primeros en salir a trabajar. Esto significó cifras récord a partir de ese segundo semestre. Se confirmó la capacidad del migrante, pero también la crudeza de un sistema que lo obliga luego a compensar lo que la incertidumbre destruye. Trump persigue migrantes, pero, además, contagia incertidumbre económica y emocional a países enteros. Y así, como toda pandemia deja fiebres y secuelas, después del primer golpe, la humanidad aprende a resistir… al caos de decisiones enfermas, el que enfría economías y hace temblar a hogares a la distancia.
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