La OMS busca evitar otro contagio: el del pánico global por hantavirus

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Jorge R. Imbaquingo

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La escena remueve recuerdos recientes. Un crucero aislado, pasajeros bajo vigilancia sanitaria, mensajes tranquilizadores de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y una población que vuelve a escuchar palabras que creía archivadas después del covid-19: cuarentena, aislamiento, brote, control epidemiológico. El episodio del crucero con seis casos de hantavirus frente a Tenerife demuestra que el mundo todavía vive bajo la sombra permanente de las enfermedades emergentes. Pero también evidencia algo igual de importante: la humanidad aprendió ciertas lecciones.

La OMS fue enfática al señalar que “esto no es otro covid”. La frase no es casual. Es una reacción preventiva frente al mayor virus social que dejó la pandemia: el miedo descontrolado alimentado por la desinformación. Hoy, cada brote infeccioso genera una ola inmediata de ansiedad colectiva, amplificada por redes sociales y titulares alarmistas. La diferencia es que ahora existe una arquitectura internacional más preparada para responder con rapidez, coordinación y protocolos claros.

‘La experiencia del covid dejó una herida psicológica global que todavía no termina de cerrarse. El solo anuncio de un brote activa memorias colectivas de confinamiento, muerte y colapso hospitalario. Ignorar esa sensibilidad sería un error’.

La reacción española frente al crucero refleja precisamente eso. No hubo improvisación ni negación. Hubo aislamiento, control sanitario, coordinación internacional y medidas preventivas estrictas. Incluso la restricción marítima de una milla náutica alrededor del buque responde a una lógica de contención técnica y no a un espectáculo político. España decidió actuar antes de que el miedo reemplazara a la evidencia científica.

Ese es quizá el principal mensaje de este episodio: las democracias modernas necesitan confiar nuevamente en la ciencia y en las instituciones sanitarias internacionales. Durante el covid-19, buena parte del planeta cayó en una peligrosa polarización donde los datos científicos eran cuestionados desde trincheras ideológicas. El resultado fue devastador: desinformación masiva, teorías conspirativas y millones de personas atrapadas entre el miedo y la incertidumbre.

El hantavirus no es una enfermedad nueva. Existe desde hace décadas y su presencia está especialmente documentada en países sudamericanos como Chile y Argentina. Lo que genera preocupación en este caso es la posible presencia de la variante Andes, una cepa vigilada porque puede transmitir contagios entre humanos. Sin embargo, incluso con esa característica, la OMS insiste en que el riesgo actual es bajo. Esa precisión importa. Porque el periodismo responsable no consiste en minimizar amenazas, pero tampoco en amplificar el pánico.

El verdadero desafío contemporáneo ya no es únicamente sanitario. También es comunicacional. En un entorno digital saturado de información instantánea, una fotografía de personas usando mascarillas puede provocar más impacto emocional que cien informes técnicos. Por eso, la forma en que gobiernos, medios y organismos internacionales comunican una crisis se vuelve tan importante como las propias medidas médicas.

La experiencia del covid dejó una herida psicológica global que todavía no termina de cerrarse. El solo anuncio de un brote activa memorias colectivas de confinamiento, muerte y colapso hospitalario. Ignorar esa sensibilidad sería un error. Pero explotarla políticamente o mediáticamente sería todavía peor.

La serenidad institucional que intenta transmitir la OMS debería servir como guía. Vigilancia extrema, sí. Transparencia absoluta, también. Pero sin convertir cada alerta epidemiológica en una narrativa apocalíptica. Porque el miedo desbordado también enferma sociedades.

Tenerife no enfrenta un nuevo covid. En realidad, enfrenta algo distinto: la prueba de si el mundo aprendió a reaccionar con racionalidad después de la mayor crisis sanitaria del siglo XXI.

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