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Jenny Martínez
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Noboa estará ausente de la papeleta del próximo 29 de noviembre, sin embargo será el que más esté presente. Las elecciones seccionales anticipadas elegirán alcaldes, prefectos, concejales y autoridades parroquiales. Será insuficiente observarlas exclusivamente desde la óptica local. Inevitablemente constituirán también un termómetro del gobierno y una primera foto del potencial escenario político que empiece a configurarse con miras a las presidenciales del 2029.
En noviembre de 2025, el oficialismo sufrió una derrota significativa en la consulta popular y referéndum que había impulsado. El electorado rechazó las cuatro preguntas planteadas. Fue una advertencia que rompió la percepción de que la popularidad presidencial podría filtrarse a cualquier propuesta presentada desde Carondelet.
Un año después, las seccionales ofrecen ahora una nueva oportunidad para medir esa relación. Si ADN obtiene resultados importantes, el oficialismo podrá sostener que aquella derrota fue un tropiezo coyuntural. Si ocurre lo contrario, será inevitable preguntarse si el desgaste observado entonces se ha profundizado. En ese sentido, estas elecciones constituyen una carta brava para el gobierno.
Resulta apresurado convertir unas elecciones locales en un plebiscito presidencial. Una parte de los ecuatorianos podrán respaldar al presidente y, simultáneamente, escoger para su municipio o prefectura a un candidato de otra organización o a un líder local. En las seccionales pesa la gestión, el conocimiento del territorio, las estructuras locales y también las relaciones personales.
Pero una cosa es evitar simplificaciones y otra desconocer la dimensión nacional de estos comicios. ADN presentará candidatos en buena parte del país y varias de sus principales figuras políticas participarán en la contienda. El desempeño del movimiento, particularmente en las ciudades y provincias de mayor peso electoral, será interpretado inevitablemente como una medida aproximada de la fortaleza política del oficialismo. Por eso sería más apropiado hablar de un termómetro que de un plebiscito.
Quizás sea una de las preguntas al interior de ADN que más resuene. Noboa ya demostró que pudo ganar las elecciones presidenciales: lo ha hecho en dos ocasiones. Lo que todavía debe demostrar es que el movimiento construido alrededor de su liderazgo puede transformarse en una organización política con presencia territorial y con sentido de permanencia. No es lo mismo entrar a Carondelet que construir un partido sólido y permanente.
Las alcaldías, prefecturas, concejalías y gobiernos parroquiales constituyen las raíces de una organización política. Allí se forman liderazgos, estructuras y se desarrolla una relación cotidiana con los electores. El resultado de noviembre permitirá observar si ADN empieza a consolidarse como una fuerza nacional o continúa dependiendo fundamentalmente de la figura de su líder principal. La inquietud es interesante porque el oficialismo ha incorporado candidatos provenientes de otros espacios políticos. Eso puede ser electoralmente eficaz, pero también plantea una pregunta sobre identidad: ¿estamos frente a una organización que empieza a desarrollar cuadros propios o ante una plataforma capaz de reunir figuras competitivas mientras conserve el poder?
La prueba tampoco será exclusivamente para el gobierno. El correísmo deberá demostrar si continúa siendo la principal fuerza opositora y, especialmente, si conserva el potencial territorial que durante años le permitió competir incluso cuando perdió elecciones nacionales.
El resultado permitirá observar si Ecuador empieza a estructurarse alrededor de dos grandes polos – el oficialismo y la Revolución Ciudadana – o si todavía existe un espacio relevante para otras fuerzas políticas.
Esto último no es de menor importancia. Una democracia saludable necesita alternativas y organizaciones capaces de sobrevivir a sus líderes. La excesiva personalización de la política ha sido una de las debilidades recurrentes de nuestra institucionalidad.
Faltan todavía más de dos años para las próximas elecciones presidenciales. En política eso puede ser mucho tiempo. Una crisis de seguridad, una recuperación económica, un escándalo o una buena gestión pueden modificar radicalmente el escenario.
Pero las seccionales dejarán una fotografía difícil de ignorar. Una victoria importante de ADN proporcionaría al Gobierno territorio, autoridades locales, estructura partidaria y, sobre todo, una narrativa política: la derrota de la consulta fue corregida y el respaldo ciudadano se mantiene.
Una derrota significativa produciría la lectura contraria: que noviembre de 2025 no fue un accidente, sino la primera señal de un proceso de desgaste en desarrollo.
Por eso, aunque Noboa no aparezca en ninguna papeleta, tendrá mucho en juego. Los ecuatorianos elegirán a sus autoridades locales, pero al mismo tiempo proporcionarán una primera pista sobre la correlación de fuerzas con la que el país comenzará a caminar hacia 2029.
Para el oficialismo, la nueva prueba de noviembre despejará una incógnita: si la derrota de un año atrás fue un simple tropiezo o el inicio de una tendencia.
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Del revés a una nueva prueba
En noviembre de 2025, el oficialismo sufrió una derrota significativa en la consulta popular y referéndum que había impulsado. El electorado rechazó las cuatro preguntas planteadas. Fue una advertencia que rompió la percepción de que la popularidad presidencial podría filtrarse a cualquier propuesta presentada desde Carondelet.
Un año después, las seccionales ofrecen ahora una nueva oportunidad para medir esa relación. Si ADN obtiene resultados importantes, el oficialismo podrá sostener que aquella derrota fue un tropiezo coyuntural. Si ocurre lo contrario, será inevitable preguntarse si el desgaste observado entonces se ha profundizado. En ese sentido, estas elecciones constituyen una carta brava para el gobierno.
Noboa no será candidato
Resulta apresurado convertir unas elecciones locales en un plebiscito presidencial. Una parte de los ecuatorianos podrán respaldar al presidente y, simultáneamente, escoger para su municipio o prefectura a un candidato de otra organización o a un líder local. En las seccionales pesa la gestión, el conocimiento del territorio, las estructuras locales y también las relaciones personales.
Pero una cosa es evitar simplificaciones y otra desconocer la dimensión nacional de estos comicios. ADN presentará candidatos en buena parte del país y varias de sus principales figuras políticas participarán en la contienda. El desempeño del movimiento, particularmente en las ciudades y provincias de mayor peso electoral, será interpretado inevitablemente como una medida aproximada de la fortaleza política del oficialismo. Por eso sería más apropiado hablar de un termómetro que de un plebiscito.
¿Existe ADN más allá de Noboa?
Quizás sea una de las preguntas al interior de ADN que más resuene. Noboa ya demostró que pudo ganar las elecciones presidenciales: lo ha hecho en dos ocasiones. Lo que todavía debe demostrar es que el movimiento construido alrededor de su liderazgo puede transformarse en una organización política con presencia territorial y con sentido de permanencia. No es lo mismo entrar a Carondelet que construir un partido sólido y permanente.
Las alcaldías, prefecturas, concejalías y gobiernos parroquiales constituyen las raíces de una organización política. Allí se forman liderazgos, estructuras y se desarrolla una relación cotidiana con los electores. El resultado de noviembre permitirá observar si ADN empieza a consolidarse como una fuerza nacional o continúa dependiendo fundamentalmente de la figura de su líder principal. La inquietud es interesante porque el oficialismo ha incorporado candidatos provenientes de otros espacios políticos. Eso puede ser electoralmente eficaz, pero también plantea una pregunta sobre identidad: ¿estamos frente a una organización que empieza a desarrollar cuadros propios o ante una plataforma capaz de reunir figuras competitivas mientras conserve el poder?
El otro termómetro
La prueba tampoco será exclusivamente para el gobierno. El correísmo deberá demostrar si continúa siendo la principal fuerza opositora y, especialmente, si conserva el potencial territorial que durante años le permitió competir incluso cuando perdió elecciones nacionales.
El resultado permitirá observar si Ecuador empieza a estructurarse alrededor de dos grandes polos – el oficialismo y la Revolución Ciudadana – o si todavía existe un espacio relevante para otras fuerzas políticas.
Esto último no es de menor importancia. Una democracia saludable necesita alternativas y organizaciones capaces de sobrevivir a sus líderes. La excesiva personalización de la política ha sido una de las debilidades recurrentes de nuestra institucionalidad.
Noviembre mirando hacia 2029
Faltan todavía más de dos años para las próximas elecciones presidenciales. En política eso puede ser mucho tiempo. Una crisis de seguridad, una recuperación económica, un escándalo o una buena gestión pueden modificar radicalmente el escenario.
Pero las seccionales dejarán una fotografía difícil de ignorar. Una victoria importante de ADN proporcionaría al Gobierno territorio, autoridades locales, estructura partidaria y, sobre todo, una narrativa política: la derrota de la consulta fue corregida y el respaldo ciudadano se mantiene.
Una derrota significativa produciría la lectura contraria: que noviembre de 2025 no fue un accidente, sino la primera señal de un proceso de desgaste en desarrollo.
Por eso, aunque Noboa no aparezca en ninguna papeleta, tendrá mucho en juego. Los ecuatorianos elegirán a sus autoridades locales, pero al mismo tiempo proporcionarán una primera pista sobre la correlación de fuerzas con la que el país comenzará a caminar hacia 2029.
Para el oficialismo, la nueva prueba de noviembre despejará una incógnita: si la derrota de un año atrás fue un simple tropiezo o el inicio de una tendencia.
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