La nueva misión de Costa Rica: defender su patrimonio natural en la era de los extremos

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Javier Córdoba

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  • La conservación pasiva ya no es suficiente: necesitamos capacidades operativas para proteger los parques nacionales del siglo XXI.
  • El turismo depende de la biodiversidad. Es momento de reinvertir una parte de esa riqueza en la defensa activa del patrimonio natural.
  • Costa Rica y Centroamérica deben construir una estrategia conjunta para enfrentar incendios forestales cada vez más frecuentes e intensos.
  • Si durante años hemos considerado que la degradación causada por la minería ilegal en Crucitas constituye uno de los principales desastres ambientales del país, ¿cómo debemos interpretar entonces un incendio que afecta cerca de 4.000 hectáreas dentro de uno de los humedales más importantes de Mesoamérica y que compromete una quinta parte de un parque nacional de importancia internacional?
  1. Palo Verde: una alarma que no podemos ignorar

Las imágenes del incendio forestal que afecta al Parque Nacional Palo Verde han generado una profunda preocupación en numerosos sectores de la sociedad costarricense. Sin embargo, más allá del impacto inmediato que produce observar miles de hectáreas consumidas por las llamas, resulta indispensable comprender que no estamos frente a un episodio cualquiera. Palo Verde no es solamente un incendio forestal. Es una advertencia nacional sobre la creciente vulnerabilidad de algunos de los ecosistemas más valiosos de Costa Rica frente a las nuevas condiciones ambientales que caracterizan la era de los extremos.

El incendio, reportado desde la noche del jueves 28 de mayo de 2026, habría afectado ya alrededor de 4.000 hectáreas dentro del área protegida. Esa cifra es particularmente grave si se considera que el Parque Nacional Palo Verde tiene una extensión cercana a las 19.800 hectáreas. En términos simples, estamos hablando de una afectación aproximada de una quinta parte del parque, en menos de una semana de conflagración. No se trata de una perturbación menor. Se trata de una señal de alerta ecológica, institucional y climática.

  • Palo Verde es mucho más que un parque nacional.

Ubicado en el cantón de Bagaces, en la cuenca baja del río Tempisque, entre los ríos Bebedero y Tempisque, Palo Verde constituye uno de los humedales más importantes de Mesoamérica. Su relevancia ha sido reconocida internacionalmente mediante su designación como Humedal de Importancia Internacional bajo la Convención Ramsar. Esta categoría no es una simple distinción honorífica. Representa el reconocimiento de que los servicios ecológicos que presta este ecosistema poseen importancia más allá de las fronteras nacionales y forman parte del patrimonio natural de la humanidad.

Dentro de sus aproximadamente veinte mil hectáreas se desarrollan complejas interacciones entre humedales, lagunas, manglares, bosques secos tropicales y ambientes acuáticos que sostienen una extraordinaria riqueza biológica. Los humedales representan una proporción muy significativa del parque, y en ellos se articulan procesos hidrológicos, ecológicos y biológicos esenciales para la vida silvestre de la cuenca baja del Tempisque.

La importancia de Palo Verde también se expresa en su biodiversidad. En el área se han registrado más de 750 especies de plantas, más de 280 especies de aves, alrededor de 55 especies de anfibios y reptiles, cerca de 150 especies de mamíferos y varias especies de peces. Además, conserva cinco de las seis especies de mangle presentes en Costa Rica y algunos de los remanentes más importantes de bosque seco tropical de Mesoamérica, uno de los ecosistemas más amenazados del planeta.

Cada hectárea de bosque seco conservada posee un valor ecológico extraordinario. Este ecosistema ha sido históricamente transformado por actividades agropecuarias, urbanas e infraestructurales, de manera que los remanentes que aún persisten dentro de áreas protegidas como Palo Verde adquieren un significado estratégico. No son simples manchas de vegetación en un mapa. Son fragmentos vivos de una memoria ecológica regional que ha sobrevivido a décadas de presión humana y que forman parte del patrimonio natural más valioso de la ecosfera tropical.

1.2 Un santuario hemisférico para aves migratorias

Uno de los aspectos más sensibles de Palo Verde es su papel como santuario para aves acuáticas residentes y migratorias. Cada año, numerosas especies provenientes del hemisferio norte utilizan estos humedales como áreas de descanso, alimentación, refugio y reproducción durante sus largos desplazamientos continentales. Miles de aves recorren enormes distancias conectando ecosistemas distribuidos desde Canadá y Estados Unidos hasta Centroamérica y Sudamérica.

En esa compleja red ecológica hemisférica, Palo Verde funciona como una estación crítica. Cuando un sitio de esta naturaleza se deteriora, no solamente se afecta un nicho ecológico local. Se debilita una pieza de un sistema biológico continental que depende de la existencia de humedales sanos, bosques funcionales, cuerpos de agua disponibles y sitios seguros para las especies migratorias.

Por eso, cuando arde Palo Verde, no solamente pierde Costa Rica. También se afecta una conexión ecológica que trasciende las fronteras nacionales. La pérdida o degradación de hábitats en este parque puede tener consecuencias sobre poblaciones de aves que dependen de múltiples territorios a lo largo de sus rutas migratorias. Esta es una de las razones por las cuales el incendio debe ser interpretado como un evento de importancia ambiental regional y no como una simple noticia local.

La presencia de la Isla de Pájaros dentro del sistema de Palo Verde refuerza esta importancia. Este sitio ha sido reconocido como una de las zonas de anidación de aves acuáticas más relevantes de América Central. La afectación de los ecosistemas asociados a Palo Verde implica, por tanto, un riesgo directo para procesos reproductivos, ciclos de alimentación y dinámicas ecológicas que sostienen poblaciones de alto valor biológico.

1.3 No estamos observando solamente vegetación quemada

Cuando se informa que alrededor de 4.000 hectáreas han sido afectadas por el fuego, la cifra puede parecer abstracta. Pero detrás de ese número existe una realidad ecológica profundamente dolorosa. Estamos hablando de hábitats alterados, refugios de fauna silvestre afectados, sitios de anidación comprometidos, biomasa viva transformada en cenizas, carbono liberado a la atmósfera y procesos ecológicos interrumpidos.

Muchos ecosistemas poseen una notable capacidad de recuperación natural. La naturaleza ha demostrado una extraordinaria resiliencia a lo largo de la historia. Sin embargo, sería un error utilizar esa capacidad de recuperación como excusa para minimizar la gravedad del evento. La resiliencia ecológica no es infinita. En un contexto de calentamiento global, sequías más severas, mayor estrés hídrico y condiciones atmosféricas más extremas, los procesos de recuperación pueden volverse más lentos, más inciertos y más vulnerables a nuevas perturbaciones.

Si las informaciones preliminares son correctas y el incendio se originó por la caída de un rayo sobre vegetación altamente inflamable, la situación adquiere una dimensión todavía más preocupante. Cuando un incendio es provocado por acción humana, negligencia o actividad ilegal, se puede reforzar la vigilancia, perseguir responsables y mejorar controles. Pero cuando el origen es un fenómeno natural que encuentra condiciones ideales para expandirse rápidamente, el problema deja de ser solamente policial o administrativo. Se convierte en un problema de adaptación climática.

En ese caso, la pregunta central ya no sería únicamente quién provocó el incendio. La pregunta verdaderamente importante sería por qué un ecosistema protegido, de altísimo valor ecológico, se encuentra hoy en condiciones de vulnerabilidad suficientes para permitir una propagación tan rápida y extensa del fuego.

1.4 Una señal temprana de la era de los extremos

Lo ocurrido en Palo Verde debe ser leído dentro de una realidad más amplia. Costa Rica y Centroamérica forman parte de una región especialmente vulnerable a los efectos del cambio climático. El Corredor Seco Mesoamericano, que incluye buena parte del Pacífico Norte costarricense, ya experimenta condiciones recurrentes de sequía, estrés hídrico, pérdida de humedad en suelos y mayor exposición a incendios forestales. Guanacaste se ubica precisamente dentro de esta zona de alta sensibilidad climática.

A ello se suma la posible evolución de un nuevo evento de El Niño durante el año 2026, condición que históricamente ha estado asociada en Costa Rica con reducción de lluvias en el Pacífico, aumento de temperaturas, presión sobre los recursos hídricos y mayor riesgo de incendios forestales. Si un incendio de esta magnitud ocurre antes de que un evento de El Niño alcance su fase más intensa, la advertencia es evidente: el país debe prepararse para escenarios mucho más exigentes.

En diversos análisis recientes desarrollados por SALVETERRA se ha insistido en una idea fundamental: el sistema climático global está mostrando señales crecientes de reorganización dinámica, variabilidad extrema y pérdida de estabilidad relativa [1]. Los análisis sobre el posible fortalecimiento de El Niño durante el 2026 advierten que este fenómeno ya no debe entenderse como una oscilación natural aislada, sino como un proceso que opera sobre un planeta más caliente, con océanos más energizados y una atmósfera con mayor capacidad de producir extremos regionales [2]. Asimismo, el seguimiento de la dinámica del Domo Térmico de Costa Rica y del Pacífico Tropical oriental muestra que la interacción entre océano y atmósfera tiene consecuencias directas sobre la disponibilidad de humedad, los patrones regionales de lluvia, la productividad ecológica, los bosques, los humedales, los sistemas agrícolas, el agua y las áreas protegidas [3].

Costa Rica construyó su sistema de conservación para un clima del siglo XX. El problema es que ya estamos entrando en condiciones climáticas propias del siglo XXI: más calientes, más variables, más extremas y más difíciles de manejar con las herramientas tradicionales.

El incendio de Palo Verde, por tanto, no debe verse únicamente como una tragedia ambiental. Debe interpretarse como una alarma estratégica. Una señal dolorosa de que los extraordinarios logros alcanzados por Costa Rica en materia de conservación podrían resultar insuficientes si no evolucionamos hacia una nueva etapa de defensa activa del patrimonio natural.

Existe además una pregunta que merece una reflexión nacional. Si durante años el país ha movilizado importantes recursos institucionales, políticos y mediáticos alrededor de impactos ambientales localizados en decenas o cientos de hectáreas, como en el caso de Crucitas, ¿por qué la afectación de aproximadamente 4.000 hectáreas en uno de los humedales más importantes de Mesoamérica no ha generado una discusión nacional de magnitud equivalente? La intención no es minimizar otros problemas ambientales, sino dimensionar correctamente la magnitud estratégica de lo ocurrido en Palo Verde.

Durante décadas, la gran misión nacional fue crear parques nacionales. Hoy, la nueva misión consiste en asegurar que sobrevivan.

  1. El cambio climático está cambiando las reglas del juego

Durante décadas, la estrategia de conservación de Costa Rica se concentró correctamente en delimitar parques nacionales, crear áreas protegidas y evitar la destrucción directa de los ecosistemas. Esa estrategia produjo resultados extraordinarios y permitió conservar una parte significativa del patrimonio natural del país. Sin embargo, el escenario actual es distinto: a las amenazas históricas, como la expansión agrícola, la urbanización desordenada o la tala ilegal, se suma ahora la creciente inestabilidad del sistema climático planetario.

No se trata de fenómenos aislados. Se trata de manifestaciones de una tendencia más amplia que hemos denominado la Era de los Extremos: una etapa caracterizada por una mayor frecuencia e intensidad de eventos climáticos que antes eran considerados excepcionales. En un planeta más energético, con océanos que acumulan más calor y una atmósfera con mayor contenido de vapor de agua, los extremos regionales pueden intensificarse incluso cuando los cambios promedio parecen graduales [1].

Costa Rica no es ajena a esta realidad. Por su ubicación geográfica, el país se encuentra influenciado por complejas interacciones entre el océano Pacífico, el mar Caribe, la Zona de Convergencia Intertropical, los vientos alisios y diversos sistemas atmosféricos regionales.

Uno de los elementos más relevantes para comprender esta nueva realidad es el fenómeno de El Niño-Oscilación del Sur. Históricamente, los eventos de El Niño han estado asociados a condiciones más secas en amplias regiones de Centroamérica, particularmente dentro del Corredor Seco Mesoamericano. Sin embargo, el punto crítico es que un evento de El Niño en el contexto actual no opera sobre el mismo planeta de hace cincuenta años. Opera sobre océanos más cálidos, una atmósfera más húmeda, ecosistemas más presionados y territorios más vulnerables. Por eso, incluso un evento moderado puede producir impactos severos si interactúa con condiciones territoriales frágiles [2].

Lo preocupante es que el incendio de Palo Verde ocurre antes de que se materialicen plenamente algunos de los escenarios de mayor preocupación asociados al fortalecimiento de condiciones cálidas en el Pacífico tropical. Si un ecosistema de tan alto valor ecológico muestra esta vulnerabilidad antes de la fase más intensa de un posible evento cálido, el país debe asumirlo como una advertencia temprana y no como un hecho aislado.

En este contexto, la región del Pacífico Norte adquiere una importancia estratégica. Guanacaste constituye una de las zonas más expuestas a los efectos combinados del cambio climático y de los eventos cálidos asociados a El Niño.

A esta situación se suma otro elemento frecuentemente ignorado en el debate público: la importancia del océano como regulador climático. El Pacífico Tropical oriental, el Domo Térmico de Costa Rica y la dinámica océano-atmósfera regional influyen sobre patrones de precipitación, productividad biológica, circulación atmosférica y disponibilidad de humedad. Por ello, los incendios forestales, las sequías, la productividad marina, la agricultura y la conservación de ecosistemas no deben analizarse como temas separados, sino como expresiones conectadas de un mismo sistema climático-territorial [3].

La interacción entre océanos más cálidos, atmósferas más energizadas y ecosistemas sometidos a mayores niveles de estrés constituye uno de los grandes desafíos ambientales del siglo XXI.

Costa Rica construyó gran parte de su sistema moderno de conservación durante la segunda mitad del siglo XX. El problema es que ese sistema fue diseñado para responder a las condiciones climáticas predominantes de aquella época.

Hoy vivimos en un escenario diferente. Un escenario en el que la protección de la biodiversidad ya no puede limitarse a la delimitación de áreas protegidas. Resulta indispensable incorporar herramientas de adaptación, monitoreo, prevención y respuesta rápida frente a amenazas cada vez más complejas.

La pregunta ya no es únicamente cómo conservar nuestros ecosistemas. La pregunta es cómo asegurar que esos ecosistemas mantengan su capacidad de resistir, adaptarse y recuperarse frente a los cambios que ya están ocurriendo.

Y esa discusión apenas comienza.

  1. La conservación pasiva ya no es suficiente

Los acontecimientos recientes nos obligan a aceptar una realidad incómoda: los desafíos ambientales del siglo XXI son diferentes a los del siglo XX. Durante décadas, el principal objetivo consistió en evitar la destrucción directa de los ecosistemas. Hoy esas amenazas continúan existiendo, pero se ha incorporado una nueva dimensión del problema: la necesidad de proteger ecosistemas ya conservados frente a riesgos climáticos crecientes.

Durante décadas, el principal objetivo consistió en evitar la destrucción directa de los ecosistemas. Hoy esas amenazas continúan existiendo, pero se ha incorporado una nueva dimensión del problema.

Los ecosistemas protegidos están comenzando a enfrentar riesgos asociados a fenómenos climáticos extremos, períodos prolongados de sequía, incendios forestales de rápida propagación, cambios hidrológicos y una creciente acumulación de estrés ambiental.

En este nuevo contexto, declarar un parque nacional ya no es suficiente. La protección jurídica sigue siendo indispensable, pero debe complementarse con una capacidad operativa moderna capaz de responder a amenazas cada vez más complejas.

Costa Rica necesita evolucionar desde un modelo de conservación basado principalmente en la protección territorial hacia un modelo de conservación activa y resiliente.

El incendio de Palo Verde nos ofrece una lección clara. Miles de hectáreas fueron afectadas en cuestión de pocos días. Independientemente de cuál haya sido el detonante inicial, la velocidad de propagación demuestra que existen situaciones en las cuales la capacidad de respuesta se convierte en un factor decisivo para reducir daños ecológicos, económicos y sociales.

Por esta razón, resulta indispensable fortalecer significativamente las capacidades operativas del Sistema Nacional de Áreas de Conservación (SINAC).

Los guardaparques constituyen la primera línea de defensa de nuestros ecosistemas. Si queremos proteger adecuadamente nuestros parques nacionales durante las próximas décadas, será necesario invertir en más personal de campo, mayor capacitación técnica y mejores condiciones operativas.

Necesitamos más brigadas forestales permanentes especializadas en prevención y combate de incendios. Necesitamos equipamiento moderno y sistemas de monitoreo remoto y vigilancia satelital que permitan detectar incendios durante sus etapas iniciales.

Porque la diferencia entre un incendio de diez hectáreas y uno de cuatro mil hectáreas suele medirse en horas.

Los escenarios climáticos que comienzan a manifestarse en distintas regiones del planeta indican que algunos incendios forestales podrían superar rápidamente la capacidad de respuesta terrestre tradicional.

Por ello resulta indispensable abrir una discusión seria sobre la incorporación gradual de capacidades aéreas especializadas para el combate de incendios forestales.

Una posibilidad razonable consistiría en establecer una base estratégica permanente en Guanacaste, la región que históricamente ha mostrado mayor vulnerabilidad a sequías e incendios debido a su ubicación dentro del Corredor Seco Mesoamericano.

La incorporación gradual de helicópteros especializados para transporte de personal y combate de incendios, así como la eventual utilización de aeronaves con capacidad de descarga de agua, podría representar una herramienta estratégica para proteger ecosistemas críticos durante situaciones de emergencia. Las evidencias disponibles indican que esta necesidad dejará de ser una opción estratégica para convertirse en una prioridad nacional.

No se trata de militarizar la conservación. Se trata de modernizarla. Durante medio siglo Costa Rica aprendió a crear parques nacionales. Ahora debe aprender a defenderlos.

La conservación del futuro dependerá cada vez menos de la capacidad para dibujar límites en un mapa y cada vez más de la capacidad para gestionar riesgos, anticipar amenazas y responder con rapidez cuando los ecosistemas enfrenten situaciones críticas.

  1. Una propuesta nacional y regional para actuar antes de la próxima crisis

Si algo nos enseña el incendio de Palo Verde es que ya no basta con diagnosticar los problemas. Costa Rica necesita avanzar hacia soluciones concretas, técnicamente viables y políticamente ejecutables.

La creciente intensidad de los fenómenos climáticos extremos obliga a complementar esa estrategia con nuevas capacidades de prevención, monitoreo y respuesta.

Por ello resulta oportuno abrir una discusión nacional sobre la creación o consolidación urgente de un Sistema Estratégico Nacional de Prevención y Respuesta a Incendios Forestales, concebido como un mecanismo permanente de coordinación operativa entre el Sistema Nacional de Áreas de Conservación (SINAC), el Benemérito Cuerpo de Bomberos de Costa Rica, la Comisión Nacional de Emergencias, las universidades públicas y otras instituciones técnicas especializadas.

El objetivo no sería crear más burocracia, sino fortalecer la capacidad operativa del país para proteger ecosistemas estratégicos, cuencas hidrográficas, humedales, bosques y áreas protegidas frente a amenazas cada vez más complejas.

Una de las prioridades debería ser el establecimiento de una base estratégica permanente en Guanacaste. La ubicación de esta provincia dentro del Corredor Seco Mesoamericano, su vulnerabilidad histórica a las sequías y la creciente recurrencia de incendios forestales justifican plenamente una presencia operativa reforzada en la región.

Asimismo, Costa Rica debe valorar la incorporación gradual de capacidades aéreas especializadas para el combate de incendios forestales. Helicópteros multipropósito para transporte de personal, evacuación y descarga de agua, así como la eventual incorporación de aeronaves especializadas, deben convertirse en herramientas fundamentales para proteger ecosistemas de alto valor ecológico cuando cada hora resulta decisiva. Esta capacidad debe complementarse con brigadas terrestres bien entrenadas, monitoreo satelital, sistemas de alerta temprana y apoyo a centros de rescate y atención de fauna silvestre impactada por desastres naturales.

Naturalmente, estas medidas requieren recursos financieros. Sin embargo, la pregunta correcta no es cuánto cuesta proteger nuestro patrimonio natural. La pregunta correcta es cuánto costaría perderlo.

La biodiversidad constituye uno de los principales activos estratégicos del país. Miles de millones de dólares asociados directa o indirectamente al turismo dependen de la conservación de ecosistemas saludables, paisajes funcionales y áreas protegidas bien gestionadas. Desde una perspectiva económica, invertir en la protección activa del patrimonio natural no constituye un gasto: representa una medida de protección de activos estratégicos nacionales. Una pequeña inversión preventiva puede evitar pérdidas ecológicas y económicas mucho mayores en el futuro.

Por esta razón, el país debe explorar múltiples fuentes de financiamiento. Entre ellas destacan los fondos internacionales de adaptación climática, los mecanismos de canje de deuda por naturaleza, la cooperación internacional, los programas del Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE), el Fondo Verde para el Clima y otros instrumentos de financiamiento ambiental. También debería valorarse una línea de crédito rápida, transparente y técnicamente justificada para adquirir equipamiento inicial, fortalecer brigadas, mejorar monitoreo y establecer una base estratégica en Guanacaste.

Pero existe una dimensión adicional que no puede ignorarse. Los incendios forestales asociados a sequías y eventos extremos no son un problema exclusivamente costarricense. Constituyen un desafío regional que afecta a buena parte de Centroamérica.

Por ello resulta conveniente promover, en el marco del Sistema de Integración Centroamericana (SICA), una iniciativa regional para la prevención y combate de incendios forestales. Una plataforma compartida permitiría optimizar recursos, fortalecer capacidades técnicas y disponer de equipamiento especializado capaz de movilizarse rápidamente hacia cualquier país que enfrente una emergencia. En una región pequeña, climáticamente conectada y altamente vulnerable, la cooperación puede ser mucho más eficiente que la respuesta aislada de cada Estado.

La cooperación regional puede convertirse en una de las herramientas más eficientes para enfrentar amenazas que no reconocen fronteras políticas.

A raíz de los acontecimientos observados en Palo Verde, consideramos oportuno impulsar una propuesta legislativa orientada a fortalecer las capacidades nacionales de prevención y respuesta frente a incendios forestales, así como a promover mecanismos de cooperación regional para la protección de los ecosistemas estratégicos de Centroamérica. Como se trata de pasar de las palabras a los hechos, hemos iniciado la elaboración de una propuesta de ley en esa dirección, que estaremos haciendo llegar a la Asamblea Legislativa lo antes posible, con la esperanza de encontrar eco en diputadas y diputados comprometidos con el futuro ambiental del país.

Hacemos un llamado respetuoso a las señoras y señores diputados de la República, a las instituciones públicas, al sector académico, a las organizaciones ambientales y a la ciudadanía para que esta discusión sea abordada con la seriedad y urgencia que la situación amerita.

Cuando un incendio destruye miles de hectáreas en un sitio como Palo Verde no solamente se quema vegetación. Se afectan hábitats esenciales, corredores ecológicos, servicios ambientales, oportunidades de desarrollo y una parte del patrimonio natural que hemos heredado de generaciones anteriores.

El sentido de urgencia con que planteamos este asunto se basa en una realidad objetiva: el cambio climático ya está alterando las condiciones de funcionamiento de nuestros ecosistemas, y la posible evolución de un evento de El Niño durante los próximos meses podría intensificar la presión sobre el Pacífico Norte, el Corredor Seco Mesoamericano y otras zonas vulnerables del país. Por ello, postergar decisiones ya no es prudencia administrativa; puede convertirse en negligencia frente a una amenaza conocida.

Porque proteger la naturaleza ya no es solamente una tarea de conservación. Es una tarea de adaptación, resiliencia y responsabilidad con las generaciones futuras.

Durante décadas, Costa Rica trabajó para crear parques nacionales. La nueva misión nacional consiste en asegurar que sobrevivan.

Cuando arde Palo Verde, no solamente se quema vegetación. Se quema una parte de la memoria ecológica de Costa Rica y una advertencia que no tenemos derecho a ignorar.

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