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Desde Ginebra
La nueva era del libre comercio
El comercio ya no se entiende solo como una cuestión de eficiencia económica.
Eduardo Sperisen Yurt
16 de julio de 2026
|
00:00h
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La era del libre comercio, tal como la conocimos desde finales del siglo XX, parece haber llegado a su fin o, al menos, a una profunda transformación. Ya no domina la idea de que abrir fronteras, reducir aranceles y confiar en la interdependencia económica traerá prosperidad y estabilidad. Hoy, la geopolítica, la seguridad nacional y la resiliencia de las cadenas de suministro pesan tanto como la eficiencia comercial.
Durante décadas, el libre comercio fue presentado como una receta casi universal.
Durante décadas, el libre comercio fue presentado como una receta casi universal. Sus defensores manifestaban que la apertura de mercados impulsaría el crecimiento, bajaría los precios para los consumidores y fomentaría la cooperación entre países. En buena medida, eso ocurrió. La globalización permitió que millones de personas salieran de la pobreza, especialmente en Asia, y que las empresas produjeran bienes a menor costo aprovechando ventajas comparativas.
Sin embargo, esa historia de éxito tuvo un reverso. La deslocalización industrial golpeó a regiones enteras en países desarrollados; empleos manufactureros desaparecieron; y la desigualdad interna se profundizó. El libre comercio benefició ampliamente a consumidores y a sectores exportadores, pero no repartió sus ganancias de manera equitativa. Esa asimetría alimentó el descontento social y abrió la puerta a discursos proteccionistas.
Lo que estamos viendo hoy no es simplemente un rechazo emocional al comercio internacional, sino un cambio de paradigma. Estados Unidos, Europa y otras potencias están adoptando políticas de “relocalización”, subsidios industriales y controles sobre tecnologías sensibles. La pandemia expuso la fragilidad de depender de proveedores lejanos, la guerra en Ucrania mostró el poder político de la energía y las materias primas y la rivalidad entre Washington y Pekín convirtió el comercio en un campo de competencia estratégica.
En este contexto, el comercio ya no se entiende solo como una cuestión de eficiencia económica. Se lo piensa como un asunto de soberanía. Tener chips, medicamentos, baterías y alimentos en cadenas cercanas al mercado o aliadas se considera una ventaja de seguridad nacional. Por eso, muchas medidas que hace 20 años habrían sido vistas como un retroceso, hoy se presentan como decisiones prudentes.
Decir que el libre comercio murió por completo sería exagerado. El intercambio internacional sigue siendo esencial y ningún país puede aislarse sin pagar un precio alto. Lo que sí parece haber terminado es la fe ingenua en una globalización sin límites, basada únicamente en el mercado. El nuevo modelo será más selectivo: menos apertura indiscriminada, más acuerdos regionales, más intervención estatal y más énfasis en sectores críticos.
Esto no significa volver al autarquismo ni cerrar las economías. Significa aceptar que el comercio necesita reglas nuevas, capaces de equilibrar competitividad, justicia social y seguridad estratégica. El desafío es enorme, si los gobiernos se exceden en proteccionismo, podrían encarecer productos, frenar la innovación y desatar represalias. Pero si mantienen una apertura irrestricta, corren el riesgo de repetir los errores que alimentaron la reacción actual.
En mi opinión, sí terminó la era del libre comercio como dogma. Este no desaparecerá, pero sí la idea de que abrir mercados era siempre y en todo lugar la mejor política. El futuro apunta a una globalización más fragmentada, más politizada y más consciente de sus riesgos. La pregunta ya no es si comerciar o no, sino cómo comerciar, con quién y bajo qué condiciones. Y esa respuesta definirá la economía mundial de las próximas décadas.
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