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Ana Beatriz Fernández González
Guest
Uno de los cuentos de Diecinueve garras y un pájaro oscuro, de la escritora argentina Agustina Bazterrica, se titula Roberto. Hasta ahí todo podría ser normal. Sin embargo, Roberto es un conejo que vive en la vulva de una púber y muerde a quien intente abusar sexualmente de ella.
Bazterrica visitó en mayo el país traída por la Editorial Alfaguara, sello de origen español que pertenece a Penguin Random House desde 2014. En una estadía relámpago, la escritora argentina promocionó en San José el libro de cuentos Diecinueve garras y un pájaro oscuro (2020), donde se incluye el relato Roberto, y las novelas Cadáver exquisito (2017), reconocida con el premio Clarín y traducida a 26 idiomas, y Las indignas (2023).
UNIVERSIDAD entrevistó a Bazterrica el lunes 25 de mayo en una de las aulas del laberíntico edificio de la Facultad de Letras de la Universidad de Costa Rica (UCR), media hora antes de su participación en un conversatorio en la Sala Joaquín Gutiérrez, que se hacía por partida doble debido a la cantidad copiosa de público asistente.
Al pasar por el pasillo, estudiantes expectantes hacían una larga fila para ingresar a la actividad. El lugar colmado con un silencio atento fue el testimonio de que la literatura de Bazterrica y lo que tenía que decir es importante para el público asistente (la mayoría mujeres).
Bazterrica decidida, elocuente y clara, con su fuerte presencia y retórica directa —expresada casi en un manifiesto político y literario—, impactó a la audiencia que al final hizo de nuevo fila para obtener una firma en la página de cortesía de sus ejemplares.
A continuación un extracto de la conversación con Agustina Bazterrica.
¿Podría referirse a la ilustración que hizo su hermano en la portada del libro de cuentos Diecinueve garras y un pájaro oscuro?
—Es una antología de cuentos que escribí a lo largo de mi vida. Por ejemplo, el cuento Roberto —de la niña que tiene un conejo entre las piernas— lo escribí a los 19 años y tengo 52. Juan Cruz, mi hermano más grande, los había leído. Él es director creativo en una agencia de publicidad y en un momento le dije que iba a reeditar el libro —se había publicado en Argentina en 2016 con una editorial muy chiquitita—. En 2020, Alfaguara lo edita, y mi hermano me dice que sí. Fue muy sencillo el proceso porque es mi hermano, porque me conoce, porque me leyó. A mí me encantó la portada y a la editora también porque la ilustración es una guía iconográfica de los cuentos. Si vos lees todos los cuentos, después encontrás en los dibujos cada símbolo. Además tiene algo de magia negra, parece de macumba. Al mismo tiempo es una portada tan nítida, tan sencilla pero no. Me pareció que estaba muy bien porque era difícil pensar una portada para cuentos cuyos registros son tan diferentes y de distintas épocas, aunque obviamente tocan temas que los atraviesan a todos.
Es como un mural sobre su escritura.
—No lo había pensado, pero, sí, es verdad.
No era el título que tenía originalmente, según leí.
—El título original era “Antes del encuentro feroz”. Pensamos mucho con la editora dejar ese título, pero yo me quería separar de la primera edición. Yo le mandé unos 20 títulos a la editora que tuvieran algún tipo de hipótesis de lectura. El título que me proponían era “Cuentos feroces”, muy parecido al que tenía y no me decía nada. Todos los títulos que les mandé los rechazaban. Pasa mucho con las editoriales muy, muy, grandes que a veces vos propones un título y un mes después van a publicar un libro que tiene un título parecido al tuyo y vos no lo sabés. Cuando se me ocurrió Diecinueve garras y un pájaro oscuro, le mandé el mensaje y me dijo “no, no me gusta” y le dije “bueno, no me importa, va este título”. No hay negociación. Para mí tiene sentido porque “las 19 garras” son los cuentos que quiero que desgarren al lector, que lo atrapen, pero además tiene que ver con los animales.
El libro tiene una materialidad potente, que deja una sensación de inquietud y desasosiego, de cosas oscuras que son inminentes o que pasan realmente. La materia es la sangre, la piel, los animales, los objetos, asociada a lo latente, que en algunos casos se concreta. No sé si esto le resuena.
—Me resuena porque, de hecho, lo que yo siempre digo con este libro es que acá está el germen de todo lo que vino después. Lo que vos decís sobre la materialidad, después cuando escribo Cadáver exquisito, legitima el canibalismo, pues no hay nada más material que cuerpos siendo faenados para ser comidos. También trabajo con recursos poéticos como el cuento La lentitud del placer, que es sobre una mujer que mira un cuadro.
Bazterrica visitó en mayo el país traída por la Editorial Alfaguara, sello de origen español que pertenece a la compañía Penguin Random House desde 2014. (Foto: Editorial Alfaguara)
Es prosa poética.
—Es muy prosa poética. También ahí está el germen de lo que escribo, que en este caso es sobre la pequeña muerte, sobre el orgasmo que tiene la mujer. Hay gente que no se da cuenta, que está acostumbrada a leer la trama. Por eso les resulta un cuento hermético. Lo mismo con el cuento “Arquitectura”, en que la protagonista es una iglesia gótica; ahí yo estoy trabajando con lo intangible y si querés, con la crítica a las religiones, que es el germen de la novela Las indignas. En el libro de cuentos voy trabajando con estas obsesiones de manera comprimida y después en las novelas las extiendo, pero hasta cierto punto, porque es la misma técnica que uso para los cuentos que es la economía de recursos: decir “mucho con poco”, lo hago en las novelas también.
¿Los distintos registros tienen que ver con la época en que los escribió?
—Creo que lo esencial de este libro es que cada historia la cuento con un registro diferente, porque a mí me interesa estar diciendo cosas, connotando cosas, con el registro. No me interesa escribir las historias de la misma manera y eso se ve en las novelas, lo que pasa es que no tengo tantas novelas escritas todavía. Cadáver exquisito está escrita con una prosa totalmente quirúrgica, son frases cortas porque yo quiero ir pegándole al lector con las palabras. Las indignas está escrita con una prosa poética porque yo quiero ir envolviendo al lector con las palabras. La novela que terminé este año es una distopía que se va a publicar el año que viene, y que lleva todo el lunfardo, los insultos, de Argentina, lo cual la hace muy diferente a las otras dos. Eso pasa en los cuentos. Por ejemplo, el cuento “Lavavajillas”. En Argentina nunca dirían lavavajillas, dirían lavaplatos, lo cual hace que para un argentino, el registro sea completamente artificial, porque parece escrito en inglés y traducido al español neutro. Yo lo escribí así a propósito porque la protagonista está atravesada por todos los mandatos artificiales de la sociedad: si sos mujer tenés que tener hijos, tener pareja. Entonces, el artificio también está en el registro. El cuento “Infierno”, sobre tres ancianas que torturan a un pájaro, está escrito con un registro completamente barroco, extremadamente artificial. Es adrede porque yo quiero que el infierno también esté en las palabras.
Dijo la palabra “quirúrgico” —de hecho, mientras leía lo anoté al margen del texto porque fue lo que sentí a lo largo del libro—. Son frases cortas, una construcción con una musicalidad como de staccato, muy técnica, que crea una distancia. A mí como lectora me provocó nunca estar completamente subyugada al relato.
—Todo lo escribo como experimento, es una gran búsqueda que puede fallar o no, porque a la distancia con los años hay cuentos de ese volumen que sacaría, que los reescribiría. Me parece que también está bueno ver el camino de un escritor. Por ejemplo, mi primera novela, Matar a la niña, yo no la reedité porque me da vergüenza, me parece una mala novela. A pesar de que cada tanto vienen lectores y me dicen que la leyeron y que les pareció buenísima.
Trabaja con el objeto vivo y su retórica es muchas veces sinestésica.
—Eso lo profundizo en La indignas. Lo trabajo así porque me parece que además de materialidad, somos energía, hasta las piedras están vivas. Lo que tiene el arte y la literatura en particular es la mirada, es en dónde posas la mirada, qué vas a decir y qué no vas a decir. Me interesaba que algunos personajes posaran la mirada en un objeto que quizás otra persona no, por ejemplo, un cenicero, y depositaran ahí toda su frustración y su vacío, porque el personaje es una persona, por un lado muy exitosa y completa, y por otro lado todo el sistema le está diciendo que no lo es y que no puede escapar de ese sistema hasta el final, que para mí sí lo hace.
No le tuvo miedo a las resoluciones trágicas.
—Sí, quizás mi crítica con el libro es que muchos de los cuentos tienen ese golpe al final, y que a veces los finales los podría haber trabajado de otra manera; pero en ese momento era parte de mi búsqueda.
Hay una tradición del cuento argentino, muy importante…
—…pasando por Borges, para abajo.
También en este momento hay muchas mujeres que están escribiendo, no solo en Argentina, sino a nivel mundial.
—Sí, de cómo piensa la otra mitad del mundo.
No nos dejaban decirnos.
—Mujeres, minorías, disidencias, o sea, lo que no es el canon: hombre blanco, heterosexual, occidental. Ese es el canon. Hay una necesidad de leer cómo piensa la otra mitad del mundo. Creo que lo que cambió a lo largo de los años, a pesar de que en el siglo XX hubo muchas mujeres escribiendo, es que ahora hay un público, lectores, dispuestos a leer mujeres. Todavía, sin embargo, hay resistencias porque a mí me cuentan libreros amigos que hay varones que agarran libros y si los escribieron mujeres, los dejan. Todavía pasa eso, aunque cada vez menos.
—Algunos solo leen a mujeres. A mí me interesa leer todo, pero entiendo que haya gente que solamente quiere leer mujeres. Me parece que hay gente escribiendo en general muy bien, no importa el género, pero la mayor cantidad de libros que me interesan, no solo por temáticas, sino por cómo están escritos, son de mujeres.
¿Hay una predilección por el cuento de terror en Argentina? Pienso en Mariana Enríquez.
—Hay que pensar que el cuento argentino considerado inaugural es “El matadero” de Esteban Echeverría, que
¿Ustedes como escritoras se sienten un movimiento literario?
En una visita corta, la escritora argentina promocionó en San José el libro de cuentos Diecinueve garras y un pájaro oscuro (2020) y las novelas Cadáver exquisito (2017), reconocida con el premio Clarín y traducida a 26 idiomas, y Las indignas (2023).
—Hay gente que califica lo que ocurre actualmente como el “boom”. Yo no lo califico de esa manera, porque el boom fue un club de varones y estaban aunados por Carmen Valcés, una mujer de su época y machista, que dejó afuera a un montón de mujeres escritoras. Acá nadie nos junta. Somos mujeres, estamos escribiendo algunas hace un montón de tiempo, otras hace menos. Somos de distintos países con distintas realidades y cada una va haciendo su camino. Yo creo que hay una cierta comunidad porque yo a Enriquez la conozco, a Schweblin, conozco a Monija Ojeda, a María Fernanda Ampuero, a Pilar Quintana y a un montón más, y se dan colaboraciones que quizás no se tendrían por qué dar. Schweblin me escribió un blurb (sinopsis, nota publicitaria, reseña ) —que son las frasecitas chiquititas para un libro—, yo más tarde le escribí un blurb a ella para El buen mal, le escribí un blurb a Leila Guerriero, que no escribe ficción. Eso es una manera de apoyar a mis colegas, pero también le he escrito un blurb a Tomás Downey, que es un cuentista argentino excelente y que admiro como escribe.
Usted hace un retrato de la violencia en distintos grados. En su caso, ¿siente que su imaginario literario tiene el sustrato de la violencia histórica argentina?
—La violencia es parte de la condición humana. Lo que pasa es que vamos avanzando en el sentido de que, por ejemplo, ahora la esclavitud es ilegal, aunque en algunos países hay esclavitud moderna, ilegal. La trata de personas es ilegal y, sin embargo, es el tercer negocio más rentable del mundo. Las mujeres podemos votar y, sin embargo, hay países donde ya no pueden votar como en Afganistán. Entonces para mí la historia es como pendular y hay retrocesos y resistencias. Depende de la historia de cada país, porque no vamos todos al mismo ritmo. Pero, además, soy una mujer latinoamericana y estoy atravesada por un montón más de violencias, a pesar de que soy superprivilegiada. Yo soy muy consciente de que me puede pasar cualquier cosa en cualquier lugar y al día siguiente va a haber un titular que va a decir: tenía la enagua muy corta.
Y eso lo vuelca en sus historias.
—Sin querer caer en el panfleto ni feminista, ni vegano, ni nada. Pero sí está ahí. Inclusive he trabajado de manera inconsciente porque hay cosas que cuando trabajo con mi obra no estoy pensando milimétricamente: ahora estoy criticando el capitalismo, ahora el patriarcado. Después, cuando me hacen las entrevistas, ahí puedo pensar por qué lo escribí. Y obviamente está filtrado por todo lo que leí, todo lo que pienso, lo que me atraviesa, lo que me duele e interpela.
Para cerrar el círculo y dejarla ir porque la esperan, cuando dice: “soy muy técnica”, ¿se está refiriendo a la construcción del lenguaje?
—Del lenguaje, del universo sensorial, de los silencios, del ritmo, del sonido, de un montón de cuestiones. No es solamente la trama para mí. Pero también soy intuitiva y también soy visceral. No es que soy fría en la escritura en sí. Si soy fría es porque estoy buscando algo con esa frialdad. ¿Se entiende? Por ejemplo, la nueva novela parece muy caótica porque vos estás leyendo lo que piensa un personaje y uno no piensa de manera editada, con subtítulos y explicaciones. Pensamos un poco caótico. Esa novela, por ejemplo, es mucho más caliente que Cadáver exquisito, pero porque estoy buscando otra cosa.
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