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Manuel Bermúdez
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Este martes 24 de febrero se cumplieron cuatro años de la invasión rusa a Ucrania y con ella el inicia de un cruento conflicto fratricida entre dos pueblos hermanos que, gracias a los esfuerzos denodados de los líderes occidentales, parece que se extenderá en una guerra de desgaste donde Europa seguirá poniendo el dinero, que no tiene, mientras Rusia y Ucrania, los muertos que no debieran.
En tanto se sostienen conversaciones entre delegaciones de ambos bandos, auspiciadas por el gobierno del presidente estadunidense Donald Trump, Rusia consolida los territorios ocupados, que son casi un 20% del total de Ucrania, mientras esta última intenta sostenerse en el frente de Donetsk para evitar un aluvión que los conduzca a una aplastante derrota.
A mediados de febrero de 2024, Rusia ocupaba el 19,5% de Ucrania, incluida Crimea y las zonas que los separatistas respaldados por Moscú habían tomado antes de la invasión de 2022.
Guerra de desgaste
Tras varias rondas de negociaciones en Ginebra, Suiza, realizadas el fin de semana pasado, todos los temas por discutir están definidos, no así la disposición de las partes para una acción determinada.
“Los objetivos aún no se han alcanzado plenamente, por lo que la operación militar continúa”, afirmó el portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, a los periodistas en respuesta a una pregunta de la Agence France-Presse (AFP). Poco antes el presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, dijo que su par Vladimir Putin no ha logrado su objetivo de apoderarse de Ucrania.
La amistad declarada por el presidente chino Xi Jinping a su homólogo ruso Vladimir Putin meses antes de la invasión a Ucrania debió ser mejor valorada por la inteligencia militar de las potencias occidentales que patrocinaban a Ucrania.
Peskov afirmó, no obstante, que “muchos” de los objetivos del Kremlin en Ucrania se han cumplido, y precisó que “el objetivo principal” de Moscú es garantizar “la seguridad de las personas” que viven en el este de Ucrania.
Las fuerzas ucranianas lograron recientemente sus avances más rápidos en dos años y medio. Recuperaron 201 kilómetros cuadrados (km2) la semana pasada, según un análisis de la AFP de los datos del Instituto para el Estudio de la Guerra.
“No pueden decir que estamos perdiendo la guerra. Honestamente, en absoluto la estamos perdiendo, definitivamente. La pregunta es si la ganaremos. Sí, esa es la pregunta, pero es una pregunta muy costosa”, dijo el presidente ucraniano Volodimir Zelenski en una entrevista exclusiva con AFP esta semana.
La guerra que no debió ser
Ya en 2007, en su discurso en la Conferencia de Seguridad de Múnich, Putin advirtió sobre la expansión de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte) hacia el este como una amenaza a la seguridad rusa.
La respuesta del organismo fue ignorar la advertencia y en el Punto 23 del acuerdo de Cumbre de Bucarest de la OTAN, de abril 2008, “acoge con satisfacción las aspiraciones euroatlánticas de Ucrania y Georgia para la membresía en la OTAN. Hoy acordamos que estos países se convertirán en miembros de la OTAN”.
En agosto de ese año empieza la guerra Rusia-Georgia, cuando el gobierno georgiano de Mijaíl Saakashvili ordenó bombardear las repúblicas de Osetia del Sur y Abjasia (que se independizaron de Georgia en 1992).
La ruptura del apoyo de EE. UU. sentenció el final de la guerra en Ucrania, desde hace un año.
Saakashvili, de origen ucraniano, ascendió al poder en Georgia tras la llamada Revolución de las Rosas de 2004, que obligó a renunciar a Eduard Shevardnadze, quien había sido el último ministro de exteriores soviético (1985-1990).
Rápidamente, Saakashvili recibe el apoyo de la OTAN. Pese a ello, su gobierno autoritario y su estilo político personalizado no son muy bien acogidos por Washington, donde lo consideran “volátil”.
En Rusia asume como presidente Dimitry Medvedev y, luego de una guerra intensa pero breve, Georgia es derrotada y se sostiene la independencia de la repúblicas de Osetia del Sur y Abjasia. En 2014, en Ucrania, una escena muy similar se repetiría.
Las protestas en la calles contra el gobierno de Víctor Yanukovich terminan con represiones y la caída del gobierno cercano a Rusia.
La península de Crimea no reconoce el gobierno de Kiev establecido tras el golpe y, mediante un plebiscito, decide unirse a la Federación Rusa. Mientras los óblast de Lugansk y Donetsk en el Donbás, tampoco reconocen el gobierno de facto y reclaman su independencia, declarándose repúblicas populares.
Tras un proceso electoral, cuyo resultado tampoco reconocen las dos nueva repúblicas populares, la idea de que Ucrania forme parte de la OTAN se vuelve a esgrimir y Vladimir Putin, quien ha vuelto al poder en Moscú, advierte que tal decisión significaría una amenaza para su seguridad territorial, como lo había señalado en Múnich en 2007.
El Gobierno ucraniano inicia los bombardeos y ataques contra las regiones autonomistas del Donbás, que reciben apoyo de Rusia, dado que la mayoría de su población es de origen ruso.
El nuevo gobierno prooccidental y antirruso de Kiev promulga una serie de legislaciones que las regiones del Donbás no están dispuestas a acatar por considerarlas discriminatorias y contra sus tradiciones, incluida el habla de la lengua rusa.
La trampa de Minsk II
El exsecretario general adjunto de la ONU, Stephen John Stedman, explicaba lo que denominó la “teoría de los saboteadores” que intervienen en la búsqueda de la resolución de conflictos o alcance de acuerdos de paz.
“La mayor fuente de riesgo proviene de los saboteadores: líderes y partes que creen que la paz que surge de las negociaciones amenaza su poder, visión del mundo e intereses, y usan la violencia para socavar los intentos de lograrla”, explica Stedman.
Según él, los tratados de paz son difíciles de asegurar debido a la desconfianza mutua y al temor de que un tratado ponga a uno en desventaja, especialmente si otros actores no se adhieren a él, señala el analista John Dale Grover en un estudio sobre los acuerdos incumplidos de Minsk II.
El entonces primer ministro de Reino Unido, Boris Johnson, impidió que Zelenski aceptara un acuerdo alcanzado en Estambul a pocas semanas de iniciado el conflicto.
En 2015, en el formato del llamado Cuarteto de Normandía (Rusia, Ucrania, Alemania y Francia) se llega a los acuerdos de Minsk II como una forma de buscar detener el conflicto bélico en el Donbás y previendo que no escalara a algo similar a lo ocurrido en Georgia.
Los acuerdos contemplaban el reconocimiento de Donetsk y Lugansk como autónomos y pasarían a una negociación con Kiev respecto de su estatus, mientras se retirarían de la zona todas las fuerzas armadas.
Pero los acuerdos nunca llegaron a consolidarse y respetarse, por lo que la región entró en una guerra cruenta durante los siguientes años.
Volodimir Zelenski llega al poder en Kiev en 2019 y endurece la línea respecto a la guerra en el Donbás. Trump, aún en el poder en su primer mandato, continúa su apoyo y le otorga armamento para que se fortalezca frente a Rusia.
Esa lógica es la misma que reconocerían años después la excanciller alemana Angela Merkel y el expresidente francés Francois Hollande, ambos negociadores y garantes de los acuerdos de Minsk II, haber utilizado como una manera de ganar tiempo mientras Ucrania se fortalecía. Desde el principio, los líderes de las potencias occidentales buscaban la confrontación.
La invasión rusa
El 24 de febrero de 2022, esa situación dio un giro dramático con la invasión de las tropas rusas a Ucrania en la denominada “operación militar especial”.
Las condiciones rusas más puntuales, según dijo Putin entonces, eran la neutralidad consagrada de Ucrania, su compromiso garantizado de no integrarse a la OTAN, el reconocimiento de la independencia de Donetsk y Lugansk y de la anexión de Crimea a la Federación Rusa, ocurrida mediante un referendo en 2014, tras el golpe en Kiev.
Hoy, tras millones de muertos en ambos bandos, cientos de miles de millones de dólares consumidos en la guerra, destrozos del segundo país más grande de Europa y uno de los más ricos, no queda más que el triste recuerdo de una guerra cruenta entre dos naciones hermanas, una guerra evitable que nunca debió haber ocurrido.
El presidente ucraniano insistió este martes 24 de febrero, al cumplirse cuatro años de la invasión de Rusia, que su oponente no ha ganado la guerra.
A lo largo de cuatro años las potencias occidentales han sostenido una guerra de desgaste, pero se trata de una guerra “proxi” o de representación. Como dice la canción de Serrat: “pero, para no ensuciar, van a cagar a casa de otra gente”.
Putin advirtió, desde meses antes, que la ruptura de sus líneas rojas de seguridad lo impulsarían a una acción militar, pero la respuesta de Occidente fue la misma: Ucrania tiene derecho a ingresar en la OTAN.
Rusia concentra unos 100.000 soldados y equipo bélico en las fronteras de ese país con Ucrania, a fines de 2021 y enero 2022 mientras pedía que se respetaran los acuerdos de Minsk II.
El entonces presidente de EE. UU., Joe Biden, y la OTAN, que venían de la vergonzosa retirada en derrota tras 20 años en Afganistán, desoían las advertencias y cerraban la puerta a la diplomacia. La opción de la guerra estaba tomada, pero la pelearían los ucranianos en su territorio, mientras ellos asfixiaban la economía rusa con una batería de sanciones nunca vista y una campaña de desinformación internacional hasta “convertir en un paria” a Rusia.
El ejército ruso realizó una invasión contundente y veloz, incluso llegó a rodear la capital, Kiev. Pero lo consideró una medida de presión para negociar, no un intento de ocupación.
Pocas semanas después ambos países fueron a una negociación en Estambul, Turquía, donde se discutieron los motivos de seguridad de las partes con miras a un acuerdo basado en los de Minsk II.
Sabotear la paz y agitar la guerra
En un reportaje del diario británico The Guardian se explica que el medio Ukrainska Pravda, de Kiev, en mayo de 2022 informó que los negociadores ucranianos y rusos habían acordado un posible amplio acuerdo tras una reunión en Estambul a finales de marzo. Una semana después, Boris Johnson llegó con un mensaje de que “Putin es un criminal de guerra, necesita ser presionado, no negociar con él”, según una de las fuentes del medio.
David Arakhamia, miembro del propio equipo negociador de Zelenski en Estambul, pareció dar credibilidad a la idea. “Cuando regresamos de Estambul, Boris Johnson vino a Kiev y dijo que no firmaríamos nada con ellos y que simplemente lucharíamos”, dijo en una entrevista de noviembre de 2023, agrega The Guardian.
En septiembre de 2022, se celebraron referendos en las repúblicas populares de Donetsk y Lugansk y las regiones de Zaporiyia y Jersón sobre la adhesión de estos territorios a Rusia, la cual se consolidó tras la aprobación mayoritaria de sus pobladores.
A lo largo de los cuatro años de guerra se han realizado varios intentos de negociación para poner fin al conflicto, pero, pese a lo evidente en el campo de batalla, los patrocinadores occidentales de Ucrania han querido sostener el combate.
No obstante, el momento más definitorio se dio hace un año con el regreso al poder de Donald Trump quien había dicho en campaña que si el fuera presidente acabaría con esa guerra en 24 horas.
El nuevo presidente estadounidense cambió radicalmente la postura del principal patrocinador de Kiev y se desmarcó de sus antiguos socios europeos, a los que ninguneó y sacó de las negociaciones de una paz eventual.
La Unión Europea (UE) y la Coalición de Voluntarios que lideran el francés Emmanuel Macron, el alemán Friedrich Mertz y el británico Keir Starmer aseguran que la guerra seguirá, mientras Zelenski les reprocha que es por ellos que la guerra no se ha ganado.
En un gesto de escaso efecto Urusula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea y Antonio Costa, presidente del Consejo Europeo visitaron Kiev, el martes.
Los 90 mil millones de euros que acordó la UE en diciembre para sostener la guerra de desgaste tampoco parecen tener prisa. Detenido por Hungría y Eslovaquia, quienes reclaman a Kiev haberles bloqueado el oleoducto Druzhba mediante el cual aún se abastecen de combustible ruso.
El primer ministro húngaro, Viktor Orbán, bloqueó la adopción del 20.º paquete de sanciones de la Unión Europea a Rusia mientras no se reanuden los suministros de petróleo través del oleoducto Druzhba y aseguró que también bloquearía la adopción del préstamo de 90.000 millones de euros (más de $100.000 millones) a favor de continuar la guerra Ucrania, decidido en diciembre.
Diezmada, destruida y sangrante, Ucrania padece en una lucha fratricida que ha costado cientos de miles de muertos. Los dos países más grandes de Europa se enfrascaron en una guerra evitable que trajo la destrucción a dos economías emergentes mientras sus vecinos occidentales marchaban a la decadencia.
“El costo de la reconstrucción sigue aumentando y se estima ahora en $587.700 millones a diez años, el equivalente a tres veces el PIB ucraniano previsto para 2025”, señala el reporte del Banco Mundial, la Unión Europea y Naciones Unidas, que cubre los 46 meses entre el inicio de la invasión en febrero de 2022 y diciembre de 2025.
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