La foto que no toleran los intolerantes y a mí me encanta

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Laura Martínez Quesada

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Publiqué en FB ,una foto que me encanta porque cumple las expectativas de mis sueños —utópicos, dicen algunos— de UNIDAD NACIONAL.

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Un colega que coincide muy poco con lo que publico y que suele escribir en contra de lo que escribo en el muro que me presta Mark, me preguntaba sobre esa foto que lo único que hacía «amigos» a los líderes políticos de esa foto era la oposición al Ministro de Hacienda. Es probable que así sea. Realmente desconozco los afectos entre ellos.

A las personas suelen unirnos la vecindad, la escuela, el deporte, la salud, las creencias, los valores, la profesión, los centros de entretenimiento, la recreación, la religión que practicamos, una tragedia, el dolor, la compasión. Nuestra vida está llena de encuentros y distancias… de circunstancia.

Y esta circunstancia que vive Costa Rica, la amenaza real del autoritarismo de «tomar el poder judicial» —último bastión independiente— de nuestra institucionalidad, despertó todas las alarmas de los demócratas que permanecíamos solo como observadores de la pesadilla.

En la convocatoria, en un acto público y solemne, un ministro de Estado toma el micrófono para preguntar al público reunido si le tienen miedo a una dictadura.

La respuesta es escalofriante. Sin embargo, atreverse a hacer la pregunta evidencia ya no la intención solapada, sino el deseo expreso de garantizar que, desde su discurso, su mano construye el camino hacia la dictadura.

Esa brevedad, que no fue un lapsus ni se justifica diciendo que se pasó de vino de coyol… esa pregunta sin pudor alguno, evidenció que el riesgo y el temor eran reales. Es real !

No es la Presidenta, que a veces parece ingenua, sino su mecenas político quien busca desesperadamente convertirse en dictador. Cambiar la Constitución. ¡Por eso quería 40 diputados!

¿O cree usted que era solo por un tema de ego, o por una razón más altruista como hacer una reforma que favoreciera a los sectores más vulnerables: agro, niñez, adultos mayores, personas con capacidades especiales, habitantes de nuestras costas, emprendedores? No. Su intención es permanecer en el poder por más de los ocho años que ya disfruta. No creo que haya un costarricense medianamente inteligente que no sepa quién gobierna.

Ante esa realidad palpable y evidente, desde la advertencia de que van «por el Poder Judicial», el ataque sistemático y permanente a magistrados, al Fiscal General, al Director del OIJ, el recorte al presupuesto del OIJ, y los ataques personales al Presidente de la Corte Suprema de Justicia, a la Presidenta de la Sala Tercera y a la Presidenta del TSE, hizo que se juntaran actores políticos que en el pasado no muy lejano era imposible que coincidieran. Ni Villalta, quizá el más ortodoxo de los líderes de izquierda —muy Otón—, se habría juntado con Gordienko, ni Ramírez lo habría hecho con Dobles. Hoy es posible, porque el peligro mayor es real.

Dejan atrás diferencias de estilos, lenguajes e ideologías —si es que aún las practican— para juntarse y defender un principio superior: ¡La Democracia! ¿Habrá desacuerdos? Sí, seguramente muchos, como cuando se separan socios comerciales o parejas, incluso de sus hijos; como cambiar de carrera o de empleo; como cambia el color de nuestro cabello o la piel. Todo está en permanente cambio. «Cambia todo cambia, cambia todo cambia. Que yo cambie no es extraño.» — Mercedes Sosa, Todo Cambia, 1984. Nota: Letra de Julio Numhauser. Mercedes Sosa la popularizó en su disco ¿Será posible el sur? 1984.

Hace un año, el plantón del viernes NUNCA se habría logrado. ¡Nunca! Hoy, la desfachatez del autoritario aspirante a gobernante totalitario dejó caer su máscara en Nicoya y el pueblo entendió el brutal mensaje. Esas figuras: Villalta, Gordienko, Hidalgo, Dobles, Robles y Ramos, abrazados allá arriba en el atrio del templo de la democracia costarricense, son la réplica de lo que ocurría abajo, en la Plaza de la Democracia. La misma energía, la misma calidez.

«Tenemos que aprender a convivir con personas con las que no estamos de acuerdo, porque la alternativa es la destrucción mutua.» — Yuval Noah Harari, 21 lecciones para el siglo XXI, 2018, Lección 19. Nota: Harari lo plantea en el capítulo «Nacionalismo» al hablar de cómo las democracias sobreviven cuando los distintos se unen por bienes comunes.

Así de sencillo se explica ese abrazo que nos unió a todas y a todos. Se abrazaron ellos para abrazarnos a todos. En Ciudad Neily, en Osa, en PZ, en Cartago, en Heredia, en San Ramón, en Palmares, en San Carlos, en Liberia, en Santa Cruz, en Guápiles. Y aquí, en la Plaza de la Democracia.

Y aquí está nuestra respuesta: No están solos, magistrados, fiscales, Policía Judicial, Defensa Pública: ¡NO están solos! Nosotros no vamos a entregar la herencia de nuestras ancestras y ancestros. No ocurrirá. Costa Rica puede contar con nosotros. Usted, yo, el vecino, el estudiante, el campesino, la maestra, el ama de casa, la obrera de fábrica o el muchacho del call center, los artistas, influenciadores, músicos o adolescentes, el comerciante: todos cabemos en la foto… hasta usted, empresario amenazado. Fue el inicio del fin del miedo. Creemos en una democracia que se discute en voz alta y que se protege en la calle.

Puede que pensemos distinto, que votemos distinto, que soñemos distinto. Pero hoy nos une algo más grande: Costa Rica. La esperanza no es ingenua. Es terca. Es el pueblo costarricense diciéndose a sí mismo que ningún poder, ni un partido político, ningún aspirante a dictador está por encima de la Ley. Que ningún nombre, no importa cuánto grite, descalifique o poder crea tener, está por encima del pueblo.

Se escuchan las voces que repiten: aquí hay democracia. Y la vamos a cuidar entre todos. Que respetamos el imperio de la Ley, la independencia de los jueces y la administración de justicia. Que no renunciaremos nunca a abrazarnos bajo «el límpido azul de tu cielo», ni bajo tu azul, blanco, rojo, blanco y azul, que nos cobija amorosamente como la Madre Patria que sos, amada Costa Rica.

«Las leyes son las que hacen libres a los ciudadanos.» — Cicerón, De Legibus, Libro I.

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