La excelencia que transforma

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Javier Córdoba

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El reciente ascenso de la Universidad de Costa Rica del puesto 499 al 463 en el QS World University Rankings constituye mucho más que una noticia positiva para la comunidad universitaria. Se trata de un reconocimiento internacional que invita a una reflexión más profunda sobre el papel que desempeña la educación superior pública en la construcción del desarrollo, la movilidad social y el bienestar colectivo.

En momentos en que la contribución de las universidades públicas al desarrollo nacional es objeto de cuestionamientos, en que el financiamiento destinado a la educación superior enfrenta presiones constantes y en que no han faltado voces desde distintos ámbitos que procuran desacreditar el quehacer universitario, resultados como este adquieren un significado que trasciende la mera estadística. No porque los rankings constituyan una medida absoluta de la calidad universitaria, sino porque reflejan, desde una perspectiva comparada y rigurosa, la capacidad de una institución para mantener estándares de excelencia en investigación, docencia, innovación, colaboración internacional e impacto científico, aun en contextos particularmente adversos.

Conviene dimensionar adecuadamente este resultado. La clasificación QS evaluó a 8.808 universidades alrededor del mundo y únicamente un grupo reducido logra formar parte de ella. Que una universidad pública costarricense se ubique entre las mejores del planeta constituye una demostración tangible de que la excelencia académica puede florecer incluso en contextos marcados por restricciones presupuestarias y desafíos estructurales. Más aún, confirma que la inversión sostenida en educación superior continúa siendo una de las decisiones más inteligentes que una sociedad puede adoptar para fortalecer su futuro.

Sin embargo, el verdadero significado de este reconocimiento no se encuentra únicamente en la posición alcanzada. Su relevancia radica en aquello que la hizo posible.

Detrás de este resultado existe una universidad que desarrolla más de 1.800 proyectos de investigación activos, que genera conocimiento útil para la toma de decisiones públicas, que contribuye al fortalecimiento del sistema nacional de salud, que analiza la calidad de los alimentos y del agua que consumimos, que estudia la infraestructura vial del país y que impulsa soluciones para sectores productivos y comunidades en todo el territorio nacional.

Existe también una institución que desarrolla centenares de iniciativas de acción social y que moviliza anualmente más de un millón de horas de Trabajo Comunal Universitario. Una universidad que lleva conocimiento, acompañamiento técnico y oportunidades de desarrollo a comunidades urbanas, rurales y costeras, muchas veces lejos de los focos mediáticos, pero cerca de las necesidades reales de la población.

A ello se suma uno de sus aportes más significativos: la generación de movilidad social. Más de 150.000 personas graduadas dan cuenta de una institución que ha transformado vidas, ampliado oportunidades y contribuido a la construcción de una sociedad más equitativa. No es casualidad que la mayoría de su estudiantado provenga de colegios públicos y que una parte significativa proceda de regiones fuera de la Gran Área Metropolitana. Tampoco es casualidad que mantenga uno de los sistemas de becas más robustos de la región. La excelencia universitaria carecería de sentido si no estuviera acompañada por la inclusión y la equidad.

Los resultados que hoy observamos son, en consecuencia, el producto de una construcción colectiva. Son fruto del trabajo cotidiano de docentes, personal administrativo, personas investigadoras, estudiantes y comunidades que creen en el valor transformador del conocimiento. También son resultado de una convicción institucional que trasciende coyunturas y administraciones: la obligación permanente de proteger, fortalecer y proyectar hacia el futuro una de las instituciones más valiosas de la democracia costarricense.

Quienes asumimos responsabilidades de dirección universitaria realizamos, al inicio de nuestras funciones, un juramento que no constituye una mera formalidad protocolaria. Es un compromiso ético con la defensa de la institución, con el fortalecimiento de sus capacidades y con la promoción de condiciones que permitan a la Universidad cumplir su misión histórica.

Por ello, el ascenso en el QS World University Rankings debe interpretarse como una evidencia de que la Universidad de Costa Rica avanza en la dirección correcta. No porque un indicador internacional lo determine, sino porque ese reconocimiento refleja una institución que investiga, innova, forma profesionales de excelencia, acompaña comunidades y genera oportunidades para miles de personas.

Las instituciones públicas no se defienden mediante discursos, sino mediante resultados. Y cuando esos resultados son reconocidos internacionalmente y, al mismo tiempo, generan oportunidades, conocimiento y bienestar para la sociedad, se reafirma la vigencia de una convicción fundamental: fortalecer la universidad pública es fortalecer el futuro de Costa Rica.

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