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Pablo Deheza
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Por primera vez en décadas, las grandes tecnológicas miran hacia arriba en lugar de hacia adentro. Algo que hasta hace dos años parecía ciencia ficción, llevar centros de datos al espacio, se transformó en una negociación concreta entre Google y SpaceX. Ambas empresas están tramitando ante la Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos por hasta un millón de satélites.
Además, hay rondas de inversión millonarias para startups que aspiran a procesar tokens de inteligencia artificial desde la órbita. La pregunta ya no es si ocurrirá, sino quién dominará lo que muchos ejecutivos describen como la próxima frontera de la infraestructura digital.
El motor detrás de esta carrera es la electricidad. El consumo global de los centros de datos casi se duplicará hasta cerca de 1.000 teravatios-hora a fines de esta década, según la Agencia Internacional de Energía. En Estados Unidos, los centros de datos pasaron de consumir el 4% de la electricidad nacional en 2023 a proyectarse en el 12% para 2028. A eso se suma el rechazo creciente en comunidades rurales por el uso de agua, el ruido y la presión sobre la red eléctrica.
Sundar Pichai, CEO de Google, resumió la lógica del giro hacia arriba en una reciente entrevista con Fortune. «Uno de nuestros objetivos más ambiciosos es preguntarnos cómo podemos algún día tener centros de datos en el espacio. Queremos aprovechar mejor la energía del sol, que es 100 billones de veces más energía que la que producimos hoy en toda la Tierra», dijo.
Los proyectos ya tienen nombre, cronograma y presupuesto. Google avanza con Project Suncatcher, una constelación planificada de 81 satélites equipados con sus chips Trillium TPU, en alianza con la firma de imágenes Planet. Los dos primeros prototipos están previstos para inicios de 2027.
«Los centros de datos orbitales son una idea cuyo momento ha llegado», escribió Will Marshall, CEO de Planet.
Nvidia, por su parte, ya anunció en marzo el módulo Space-1 Vera Rubin para infraestructura orbital. Su CEO Jensen Huang lo definió en términos cinematográficos. «La computación espacial, la frontera final, ha llegado», afirmó.
El movimiento más significativo se conoció esta semana, cuando The Wall Street Journal reveló que Google y SpaceX mantienen conversaciones avanzadas para lanzar conjuntamente los prototipos orbitales del proyecto Suncatcher. La operación es enorme incluso para los estándares de Silicon Valley. Google ya posee el 6,1% de SpaceX desde su inversión de $us 900 millones en 2015. El momento coincide con la inminente salida a bolsa de la empresa de Elon Musk, valuada entre $us 1,75 billones y 2 billones. Los centros de datos orbitales se convirtieron en una pieza central del discursos para atraer inversores. Pero los ingenieros piden mesura. Brandon Lucia, profesor de Ingeniería Eléctrica y de Computación en Carnegie Mellon, calificó las proyecciones de Musk —que prometen IA espacial competitiva en dos o tres años— como «una interpretación optimista». Las limitaciones técnicas son reales: la disipación de calor en el vacío exige radiadores gigantes, la radiación degrada los chips y el mantenimiento físico es prácticamente imposible.
El telón de fondo es una competencia mucho más amplia por la órbita terrestre baja (LEO, por su sigla en inglés). Ocupan un cinturón entre los 500 y los 2.000 kilómetros sobre la superficie, cuyo mercado se estima que crezca hasta unos $us 108.000 millones en 2035. Starlink, con más de 7.600 satélites, lleva la delantera, pero Amazon planea desplegar 700 unidades de Project Kuiper antes de mediados de 2026, OneWeb crece a tasas del 60% interanual y Blue Origin presentó su constelación TeraWave de 5.408 satélites. La órbita baja ofrece latencias de 20 a 30 milisegundos contra los 600 de los satélites geoestacionarios.
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Además, hay rondas de inversión millonarias para startups que aspiran a procesar tokens de inteligencia artificial desde la órbita. La pregunta ya no es si ocurrirá, sino quién dominará lo que muchos ejecutivos describen como la próxima frontera de la infraestructura digital.
La próxima frontera
El motor detrás de esta carrera es la electricidad. El consumo global de los centros de datos casi se duplicará hasta cerca de 1.000 teravatios-hora a fines de esta década, según la Agencia Internacional de Energía. En Estados Unidos, los centros de datos pasaron de consumir el 4% de la electricidad nacional en 2023 a proyectarse en el 12% para 2028. A eso se suma el rechazo creciente en comunidades rurales por el uso de agua, el ruido y la presión sobre la red eléctrica.
Sundar Pichai, CEO de Google, resumió la lógica del giro hacia arriba en una reciente entrevista con Fortune. «Uno de nuestros objetivos más ambiciosos es preguntarnos cómo podemos algún día tener centros de datos en el espacio. Queremos aprovechar mejor la energía del sol, que es 100 billones de veces más energía que la que producimos hoy en toda la Tierra», dijo.
Los proyectos ya tienen nombre, cronograma y presupuesto. Google avanza con Project Suncatcher, una constelación planificada de 81 satélites equipados con sus chips Trillium TPU, en alianza con la firma de imágenes Planet. Los dos primeros prototipos están previstos para inicios de 2027.
«Los centros de datos orbitales son una idea cuyo momento ha llegado», escribió Will Marshall, CEO de Planet.
Nvidia, por su parte, ya anunció en marzo el módulo Space-1 Vera Rubin para infraestructura orbital. Su CEO Jensen Huang lo definió en términos cinematográficos. «La computación espacial, la frontera final, ha llegado», afirmó.
SpaceX y Google
El movimiento más significativo se conoció esta semana, cuando The Wall Street Journal reveló que Google y SpaceX mantienen conversaciones avanzadas para lanzar conjuntamente los prototipos orbitales del proyecto Suncatcher. La operación es enorme incluso para los estándares de Silicon Valley. Google ya posee el 6,1% de SpaceX desde su inversión de $us 900 millones en 2015. El momento coincide con la inminente salida a bolsa de la empresa de Elon Musk, valuada entre $us 1,75 billones y 2 billones. Los centros de datos orbitales se convirtieron en una pieza central del discursos para atraer inversores. Pero los ingenieros piden mesura. Brandon Lucia, profesor de Ingeniería Eléctrica y de Computación en Carnegie Mellon, calificó las proyecciones de Musk —que prometen IA espacial competitiva en dos o tres años— como «una interpretación optimista». Las limitaciones técnicas son reales: la disipación de calor en el vacío exige radiadores gigantes, la radiación degrada los chips y el mantenimiento físico es prácticamente imposible.
Internet espacial
El telón de fondo es una competencia mucho más amplia por la órbita terrestre baja (LEO, por su sigla en inglés). Ocupan un cinturón entre los 500 y los 2.000 kilómetros sobre la superficie, cuyo mercado se estima que crezca hasta unos $us 108.000 millones en 2035. Starlink, con más de 7.600 satélites, lleva la delantera, pero Amazon planea desplegar 700 unidades de Project Kuiper antes de mediados de 2026, OneWeb crece a tasas del 60% interanual y Blue Origin presentó su constelación TeraWave de 5.408 satélites. La órbita baja ofrece latencias de 20 a 30 milisegundos contra los 600 de los satélites geoestacionarios.
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