La democracia en el gesto de una abuela

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Laura Martínez Quesada

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La democracia no tiene edad, sexo, credo religioso ni color de piel. De hecho, su naturaleza misma reside en la diversidad y la oposición, pero en la búsqueda de acuerdos que cubran a las mayorías. Nunca lloverá a gusto de todos; es claro. Pero esta vez encontré, en una mujer, quizás una octogenaria, la imagen de la democracia viva.

Caminábamos alegres, bulliciosos, sonrientes y orgullosos hacia la Plaza de la Democracia. Era el sitio acordado para la magna reunión. Nos habíamos encontrado en la Fuente de la Hispanidad. Llevábamos banderas, cornetas y rótulos. Éramos parte de una ciudadanía que había decidido salir a las calles para defender al Poder Judicial, la separación de poderes y la democracia.

Al llegar al cruce de la línea del ferrocarril entre La California y Los Yoses, levantamos la mirada hacia la izquierda. En el balcón de un apartamento, en un sexto o séptimo piso, una adulta mayor ondeaba con todas sus fuerzas una bandera de Costa Rica. Lo hacía como si quisiera que así fuera en cada rincón del país. De pronto, todos la miramos; más bien, la admiramos.

La celebramos con gritos, aplausos y banderas levantadas. La acogimos como una más entre nosotros. Ella respondió con todavía mayor energía. Igual que al escribir estas líneas se me ponen los ojos vidriosos, así fue con muchos de quienes la vimos y la celebramos espontáneamente. Durante unos instantes, el desfile dejó de avanzar. La democracia adquirió un rostro: el de una abuela octogenaria asida a su bandera.

Probablemente nació cerca del conflicto de 1948. Creció entre sus heridas, silencios y esperanzas. Escuchó a los mayores hablar de una Costa Rica dividida que debía reconstruirse y reconciliarse; una patria que, después de la confrontación entre amigos y familiares, incluso, decidió confiar su futuro a las urnas, abolir el ejército y fortalecer sus instituciones. Ella y su generación aprendieron que la paz no consistía simplemente en la ausencia de disparos, sino en la construcción, día a día, de mecanismos para resolver nuestras diferencias por el bien de la mayoría.

Vio consolidarse el Tribunal Supremo de Elecciones, crecer la educación pública, nacer y consolidarse las universidades públicas, extenderse la seguridad social y transformarse comunidades enteras con la llegada de la electricidad, las carreteras, los teléfonos y las universidades. Atravesó crisis económicas, conflictos sociales, escándalos políticos y decepciones colectivas. Pasó de escuchar noticias en una radio de transistores a contemplar un mundo comunicado instantáneamente a través de pantallas: cambios científicos y tecnológicos inimaginables en su niñez.

Sin embargo, algo permaneció intacto: su sentido cívico.

El cansancio, los años o su estado de salud quizá le impedían caminar con nosotros. Pero encontró su propia manera de manifestarse: hizo de su balcón una tarima y de su bandera su discurso. Le bastó aquel sencillo pero poderoso para recordarnos que la democracia también se defiende desde cualquier espacio, especialmente desde la conciencia.

El plantón realizado en la Plaza de la Democracia y en numerosas comunidades del país tuvo ese significado. No fue solo una concentración en apoyo al Poder Judicial. Fue una afirmación ciudadana de que ningún gobernante, por popular, poderoso o respaldado que se considere, puede colocarse por encima de los límites constitucionales. La separación de poderes no es una molestia administrativa ni una conspiración contra quien gobierna. Es la garantía que protege a cada habitante frente al abuso y evita que la voluntad de una persona, un partido o una mayoría circunstancial se convierta en voluntad absoluta.

La independencia judicial no significa que jueces y magistrados estén libres de crítica o que sus instituciones no deban mejorar. Significa que sus decisiones no pueden verse sometidas a amenazas, represalias presupuestarias ni campañas de intimidación. Defenderla no es respaldar ciegamente a funcionarios concretos. Es defender el derecho de todos a encontrar tribunales capaces de actuar sin miedo cuando el poder exceda sus atribuciones.

Aquella mujer lo comprendió sin necesidad de explicaciones jurídicas. Tal vez porque su generación conoce el precio de las instituciones que nosotros hemos recibido como algo natural. Sabe que Costa Rica ha superado crisis económicas, tensiones políticas y profundas transformaciones sociales porque, con todas sus imperfecciones, ha conservado una estructura democrática que permite corregir errores sin renunciar a la paz.

Ella y su bandera, simbólicamente, no miraban al pasado; lo hacían con el futuro como horizonte.

En ella estaban sus padres y hermanos, pero especialmente sus hijos y nietos. Estaban quienes aún no han nacido y merecen recibir un país donde puedan disentir sin temor, exigir justicia sin pedir permiso y elegir gobernantes sin deberles obediencia. Esa es la herencia que aquella mujer custodiaba desde su balcón.

Ella no desfiló con nosotros; sin embargo, nos acompañó en cada paso y nos recordó por quienes y para quiénes caminábamos.

Entre miles de banderas, comprendimos que la democracia costarricense tiene manos cansadas pero firmes, mentes quizás confundidas en medio de tanto ruido, ojos humedecidos por la emoción y el rostro sereno de una abuela que representa a todos quienes nos negamos a entregar el país de nuestros nietos y su descendencia.

Mientras existan personas que levanten su bandera con dignidad, dispuestas a mirarse y reconocerse unos a otros, Costa Rica conservará la fuerza necesaria para defender su democracia.





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