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Héctor De Sedas
Guest
Hay acontecimientos preocupantes no solo por lo ocurrido, sino por lo que revelan de una sociedad. La multitud que acompañó en Riohacha, Colombia, el féretro de Naín Pérez, alias “Bendito Menor”, abatido por las autoridades, constituye uno de esos momentos. Su sepelio estuvo acompañado por caravanas de motocicletas, pancartas, música y disparos al aire.
La pregunta es: ¿qué ocurre cuando una figura vinculada al mundo criminal despierta admiración, identificación y reconocimiento colectivo?
No es un fenómeno nuevo. Durante décadas, América Latina ha construido una relación ambigua con personajes asociados a la delincuencia. Pablo Escobar continúa presente en producciones audiovisuales, fotografías, camisetas, recorridos turísticos y conversaciones populares. La televisión y las plataformas digitales ampliaron ese imaginario mediante personajes como “El Cabo”, “Guadaña” o “El Señor de los Cielos”, algunos ficticios y otros inspirados en hechos reales.
Panamá también ofrece ejemplos de cómo determinadas figuras vinculadas al crimen pueden convertirse en referentes en ciertos sectores sociales. Uno de los más conocidos es el de Rogelio “Yunya” Ramos, señalado como una figura importante del crimen organizado. Más allá de las acusaciones y de las investigaciones judiciales, su nombre provocaba admiración y respeto por vanidades asociadas con el poder, el dinero y la capacidad de ejercer control. Ese tipo de imagen puede terminar distorsionando la percepción del delito y presentando al criminal como alguien “respetado” o exitoso, en lugar de mostrar las consecuencias de sus actividades.
El problema no consiste en narrar esas historias, sino en la forma de hacerlo. El peligro comienza cuando dejamos de explicar al delincuente y comenzamos a admirarlo. El criminal deja entonces de representar violencia, muerte y destrucción familiar para convertirse en símbolo de poder, dinero, respeto y ascenso social.
Esa representación puede influir especialmente en los jóvenes. Un adolescente que crece en condiciones de pobreza, exclusión o falta de oportunidades compara modelos. Si observa que el esfuerzo legítimo ofrece escaso reconocimiento, mientras el delincuente aparece rodeado de riqueza y admiración, puede concluir que el camino ilegal resulta más eficaz que el trabajo honrado.
En este proceso intervienen varias responsabilidades. Fallan las familias cuando descuidan la formación de valores; la educación, cuando transmite contenidos sin construir civismo; las instituciones, cuando la corrupción contradice el discurso de legalidad; y los medios, cuando convierten al victimario en protagonista y relegan a sus víctimas.
También influye la ausencia institucional. Cuando una organización criminal resuelve necesidades básicas, puede obtener una legitimidad que excede el miedo. No solo impone control: establece vínculos de dependencia y proyecta una imagen de autoridad capaz de perdurar en la memoria comunitaria.
Por eso, el funeral de “Bendito Menor” debe analizarse más allá de las imágenes. La presencia de una multitud no significa necesariamente que todos sus integrantes aprobaran sus actividades; pueden coexistir vínculos familiares, temor, dependencia económica, pertenencia comunitaria y admiración. Sin embargo, la escena obliga a examinar cómo se construye socialmente el prestigio alrededor de figuras criminales.
La respuesta no puede limitarse a las operaciones policiales. Requiere fortalecer la educación, recuperar la confianza en las instituciones y mostrar con mayor claridad las consecuencias del delito: las víctimas, las familias destruidas, la violencia y la pérdida de oportunidades. La batalla contra la delincuencia es, en parte, una batalla cultural.
Una sociedad comienza a perderla cuando sus niños conocen los nombres, lujos y frases de los criminales, pero desconocen a quienes construyeron escuelas o transformaron pacíficamente sus comunidades.
La pregunta más incómoda no es solamente por qué existen delincuentes, sino por qué algunas sociedades terminan convirtiéndolos en referentes. Mientras no respondamos desde la familia, la escuela, los medios, la comunidad y el Estado, podremos capturar o abatir a un criminal, pero el modelo cultural que lo produjo seguirá esperando al siguiente.
No basta con impedir que una generación ingrese al mundo del delito; debemos evitar que llegue a soñarlo.
El autor es oficial del Servicio Nacional de Fronteras (Senafront Panamá) y especialista especialista en seguridad y derechos humanos.
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La pregunta es: ¿qué ocurre cuando una figura vinculada al mundo criminal despierta admiración, identificación y reconocimiento colectivo?
No es un fenómeno nuevo. Durante décadas, América Latina ha construido una relación ambigua con personajes asociados a la delincuencia. Pablo Escobar continúa presente en producciones audiovisuales, fotografías, camisetas, recorridos turísticos y conversaciones populares. La televisión y las plataformas digitales ampliaron ese imaginario mediante personajes como “El Cabo”, “Guadaña” o “El Señor de los Cielos”, algunos ficticios y otros inspirados en hechos reales.
Panamá también ofrece ejemplos de cómo determinadas figuras vinculadas al crimen pueden convertirse en referentes en ciertos sectores sociales. Uno de los más conocidos es el de Rogelio “Yunya” Ramos, señalado como una figura importante del crimen organizado. Más allá de las acusaciones y de las investigaciones judiciales, su nombre provocaba admiración y respeto por vanidades asociadas con el poder, el dinero y la capacidad de ejercer control. Ese tipo de imagen puede terminar distorsionando la percepción del delito y presentando al criminal como alguien “respetado” o exitoso, en lugar de mostrar las consecuencias de sus actividades.
El problema no consiste en narrar esas historias, sino en la forma de hacerlo. El peligro comienza cuando dejamos de explicar al delincuente y comenzamos a admirarlo. El criminal deja entonces de representar violencia, muerte y destrucción familiar para convertirse en símbolo de poder, dinero, respeto y ascenso social.
Esa representación puede influir especialmente en los jóvenes. Un adolescente que crece en condiciones de pobreza, exclusión o falta de oportunidades compara modelos. Si observa que el esfuerzo legítimo ofrece escaso reconocimiento, mientras el delincuente aparece rodeado de riqueza y admiración, puede concluir que el camino ilegal resulta más eficaz que el trabajo honrado.
En este proceso intervienen varias responsabilidades. Fallan las familias cuando descuidan la formación de valores; la educación, cuando transmite contenidos sin construir civismo; las instituciones, cuando la corrupción contradice el discurso de legalidad; y los medios, cuando convierten al victimario en protagonista y relegan a sus víctimas.
También influye la ausencia institucional. Cuando una organización criminal resuelve necesidades básicas, puede obtener una legitimidad que excede el miedo. No solo impone control: establece vínculos de dependencia y proyecta una imagen de autoridad capaz de perdurar en la memoria comunitaria.
Por eso, el funeral de “Bendito Menor” debe analizarse más allá de las imágenes. La presencia de una multitud no significa necesariamente que todos sus integrantes aprobaran sus actividades; pueden coexistir vínculos familiares, temor, dependencia económica, pertenencia comunitaria y admiración. Sin embargo, la escena obliga a examinar cómo se construye socialmente el prestigio alrededor de figuras criminales.
La respuesta no puede limitarse a las operaciones policiales. Requiere fortalecer la educación, recuperar la confianza en las instituciones y mostrar con mayor claridad las consecuencias del delito: las víctimas, las familias destruidas, la violencia y la pérdida de oportunidades. La batalla contra la delincuencia es, en parte, una batalla cultural.
Una sociedad comienza a perderla cuando sus niños conocen los nombres, lujos y frases de los criminales, pero desconocen a quienes construyeron escuelas o transformaron pacíficamente sus comunidades.
La pregunta más incómoda no es solamente por qué existen delincuentes, sino por qué algunas sociedades terminan convirtiéndolos en referentes. Mientras no respondamos desde la familia, la escuela, los medios, la comunidad y el Estado, podremos capturar o abatir a un criminal, pero el modelo cultural que lo produjo seguirá esperando al siguiente.
No basta con impedir que una generación ingrese al mundo del delito; debemos evitar que llegue a soñarlo.
El autor es oficial del Servicio Nacional de Fronteras (Senafront Panamá) y especialista especialista en seguridad y derechos humanos.
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