M
Mónica Ocampo
Guest
Durante décadas, Guadalajara —la segunda ciudad más grande de México— fue construyendo una comunidad de artistas, animadores y desarrolladores de videojuegos que convirtió el juego en un oficio. Mientras el estado se hacía conocido por la violencia, otra historia crecía casi en silencio: la de quienes descubrieron que la imaginación también podía convertirse en trabajo.
Dentro de El Taller del Chucho hace tanto calor como afuera. Guadalajara está húmeda. La ropa se pega al cuerpo y hasta los párpados sudan. Al cruzar la puerta, lo primero que cambia es el sonido. Casi nadie habla. Afuera, la ciudad ensaya cómo responder ante posibles bloqueos carreteros. Adentro, un grupo de artistas intenta que un muñeco parezca que respira. Para ambas cosas se necesita precisió...
Continuar leyendo...
Sigue leyendo...