La agresiva apropiación cultural de Puno

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Mauricio Diaz

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Detrás de esas máscaras de yeso y hojalata se esconden feligreses que se redimen de hinojos ante la Virgen de la Candelaria, en Oruro. Su vida transcurrida entre el bien y el mal tiene cobijo en la santa católica. Así, peregrinan a sus pies danzando, como en 1789, cuando la imagen fue descubierta a las faldas del cerro Pie de Gallo.

Detrás de esa fe hay un sincretismo único. Las deidades ancestrales del Huari y la Pachamama se funden con el diablo y la Virgen, y los rituales son manifestaciones de la cultura andina y la fe católica. Toda una amalgama de identidad propia: del Supay, el Tío, el Chiru Chiru, el Nina Nina (Anselmo Belarmino), Sebastián y Lorenza Choquiamo, las plagas que azotaron al pueblo Uru, el Sábado de Peregrinación, el Convite, el Alba, el relato de los siete pecados capitales, María Antonieta, los bordados, los cargamentos de plata y las centenarias danzas de la diablada, la morenada, los tobas, la llamerada y la kullawada, y aquellas del último periodo como el caporal o los suris. Y el festival de bandas.

La declaratoria del Carnaval de Oruro como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad, otorgada por la Unesco en 2001, es la validación de esta celebración religiosa, cultural y folklórica centenaria cuyo origen es prehispánico, a juzgar por las manifestaciones ancestrales transmitidas por la leyenda y la tradición oral. Ese título no solo implicó la inscripción del evento, sino la defensa de los argumentos a través de una serie de documentos históricos de las ritualidades, la fe en la Virgen del Socavón, el origen de las 18 especialidades de las danzas del Carnaval y la trascendencia mundial.

A lo largo del tiempo, su impronta recorrió el mundo a través de representaciones folklóricas y su influencia encontró copias y hasta plagio de la celebración en países vecinos. A diferencia de Chile, que en muchos casos reconoce el origen de las danzas bolivianas en las fiestas de La Tirana o el Carnaval del Sol de Arica, Puno (Perú) ha “adoptado” como suyos las danzas, los vestuarios, las bandas, la música, los bordados o la misma parafernalia del Carnaval de Oruro o el Gran Poder de La Paz.

El plagio de las manifestaciones folklóricas de Bolivia por parte de danzarines, conjuntos y hasta autoridades de Puno es evidente, hasta institucionalizado, a través de políticas públicas de promoción de la fiesta de La Candelaria, especialmente. Esa actitud se extiende particularmente a poblaciones altiplánicas como Juliaca o Juli, o Moquegua y Tacna.

Para difundir argumentos inexistentes, instalaron la narrativa de la “cultura andina”, un concepto que busca anular el verdadero origen boliviano de las danzas, la música, los bordados y las bandas. A tal extremo llega el abuso, la promoción oficial de sus festividades usa música boliviana e imágenes del Carnaval de Oruro.

En ese abuso extremo de apropiación indebida encontramos hasta el relato de los siete pecados capitales en parte de las celebraciones peruanas, inspirado en Oruro por el párroco Ladislao Montealegre en 1818, que heredó la centenaria Gran Tradicional Autentica Diablada Oruro. Hasta el mote de “mañazos”, como se llama a los fraternos fundadores del conjunto orureño, se encuentra en la narrativa peruana.

No es detalle menor que las innovaciones del Carnaval de Oruro sean parte de las celebraciones peruanas, como el arte en la explanada de la Avenida Cívica, la indumentaria de la Banda Poopó o los nombres de las bandas. El salay, de los valles bolivianos del país; los mineritos, de Potosí, y los tobas, cuyo origen en el Chaco boliviano rememora específicamente a los originarios tobas, son el último plagio.

Esa agresiva apropiación se reproduce en boletines oficiales y en las redes sociales, como si todas esas manifestaciones fueran peruanas.

Cuando la festividad de La Candelaria fue declarada por la Unesco Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, un investigador peruano, Américo Valencia Chacón, hizo un mea culpa respecto de la adopción de culturas foráneas, en alusión a las manifestaciones bolivianas. Otro, Roberto Valencia Melgar, consideró que Puno se ha “bolivianizado” desde 1965.

Sí, más o menos, desde los años 60, músicos, danzarines y bordadores bolivianos incursionaron en esa festividad. Ahí el “origen”.

No es casual esta agresiva apropiación: Puno se vale del Carnaval de Oruro para venderse al mundo como capital peruana del folklore. El riesgo es que termine anulando el origen de las celebraciones bolivianas para erigirse.

Amerita también una agresiva respuesta: el resguardo de nuestro patrimonio, su promoción interna y su mayor difusión internacional.

Rubén Atahuichi
es periodista.



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