Juegos de guerra y desafíos de paz

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Manuel Bermúdez

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La visita a Beijing, programada para inicios de abril, pero postergada al 14 y 15 de mayo próximos, representa para el presidente Donald Trump una cita ominosa.

Dado que el presidente de EE. UU. ya no es una fuente confiable, desentrañar sus motivos geopolíticos se vuelve más complejo.

Salida desesperada

Uno de los aspectos más desconcertantes de la situación actual es que el presidente de EE. UU. está encerrado en una trampa cuyas paredes se estrechan a cada minuto. No solo amenaza toda su carrera política, sino la vigencia de su país como primera potencia mundial.

Ha perdido respaldo interno y, además de que no logra convencer con sus delirios triunfalistas, cada vez tiene menos opciones. Y eso es peligroso en un individuo como él cuando tiene a su disposición el arsenal más mortífero del mundo.

El hecho de que se encuentre al frente del gobierno de la nación más poderosa y de que sea comandante en jefe del mayor ejército nacional del planeta le otorga un grado de respetuoso temor por parte de otras figuras de la política internacional.

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Con una diferencia de apenas semanas, los presidentes Trump y Putin visitarán Beijing en la primera mitad de este año.

La prensa callada

El derecho internacional está roto. La paz y la estabilidad se vuelven más frágiles, y la posibilidad de guerra amenaza, mientras la mentira se normaliza en los discursos oficiales. Los periodistas temen repreguntar o hacer preguntas difíciles por miedo a un exabrupto y a perder la cobertura de la fuente. No hay repreguntas ni aclaraciones.

“La gente que se alinea con Trump lo hace por los valores, pero también por un método que es hostil a la prensa. Y el manual de Trump es un manual peligroso para los periodistas”, dijo en entrevista reciente con la agencia France Presse (AFP), Thibaut Bruttin, director general de la Organización no Gubernamental (ONG) Reporteros sin Fronteras (RSF).

No hace falta que alguien denuncie que “el emperador va desnudo”, parece que él lo sabe y se regodea en su impudicia.

Redes y mercados

El uso desaforado de las redes sociales convertidas en medios oficiales, pero donde se aplica un lenguaje descarado, muestran a un presidente como si del chat de un gamer se tratara: amenaza, insulta, exagera y espera la reacción. Pero quizás esas locuras no son tan inocentes.

Algunos grandes medios como la británica BBC ya han empezado a investigar y denunciar un comportamiento en las bolsas comerciales que coincide sospechosamente con los dichos y exabruptos del presidente.

“Reconformar y fortalecer los mecanismos multilaterales deja de ser un sueño pacifista para convertirse en una necesidad impostergable”.

Se encontró un patrón consistente de alzas pronunciadas solo pocas horas antes —algunas veces solo minutos— de que un mensaje en las redes sociales o una entrevista en los medios se hicieran públicos, informa la agencia británica.

Pese a su cada vez más clara desconexión de la realidad, todavía hay quienes parecen creer al presidente Trump, mientras los simples inversores comunes en los mercados internacionales reaccionan a las extravagantes apreciaciones y aseveraciones del presidente norteamericano, como si fueran reales.

El resultado es que grandes fortunas pasan de una mano a otra gracias a la información privilegiada.

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Dos liderazgos muy distintos afectan el orden internacional por lo que urge que lleguen a múltiples acuerdos.

Los pirómanos de Occidente

Al inicio de la tercera década de este siglo, quedó claro que las potencias occidentales enfrentaban una pérdida de hegemonía sustancial y que sus cíclicas crisis económicas eran cada vez más frecuentes.

La pandemia de covid-19 fue un momento clave para reconformar las relaciones internacionales y plantearse importantes desafíos para la humanidad como la desigualdad, el cambio climático y, claro, la salud pública. Pero el liderazgo occidental no lo vio así y reaccionó con mecanismos ortodoxos y fallidos.

Parece que lo lógico, ante la crisis prolongada en los países europeos, era acercarse a Rusia, como lo había hecho la Alemania de Angela Merkel con evidente éxito. Pero los líderes de la Unión Europea (UE) hicieron lo contrario.

Encender el conflicto que desde el golpe de Estado en Ucrania en 2014 se cebaba entre las dos hermanas exrepúblicas soviéticas, les pareció más sensato y aprovechable.

Pese a la declaración hecha pública de la asesora norteamericana Victoria Nuland: “Fuck the UE”, los líderes en Bruselas acogieron en 2021 al entonces presidente estadounidense Joe Biden y sus ideas conspirativas de reactivar la Guerra Fría, ahora no con el argumento del anticomunismo, sino contra las economías emergentes, que ya en 2010 habían optado por crear el grupo BRICS.

Los “malos” en esta nueva guerra fría serían principalmente Rusia y China, luego Irán y algunos países africanos y latinoamericanos como Venezuela.

El recurso de la guerra volvía a estar sobre la mesa. Ucrania sería la guerra por delegación en que se asfixiaría Rusia, además de la mayor carga de sanciones a que haya sido sometida una economía. A China la sancionarían también mediante sistemas de aranceles y regulaciones proteccionistas de mercado.

Pero, en el mes de Jano en 2025, el liderazgo en la Casa Blanca cambió de cara. Los europeos ya no eran socios y cómplices, sino un lastre. Violando todo decoro, el nuevo mandatario se pasó al otro lado y ahora era amigo de su vecino ruso.

Los europeos se quedaron perplejos. Después de andar envalentonados desafiando a China y a Rusia a las que calificaban públicamente como “amenazas”, ahora quedaban con las nalgas al aire. No solo eso, sino que Trump los castigó con aranceles desorbitados y los obligó a aceptar humillantes acuerdos.

Ha pasado apenas poco más de un año y todo el escenario internacional parece haberse redefinido. Hace una semana, Putin dejó saber en un comentario suelto en medio de una conferencia con empresarios energéticos rusos, que podría considerar volver a negociar con los europeos.

La potencia del este

Cada vez es más claro que China consolida su liderazgo mundial ante los desmanes de Trump. En vez de confrontar a Occidente, la propuesta china es crear mecanismos multilaterales que regulen las relaciones internacionales.

Aunque se le ha querido señalar como amenazante nuevo imperio, China no presenta ese tipo de aspiraciones, sino un liderazgo compartido tanto con otras potencias como con otras naciones soberanas.

Un liderazgo hegemónico no es considerado saludable por la política exterior de Xi Jinping. Equilibrio y armonía son claves en un mundo global, donde ya no hay nada por conquistar sino por organizar y armonizar.

En su política exterior, el presidente Xi Jinping ha impulsado desde 2013 lo que llamó la Iniciativa de un futuro compartido para la humanidad.

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En Yalta, Crimea, en 1945, en los estertores de la Segunda Guerra Mundial, los jefes de gobierno de Reino Unido, Estados Unidos y la Unión Soviética decidieron los lineamientos de un nuevo orden mundial.

Resolver desafíos

El acelerado desarrollo productivo chino trajo sin duda problemas importantes como la contaminación y el daño ambiental. Pero al respecto el Gobierno chino se impuso procesos inmediatos y urgentes para contrarrestarlos. La aplicación de tecnología fue clave en esa respuesta. Hoy la potencia asiática atajó algunas de las amenazas más severas y se ha convertido en líder en políticas y medidas de protección ambiental.

Producción masiva de energías limpias, procesos tecnológicos de optimización de recursos, alta eficiencia, son algunas de las medidas tomadas con urgencia por el Gobierno chino, por lo que su tecnología energética tiene el primer lugar en el mundo y crece día a día.

El impulso a un desarrollo de conectividad por infraestructura global, con iniciativas con la Franja y la Ruta y las nuevas rutas de la seda, buscó integrar al mundo en un flujo constante. Más que una ventaja por dominación, conquista o sometimiento, estas iniciativas buscaban canalizar la expansión incontenible de China como primera potencia en el mundo.

Con 1.400 millones de habitantes, con una capacidad adquisitiva en crecimiento, China se convierte en un mercado de destino, ya no solo de producción para muchas otras economías mundiales, particularmente las menores y emergentes, como las del denominado Sur Global.

Los mecanismos multilaterales son esenciales para evitar un gigantismo hegemónico que a mediano plazo provocará un desequilibrio que volvería a llevar a la humanidad a crisis y antagonismos.

China no exporta ni pretende imponer su modelo, por el contrario, clama por el fortalecimiento de organismos multinacionales como Naciones Unidas para garantizar un multilateralismo donde se respete y se considere a todos los actores en el concierto de las naciones.

El paso siguiente a la caída de la hegemonía occidental, establecida hace, al menos, cinco siglos, es un multilateralismo global.

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En septiembre de 2025, Donald Trump dio un golpe de realidad política a los líderes europeos del cual aún no parecen haberse recuperado.

Otra ONU, otra Yalta

Mientras los europeos pierden protagonismo, Latinoamérica se define bajo la sombra estadounidense, India se plantea como centro diplomático mundial, las economías emergentes del sudeste asiático y la emancipación africana encuentran en la respuesta resistente de Irán, a la agresión de Israel y EE. UU., un referente geopolítico.

Reconformar y fortalecer los mecanismos multilaterales deja de ser un sueño pacifista para convertirse en una necesidad impostergable.

No deja de resonar cada vez con más frecuencia dentro del debate de la discusión geopolítica actual la evocación de Yalta. La Conferencia de Yalta fue la reunión que sostuvieron en los estertores de la Segunda Guerra Mundial (del 4 al 11 de febrero de 1945) los jefes de gobierno Iósif Stalin, de Rusia; Winston Churchill, de Reino Unido; y Franklin D. Roosevelt, de EE. UU., en el antiguo Palacio Imperial de Livadia, en Yalta, en la península rusa de Crimea. En esa reunión se definió lo que sería el orden mundial de postguerra, el cual posiblemente está ahora tocando a su fin.

Ante el caos y dolor generado por la guerra, era necesario definir un nuevo orden. Esas tres potencias ostentaban un poder singular. El bloque soviético, que había derrotado a los alemanes y extendido su influencia en la mitad de Europa, el Reino Unido que aún contaba con influencia en sus colonias, algunas tan significativas como India o Palestina y EE. UU. que expandió su poderío y presencia militar con una gigantesca flotilla que se extendía por los mares, además de que era la economía menos afectada de las tres.

Sin embargo, al mismo tiempo, los distanciaban diferencias ideológicas y políticas que debían ser reguladas para inducir a otra conflagración. Las discrepancias eran muy grandes, pero eso no debía dar paso a confrontaciones, sino que era necesario crear organismos y mecanismos multinacionales que permitieran el ejercicio de la diplomacia y el derecho internacional para zanjar diferencias.

Yalta, es el espíritu de ese nuevo orden mundial. Le seguiría otra importante cumbre en Potsdam (cerca de Berlín), Alemania, entre el 17 de julio y el 2 de agosto cuya declaración fue publicada el 26 de julio de 1945, y donde se esboza la distribución del mundo en ese nuevo orden. No obstante, a la semana siguiente, el presidente estadounidense Harry Truman ordenó los bombardeos nucleares de Hiroshima y Nagasaki.

Evitar una tragedia de mayores magnitudes y lograr una estabilidad geopolítica ante una actualidad muy convulsa sería la urgencia de una nueva conferencia de Yalta en mayo 2026 en Beijing.

El presidente ruso Vladimir Putin anunció que visitaría China en el primer semestre de este año, mientras la cita de Trump fue postergada para el 14 y 15 de mayo. La posibilidad de que los tres líderes coincidieran en Beijing, quizás pueda dar inicio a un urgente proceso de reordenamiento mundial.

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