IA Panamá 2036: la universidad no puede mirar desde la gradería

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Adriana Angarita

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La reciente experiencia de Innkind FIEd LATAM me dejó una convicción aún más clara: América Latina ya no está discutiendo si la inteligencia artificial cambiará la educación, el empleo y la productividad. Eso ya ocurrió. La pregunta real es si nuestras instituciones están listas para actuar a tiempo.

Panamá acaba de poner sobre la mesa una conversación decisiva con su Estrategia Nacional de Inteligencia Artificial 2026-2036. Su visión es ambiciosa: convertir al país en un hub confiable de innovación en IA en América Latina. No es una aspiración menor. Panamá ya sabe ser puente, canal, centro logístico y punto de conexión. El desafío ahora es dejar de ser solo un conector físico y convertirse también en una intersección inteligente de datos, talento y soluciones.

Pero una estrategia de IA no se ejecuta con entusiasmo. Se ejecuta con capacidades.

El reciente informe del Banco Mundial sobre inteligencia artificial ofrece una lectura muy útil para países como el nuestro. Su mensaje, traducido a un lenguaje sencillo, podría resumirse en cinco ideas. Primero, los países en desarrollo no necesitan competir con las potencias construyendo los modelos de IA más grandes del mundo. Segundo, sí necesitan adoptar y adaptar soluciones a sus propios problemas. Tercero, sin talento, datos, instituciones y conectividad, la IA no produce desarrollo; solo aumenta la desigualdad. Cuarto, el Estado debe aprender a usar IA para mejorar los servicios públicos, pero con evaluación y responsabilidad. Y quinto, la regulación no puede ser un adorno: debe proteger la confianza, los derechos y la competencia.

Cuando se observan esos puntos frente a la estrategia panameña, aparecen buenas noticias y también tareas urgentes.

La buena noticia es que Panamá entiende su oportunidad. La estrategia reconoce activos reales: conectividad internacional, ubicación geográfica, estabilidad, servicios financieros, logística, energía y potencial para atraer inversión. También identifica pilares correctos: infraestructura, capital humano, datos, gobernanza, inversión y aplicación sectorial.

La tarea urgente es que la educación superior deje de verse como un actor acompañante y asuma su papel central.

Porque el cuello de botella no será únicamente tecnológico. Será humano.

La propia estrategia reconoce que la mayor restricción para adoptar IA no es la tecnología, sino el talento. Allí las universidades no pueden limitarse a abrir diplomados, cursos cortos o charlas inspiracionales. Necesitan revisar currículos, métodos de evaluación, formación docente, investigación aplicada y relación con los sectores productivos.

Hay aspectos no negociables.

Primero: todo estudiante universitario, sin importar su carrera, debe egresar con alfabetización en IA, pensamiento computacional básico, criterio ético y capacidad para usar datos. No para convertirse en programador, sino para entender el mundo en el que trabajará.

Segundo: las universidades deben integrar la IA en la enseñanza, pero también enseñar a pensar con y contra la IA. El riesgo no es usar herramientas; el riesgo es formar profesionales que deleguen el criterio, el análisis y la responsabilidad.

Tercero: Panamá necesita investigación aplicada conectada con sus sectores estratégicos: logística, finanzas, turismo, salud, agro, energía, construcción y gobierno. La IA debe resolver problemas panameños, no solo importar respuestas ajenas.

Cuarto: los datos educativos deben convertirse en política pública. Sin información abierta sobre calidad, empleabilidad, competencias, investigación, deserción y actualización docente, será imposible saber si la educación superior está contribuyendo a la estrategia nacional.

Quinto: la formación docente debe ser prioritaria. Ninguna transformación educativa ocurre sin profesores capaces de experimentar, evaluar y rediseñar su práctica.

También necesitamos veeduría ciudadana. No para perseguir, sino para asegurar que lo anunciado ocurra. La sociedad debería poder observar, año tras año, indicadores simples: cuántas carreras incorporaron competencias de IA, cuántos docentes fueron formados, qué proyectos universidad-empresa se desarrollaron, cuántas investigaciones aplicadas surgieron, cuántas instituciones publican datos de resultados y cómo se protege la privacidad de estudiantes y ciudadanos.

Los medios, las asociaciones profesionales, los estudiantes, las empresas y la sociedad civil pueden cumplir un rol fiscalizador si la información existe y es comprensible.

Panamá tiene una oportunidad esperanzadora: no necesita copiar a Silicon Valley. Puede construir una IA aplicada, confiable, humana y útil para su modelo de país.

Pero eso exige una decisión: que la estrategia nacional no sea solo una hoja de ruta tecnológica, sino un pacto educativo.

Porque, si la inteligencia artificial será parte del futuro económico de Panamá, la educación superior no puede mirar desde la gradería.

Tiene que entrar a la cancha.

La autora es especialista en innovación educativa y transformación institucional- CEO de SénecaLab.

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