IA en el aula: mejores tareas, peores exámenes — la lección para Panamá

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Nivia Castrellón E.

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La paradoja es incómoda. Nunca los estudiantes tuvieron acceso a tanta ayuda a un clic. Jamás los docentes estuvieron tan preocupados por lo que esa ayuda les roba. Encuestas recientes sitúan el uso de chatbots entre universitarios por encima del 90%. Cabe preguntarse: ¿esa ayuda enseña o solo simula aprendizaje?

Un estudio que siguió a 27.000 alumnos de 12 a 18 años en China, reportado por The Economist, ofrece la evidencia más completa. Los investigadores David Stromberg, Victor Lei y Wu Yanhui compararon a quienes usaban IA en sus tareas con un grupo control. Tras seis meses, las notas mejoraron un 18%, mientras que el tiempo utilizado por asignación disminuyó de 64 a 45 minutos. Pero, al llegar al examen, sin la IA, el propio grupo rindió un 20% menos.

Un hallazgo del MIT Media Lab explica por qué. Investigadores liderados por Nataliya Kosmyna midieron con electroencefalogramas a personas que escribían ensayos con o sin ChatGPT. Quienes usaron el chatbot mostraron menor conectividad neuronal. Apenas recordaban lo que acababan de escribir. Los autores lo llaman “deuda cognitiva”. Un experimento con una muestra de mil estudiantes de secundaria en Turquía (Bastani et al., 2025, PNAS) confirma el patrón. El acceso irrestricto a GPT-4 en matemáticas mejoró el desempeño asistido un 48%, pero hundió los resultados del examen sin ayuda un 17%.

No toda la evidencia apunta al fracaso. Un ensayo de Harvard (Kestin et al., 2025) mostró que una IA bien diseñada generó más aprendizaje, en menor tiempo, que una clase activa. Estudiantes universitarios de Middlebury (Contractor y Reyes) que aprendieron con chatbot mantenían la ventaja una semana después. Adolescentes británicos en Eedi, con una IA supervisada por humanos, resolvieron problemas nuevos con más éxito que quienes tuvieron solo tutores humanos. La diferencia con el caso chino está en el diseño: una herramienta que cuestiona y explica, frente a otra que solo responde.

Princeton anunció en mayo que, a partir de julio, exigirá supervisión en todos sus exámenes presenciales, poniendo fin a 133 años de un sistema de honor. La facultad citó directamente la dificultad de detectar el uso de IA y dispositivos durante las pruebas.

La Unesco recomienda no permitir el uso independiente de estas herramientas antes de los 13 años, porque los niños más pequeños aún forman las habilidades básicas que la IA puede sustituir antes de que se consoliden. De ahí surgen lecciones preliminares: usar la IA para explicar, no para dar una respuesta final; conservar tiempo de práctica sin asistencia de la IA; evitar el acceso irrestricto en la etapa escolar temprana; y rediseñar la evaluación para que mida lo que el estudiante sabe, no lo que sabe pedirle a un modelo.

Estas lecciones cobran relevancia al revisar la Estrategia Nacional de Inteligencia Artificial de Panamá (IA 2036). El documento acierta al integrar el pensamiento computacional al currículo desde primaria; capacitar docentes para identificar errores de la IA; y priorizar el cómputo local en escuelas sin conectividad, con foco en el objetivo educativo, no en la tecnología. Hay vacíos: no distingue entre una IA que guía y pregunta y otra que entrega la respuesta —la diferencia que separa a los estudiantes chinos que perdieron un 20% en la evaluación de los universitarios que aprendieron más—; no contempla rediseñar la evaluación para que las tareas con IA dejen de ser el criterio de nota, como hizo Princeton. A diferencia de la Unesco, no fija un límite de edad para el uso independiente en el aula.

La IA no es enemiga del aprendizaje: la evidencia preliminar que documenta el impacto nocivo muestra que, bien diseñada, tiene el potencial de enseñar mejor que una clase activa. Lo que decide el resultado no es la tecnología. Es el diseño, la intervención humana y la evaluación que la acompañan. Panamá tiene una ventaja: no necesita correr el experimento para conocer el resultado. La lección está documentada. Es gratuita para quien decida usarla. La estrategia panameña aspira a que el país sea un “Canal Digital”. Un canal no vale solo por el agua que maneja, sino por el control con que la mueve entre sus esclusas. Sin control sobre la IA en el aula, Panamá no estará innovando: estará repitiendo un experimento cuyo resultado el mundo ya conoce.

La autora es candidata a la maestría en gestión de proyectos, usando IA generativa en la Universidad de Salamanca.

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