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Redacción de La Prensa
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Si las tunas de Calle Arriba y Calle Abajo de Las Tablas fueran una empresa privada, serían un modelo de éxito: tienen jerarquía, sentido de pertenencia, un equipo comprometido, seguidores, canales de ingreso y procesos de innovación.
Otro punto importante: independientemente de que guste o no lo que hacen, es innegable que aportan algún valor. Y aunque el gobierno (nacional o local) puede apoyar o no, su desarrollo depende de una junta de carnaval y de sus actividades de autogestión.
En el Estado, asombrosamente, la historia es distinta: jerarquías carentes de liderazgo genuino, que dirigen una alta carga burocrática, con gastos elevados, falta de planificación y deficiencias en la prestación de sus servicios y/o funciones. Y esto no se debe a la falta de recursos: por ejemplo, el 7% del PIB se destina a gastos de educación, pero el Meduca ni siquiera puede garantizar que todas las escuelas estén listas el próximo 2 de marzo, cuando inicia el año lectivo.
El Legislativo no se queda atrás: dudosas planillas abultadas, baja productividad, ausencia de rendición de cuentas y décadas gastando millones de dólares en remodelar, reparar y maquillar oficinas en las que persisten filtraciones, fallas y hasta comején.
La lista es larga en casi todo el aparato estatal: mora en citas médicas y cirugías; calles en mal estado, con huecos que datan del final de la administración Varela; obras inconclusas o en abandono; falta de agua potable en varias cabeceras, etc. No estaría mal que los gobernantes ejercieran su rol con el mismo nivel de compromiso que muestran algunas juntas del carnaval.
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Otro punto importante: independientemente de que guste o no lo que hacen, es innegable que aportan algún valor. Y aunque el gobierno (nacional o local) puede apoyar o no, su desarrollo depende de una junta de carnaval y de sus actividades de autogestión.
En el Estado, asombrosamente, la historia es distinta: jerarquías carentes de liderazgo genuino, que dirigen una alta carga burocrática, con gastos elevados, falta de planificación y deficiencias en la prestación de sus servicios y/o funciones. Y esto no se debe a la falta de recursos: por ejemplo, el 7% del PIB se destina a gastos de educación, pero el Meduca ni siquiera puede garantizar que todas las escuelas estén listas el próximo 2 de marzo, cuando inicia el año lectivo.
El Legislativo no se queda atrás: dudosas planillas abultadas, baja productividad, ausencia de rendición de cuentas y décadas gastando millones de dólares en remodelar, reparar y maquillar oficinas en las que persisten filtraciones, fallas y hasta comején.
La lista es larga en casi todo el aparato estatal: mora en citas médicas y cirugías; calles en mal estado, con huecos que datan del final de la administración Varela; obras inconclusas o en abandono; falta de agua potable en varias cabeceras, etc. No estaría mal que los gobernantes ejercieran su rol con el mismo nivel de compromiso que muestran algunas juntas del carnaval.
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