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Ignacio Ortiz Salas
Guest
Con una amabilidad que parece heredada de una crianza en una casa llena de reglas, pero también de sencillez, Alicia Medina Castrillón conversó con UNIVERSIDAD sobre el hombre detrás de la mítica figura de Parmenio Medina. Sin dejar de recordar a su padre, pero con la decisión de seguir adelante, asegura que, después de 25 años, perdió sentido detenerse en el crimen y en quienes lo perpetraron. «Seguir hablando de ellos es darle importancia a gente mala», afirmó.
Esta conversación busca, más bien, volver la mirada hacia Parmenio: el hombre que quienes vivieron la época recuerdan por La Patada y que las generaciones posteriores —incluidos sus bisnietos y su tataranieta— apenas conocen. Un hombre sencillo, con un férreo compromiso con la verdad y la democracia, asesinado por ejercer la libertad de expresión, cuya familia espera que sea recordado no por la forma en que murió, sino por la vida que llevó y el legado que dejó.
Con ese mismo propósito, la familia invitó a la ciudadanía a participar en el acto conmemorativo por el 25.º aniversario del asesinato del periodista, que se realizará el sábado 11 de julio, a partir de las 10 a. m., en el Parque Morazán, en San José. «Tenía que ser San José porque era la ciudad que siempre anduvo de arriba abajo buscando, trabajando».
Doña Alicia, yo quisiera que usted le cuente a los lectores de Universidad quién era ese otro Parmenio. No el de La Patada, sino su papá.
– Yo quiero que usted sepa que para mí hablar para el Semanario Universidad es muy bonito, es muy importante. Primero porque es mi alma máter. Yo soy egresada de la UCR, fui durante muchos años docente de inglés. Ahora estoy jubilada y segundo porque el Semanario siempre tuvo para papá un lugar muy especial. Siempre lo respaldó mucho, le dio mucha acogida. Y papá tuvo muy buenos amigos en el Semanario Universidad. Es un medio el cual aprendimos a querer y a respetar mucho. Entonces para mí es una inmensa alegría y de mucho agradecimiento que ustedes estén contactándome hoy.
Bueno, yo quiero decirle que mi papá fue un hombre muy sencillo, mi papá fue un hombre sin grandes aspavientos. A mi papá no lo impresionaba el lujo ni las cosas muy rimbombantes. Para mi papá si usted lo invitaba a tomar café veinticinco veces al día se lo tomaba feliz de la vida. Eso sí, tazas grandes no, tazas chiquitas, porque como buen colombiano era de tinto y el tinto es fuerte y en taza pequeña. Él era muy feliz comiendo comida muy sencilla, decía que él era un montañés, o sea, un polo para comer. Le gustaba el arroz, los frijoles, los chicharrones, la carne, la sopa de mondongo… todo lo que fuera muy nuestro.
En la vestimenta era igual. Si era para estar en la casa, no se bajaba de pantaloneta, sandalias o descalzo y un sombrerillo cualquiera, probablemente sin camiseta.
Era muy, muy alegre con la música. Desde pequeñita nos enseñó a bailar. Mi papá era el papá que los sábados en la tarde, después de que grababa La Patada, llegaba a la casa, descansaba un rato, corría los muebles, ponía música y se ponía a enseñarnos a bailar. A todas nos encanta bailar. Somos cuatro mujeres y un varón y lo que somos las mujeres a las cuatro nos encanta bailar.
¿Qué bailaban?
– Nos enseñó de todo: cumbia, boleros, pasodobles… porque mi papá era un bailarín extraordinario. De hecho, te voy a decir que cuando papá y mamá eran jóvenes, íbamos a una fiesta, por ejemplo, y cuando ellos se ponían a bailar boleros la gente paraba para verlos bailar porque era una cosa preciosa.
También le gustaba mucho invitar gente a la casa. Era un excelente anfitrión, le encantaba que sus amigos fueran a la casa y que comieran rico, que escucharan música. La tertulia, el conversar sobre música, sobre política y sobre sobre las cosas de la vida. Entonces este papá era una persona de una de una vida muy sencilla.
Me acuerdo una vez que mi hermana, la menor, estaba chiquita y se vuelve ella y le dice “Papá, ¿usted es famoso?”; él se echa una gran risa y le dice “Ay mi hijita, yo creo que sí, que un poquitillo”.
Así era mi papá, un hombre sencillo, muy cariñoso. Él era feliz de la vida celebrándonos los quince años, por ejemplo. Recuerdo cuando mi hermana menor cumplió quince años, que ya cuando llegamos a la casa después de la fiesta, le dijo a mamá: “Marta, qué pereza, se nos acabaron las quinceañeras”. Porque él, ese tipo de cosas le encantaban, celebrar todo en familia.
Era muy, muy conversador. Nosotros supimos lo que fueron noches de nosotros cinco, sus cinco hijos, ponernos a conversar con papá. Qué te digo yo, un día a las siete, ocho de la noche y que nos agarrara la madrugada conversando. Él nos contaba de cuando él era pequeño, de la finca donde nació, de qué hacían, nos contaba de sus papás, nos contaba de sus, de sus hermanos. Porque él también se preocupó mucho por darnos un arraigo muy grande a nosotros de que éramos colombianos, de que teníamos una familia fuera de Costa Rica, porque a nosotros nos trajeron pequeños a Costa Rica, pero nosotros crecimos oyendo música como colombianos, comiendo como colombianos y sabiendo de nuestras raíces, de nuestra familia.
De hecho, tenemos una relación muy estrecha y muy linda con nuestra familia, continuamente los visitamos, ya sea que ellos vienen, que nosotros vamos. Pero nuestras raíces colombianas, a pesar de que hablemos como ticos, nunca las hemos perdido y cuando llegamos allá todo el mundo empieza a vacilar. “Llegaron los ticos, llegaron los ticos” y nos empiezan a vacilar con el hablado, con la R arrastrada. Y eso también. Ese arraigo se lo hemos transmitido a nuestros hijos, porque mi papá tiene catorce nietos, trece bisnietos y una tataranieta y todos saben de su abuelo, de sus raíces.
Acerca de esas raíces colombianas, él viajó y se estableció en Costa Rica, pero en la última entrevista con el Semanario él habló de irse a Cuba o a Chile ¿Era un hombre de mundo? ¿Cómo lo definiría usted?
– No, no, no. Te voy a decir por qué Cuba. Cuando empezó a pasar todo este asunto que llevó a la muerte de él nos había comentado a nosotros que él tenía ganas de irse a vivir a Cuba. Él tenía su afinidad política con el sistema cubano. Había ido varias veces a transmitir la ciclística, lo habían invitado de la Federación Cubana de Ciclismo. Entonces le agarró cariño al lugar. Él sí creía que en algún momento debía salir del país por su propia protección.
Creo que en algún momento él hubiera vuelto, es hipotético lo que te estoy diciendo, pero probablemente él lo hubiera hecho. Se iría para apaciguar el ambiente, pero él hubiera regresado a Costa Rica, porque él amaba a Costa Rica con todo su corazón. Y aquí estábamos sus hijos y su montón de nietos. Cuando él murió, ya tenía la primera bisnieta. Entonces papá no hubiera sido capaz de desarraigarse por mucho tiempo de Costa Rica.
En el imaginario costarricense. Don Parmenio es el símbolo de este compromiso total con la verdad. ¿Eso estaba en la casa? ¿Existió durante la crianza de ustedes?
– Toda la vida. Nosotros vimos a nuestro papá siempre, primero, siendo un hombre sumamente trabajador. Incluso yo admiro a los que trabajaban con mi papá, porque seguirle el ritmo a mi papá no era cosa fácil. Mi papá era un intenso en el trabajo. Segundo, todo lo que le gustaba le gustaba hacerlo bien, él no permitía mediocridades. Alguna vez me dijo a mí, como profesora de inglés, “Mija, necesito que me traduzcas tal y tal cosa. Sí, ¿para cuándo papá? Para ayer”.
Nosotros nunca en la vida lo vimos negociar su postura. Nunca. Bendito sea Dios. Mi papá nunca en su vida, por ningún motivo vendió su conciencia. Y eso se lo puedo asegurar a cualquiera. Entonces ese fue nuestro modo de crecer. Viendo un papá trabajador, comprometido, honesto, honestísimo.
Mi papá a nosotros nos enseñó que si a usted le dan un vuelto mal, usted se devuelve y le dice: “Señorita, me está dando más de la cuenta”. Nos enseñó, por ejemplo, a que cuando uno va a discutir algo, lo discute con argumento, nunca perdiendo el tiempo, nunca, nunca, diciendo, como decía él, hablando papaya, nunca.
Bendito Dios, nosotros hemos tenido siempre un sistema de vida donde la transparencia de papá siempre fue por delante. Para nosotros ese nuestro norte.
Hoy se cumplen 25 años de del asesinato de él ¿Cómo ha sido este proceso de entender a su papá como un mártir?
– Para nosotros estos veinticinco años han sido muy duros, muy duros. Ha habido etapas sumamente complicadas.
Primero entenderlo a él. Por qué él llevó todo hasta donde él tenía que llevarlo. Entender que esa fue su decisión, que eso era parte de lo que formaba su integridad, Porque muchas veces le dijimos “deje eso ya papá, pare con eso”. Y él nunca quiso. Él siempre dijo: “Esto fue lo que me tocó a mí.” Él decía, mi papá nunca decía Dios, mi papá decía Cristo. “Cristo y la vida me pusieron a mí esto. Y yo tengo que hacerlo porque fue lo que me tocó”. Entonces, primero entenderlo a él.
Luego pasar por aquel terrible día. Hoy, hace veinticinco años, justo a esta hora, estábamos nosotros ya en el Hospital Calderón Guardia, sabiendo que nuestro padre había muerto. Asimilar eso. Tuvimos un duelo sumamente complicado porque ese duelo incluyó nuestra seguridad. La seguridad de nuestros hijos, la seguridad de mi mamá. También incluyó estar en aspectos judiciales. Fue muy duro y muchos años.
Después vino la parte del juicio, que fue algo de muy desgastante. Muchas veces nos sentimos muy humillados, pero bueno, eso nos tocó. Cuando yo me sentía así como que ya me las fuerzas no me daban, me arrodillaba y yo decía: “Señor, dame las fuerzas que le diste a mi papá, por favor, un poquito de las fuerzas que le diste a mi papá y ayúdame a seguir con esto”.
Y está el ahora, a veinticinco años. Son muchos los vacíos acumulados, los abrazos que no nos hemos dado, las cosas que no hemos podido compartir con él, los momentos difíciles que nosotros hemos tenido, mis hermanos, mi mamá, hemos tenido enfermedades, hemos tenido fallecimientos de gente cercana, hemos tenido momentos realmente duros y siempre hace falta ese abrazo, ese: “No mijita, usted va a poder”, “No mija, vamos pa lante”, “No mija, esto se saca”.
Yo lo que trato siempre es de tener un pensamiento para mi papá todos los días. Cualquier cosa me lo recuerde, cualquier frase, un disco, una cuestión muy casual que siempre me lo recuerda. Y estoy segura que mis hermanos también y mi mamá, todos los días algo tiene a papá presente en nuestras vidas, así es como uno lo va pasando.
¿Por qué? Porque el dolor siempre está. Se aprende a vivir con el dolor a través del consuelo de siempre tenerlo presente en nuestros pensamientos, en nuestro corazón. Yo soy una que yo muchas veces lloro por mi papá. Siempre he dicho “yo lloro cuando tengo que llorar porque es por mi papá, no es por cualquier tontera”.
Hablemos de la profesión. Usted me comentaba que hipotéticamente él habría regresado al país. Probablemente habría vivido este tiempo que estamos viviendo todos un poco…
– Duro.
Sí, duro y con ataques al ejercicio periodísticos que aumentan a nivel global y a nivel de país. ¿Qué habría hecho él?
– Papá habría, hubiera tenido dos actitudes tajantes, ¡Pero tajantes nivel Dios! Mi papá se le hubiera ido al cuerpo a quien reprime, a quien asusta al periodismo, a quien trata de coartar la libertad. Se le hubiera ido al cuerpo totalmente.
Y se les hubiera ido al cuerpo también, pero sin consideración, a los vasallos, al que ejerce su profesión siendo un vasallo, siendo una persona sin ética, sin amor a su país. Se les hubiera ido pero a la yugular, porque para mi papá el trabajo de comunicador era una responsabilidad moral con el pueblo de Costa Rica. Y eso solo se consigue con el amor, con el patriotismo. Con decir “Costa Rica es mi estandarte, Costa Rica es a quien yo debo defender”. Entonces yo te puedo asegurar que mi papá ahí no hubiera tenido el mínimo recato para esas dos posturas.
Quedémonos con esta idea de del amor a Costa Rica. El papel de don Parmenio en el periodismo fue el de simplificar todos estos casos de corrupción que investigaba. El lograr que lo entendiera cualquier persona, democratizar la información. ¿Será eso lo que nos falta en estos tiempos?
– Mira, vamos a verlo así. Quien tiene compromiso moral con su país, tiene que hacerlo. Democratizar la información, hablarle a la gente en el sentido más simple que la gente pueda entender, porque no todo mundo tiene X nivel educativo, x nivel de formación. Y quienes no tienen ese compromiso moral con su país van a seguir haciendo lo mismo. ¿Por qué? Porque democratizar la información no es negocio para ellos. Algunos lo hacen, pero ve lo delicado esto, lo hacen por populismo, Pero no por compromiso moral con su país.
¿Un último mensaje que usted quisiera dar hoy?
Por favor nunca se olviden de mi papá. Por favor, tengan siempre presente que esa vida que se perdió tiene que tener trascendencia infinitamente, porque esa vida perdida no puede ser en vano, no puede ser en balde, tiene que tener siempre un porqué, un sentido. No dejemos nunca, por favor, que la muerte de Parmenio Medina sea un sinsentido.
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