Héroes que también se quiebran, el costo emocional de salvar animales en Ecuador

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Paola Gavilanes

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Rescatar animales en Ecuador no solo implica salvar vidas en la calle. Para muchos rescatistas, también significa convivir con el miedo, la ansiedad, el agotamiento extremo y, en algunos casos, con consecuencias para la salud física y mental.

Detrás de cada rescate hay personas que operan al límite, sosteniendo una carga emocional que pocas veces es visible.

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Héroes agotados, la crisis emocional detrás del rescate animal en Ecuador​


Para Andrea Torres, ingeniera y rescatista de Aúlla Ecuador, noviembre de 2025 fue un punto de quiebre. Su refugio fue golpeado por la época invernal: el granizo y los vientos fuertes destruyeron gran parte de la infraestructura. Pero el impacto no terminó ahí.

“Colapsó el refugio y colapsó también mi salud”, relata. La presión acumulada, la falta de apoyo y la necesidad de seguir atendiendo animales la llevaron a atravesar un cuadro médico grave.

“Casi me da un derrame cerebral”, cuenta. A pesar de pedir ayuda a la comunidad, asegura que el respaldo fue mínimo y que tuvo que levantar nuevamente el refugio prácticamente sola.

Andrea Torres, fundadora de Aulla Ecuador, junto a sus perritos. Foto: Cortesía


El desgaste emocional se profundiza porque Aúlla Ecuador rescata animales con discapacidades severas: perros sin patitas, ciegos, con diabetes, problemas hormonales o enfermedades crónicas que requieren medicación de por vida.

“Las adopciones son muy difíciles. ¿Qué pasa con los animales que no son adoptables?”, cuestiona. Sin padrinos ni apoyo económico constante, Andrea no solo gestiona el refugio: también financia, rescata y cuida, en soledad.

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Ver el dolor todos los días y no poder salvarlos a todos​


El impacto emocional también atraviesa a quienes trabajan en rescate y esterilización en zonas rurales. Luis Jiménez, estudiante universitario de 22 años, realiza campañas junto a su novia y su primo veterinario en sectores del cantón Cayambe.

“Allá se ve una crueldad normalizada”, explica. Perros golpeados, abandonados, sin alimento ni atención médica. Uno de los casos que más lo marcó fue el de una perrita con ambas patas traseras rotas, desnutrición severa y parásitos que destruían su piel. Estaba preñada de ocho cachorros. Debido a su sufrimiento extremo, la eutanasia fue la única opción.

Luis Jiménez rescate en zonas rurales de la Sierra ecuatoriana. Foto: Cortesía


“Son cosas que te dejan muy mal. Te preguntas por qué no pudiste salvarla”, dice. El impacto no fue pasajero. Luis reconoce que necesitó ayuda psicológica para manejar la ansiedad y la presión emocional que le provocan estas experiencias.

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El rescate que deja huella para siempre​


Para Belén Ubillús, rescatista, ningún rescate es fácil. “Antes de actuar siempre hay muchas preguntas”, dice. Pero hay historias que quedan grabadas para siempre.

Una de ellas es el rescate de Princesa, una perrita que vivía con un indigente extranjero en un semáforo de Quito. Belén notó que estaba a punto de dar a luz. El parto comenzó antes de llegar al hogar temporal. Varios cachorros nacieron dentro del carro, con su hija como asistente improvisada.

“Fue una mezcla de miedo, emoción y amor”, recuerda. Aunque Princesa y sus cachorros fueron adoptados, la experiencia marcó su vida. “Hay rescates que se quedan en el alma”.

Belén Ubillús, rescatista independiente. Foto: Cortesía

276 días de espera: rescatar también es acompañar​


Para Carla, de Carlaysusamigos, el desgaste no siempre está en la emergencia, sino en la espera. En sostener procesos largos, inciertos y emocionalmente intensos.

Uno de los casos que más la marcó fue el de Tomasito. Era un gato feral, maltratado, que no confiaba en nadie. Tenía un tumor inmenso en su cola que obligó a amputarla y además era positivo a leucemia felina. Sus probabilidades de adopción eran casi nulas.

“Pero él no era un diagnóstico. Era una vida”, afirma.

Pasaron 276 días hasta que alguien decidió verlo más allá de su condición. Durante ese tiempo, Carla fue su hogar temporal, su espacio seguro, su proceso.

“Cada pequeño avance fue una victoria”. Hoy vive adoptado, acompañado de otros gatos, “exactamente como es”. Su historia, dice, le recuerda que a veces el verdadero milagro no es sanar, sino ser elegido cuando el mundo ya te había descartado.

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La culpa invisible y la carga que nadie ve​


Para Carla, lo más desgastante no son solo las emergencias, sino la carga mental constante. “Son cuentas que pagar, decisiones médicas difíciles, noches sin dormir y la culpa de no poder llegar a todos o a tiempo”, explica. Una culpa que, reconoce, no siempre es racional, pero que el corazón no logra ignorar.

Ha pensado en dejar el rescate. “Sí. Cuando el agotamiento pesa más que la esperanza”. Sin embargo, también entendió que no puede salvarlos a todos. “No soy omnipotente, soy humana. Pero para algunos soy la diferencia entre vivir y morir”.

Buscar ayuda psicológica fue parte de ese aprendizaje. “Ser fuerte no significa estar bien. Sostenía demasiado dolor sola”. La terapia, el apoyo de su esposo y de su comunidad en redes sociales, y establecer límites claros le han permitido continuar sin quebrarse.

“Mi valor no se mide por cuántos salvo, sino por el corazón que pongo en cada rescate”, reflexiona.


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