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Pablo Deheza
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El barril de Brent rozó los 126 dólares en marzo, luego de que el estrecho de Ormuz quedó cerrado al tránsito comercial. Veinte mil marineros y dos mil barcos permanecen varados en el Golfo Pérsico. La guerra que Estados Unidos e Israel iniciaron contra Irán el 28 de febrero de 2026 cumple ya diez semanas y no se avizora un acuerdo de paz. Pero con cada día que pasa, una certeza emerge: el mundo que conocíamos no volverá.
Para entender la magnitud del momento, conversamos con Horst Grebe, doctor en economía política por la Universidad de Berlín y exministro de Desarrollo Económico de Bolivia. Su lectura es contundente. «El mundo de ayer se queda en el ayer como una experiencia, pero no como una perspectiva de futuro», afirma. La guerra, sostiene, no es un episodio regional aislado. Es el catalizador de una transformación sistémica que llevaba años incubándose.
El orden internacional que emergió tras la caída del Muro de Berlín duró menos de lo que muchos creyeron. Grebe lo cifra con precisión. «El ordenamiento del mundo duró apenas unos 15 años. A partir de ahí se produjo un quiebre en el sistema multilateral cuando aparecieron conflictos entre las grandes potencias que no estaban siendo controlados ni establecían relaciones estables a nivel multilateral».
El momento Fukuyama —aquel «fin de la historia» que vaticinaba la victoria definitiva del liberalismo— quedó atrás. Hoy el escenario es otro. Dos cumbres celebradas en marzo y abril ilustran el divorcio. En Doral, Florida, Trump reunió a Milei, Bukele y otros aliados regionales en su «Escudo de las Américas». En Barcelona, Pedro Sánchez convocó a Lula, Petro, Sheinbaum, Ramaphosa y Bachelet bajo el lema «En Defensa de la Democracia». Quince acuerdos hispano-brasileños fueron firmados allí, incluido un pacto sobre minerales críticos. Las dos cumbres se dieron de espaldas una a la otra.
La guerra desnudó algo más profundo que un desacuerdo táctico. España negó a Estados Unidos el uso de sus bases conjuntas. Italia rechazó el acceso a una base aérea en Sicilia. Francia prohibió el sobrevuelo de aviones militares con destino a Israel. Alemania denunció abiertamente el manejo del conflicto. El canciller alemán, Friedrich Merz, acusó a Washington de estar siendo «humillado» por la prolongación de la guerra.
Trump respondió con furia. Llamó «tigre de papel» a la OTAN. Calificó de cobardes a varios líderes europeos. Documentos filtrados del Pentágono, reportados por el Christian Science Monitor, revelaron una «lista negra» que contemplaba sanciones diplomáticas a los aliados desleales. Entre las medidas figuraba la suspensión de España de la OTAN. También la posibilidad de transferir las Malvinas a la Argentina de Milei. La retirada parcial de tropas estadounidenses de Alemania ya se ejecutó en mayo.
La reacción europea fue inesperada. El gasto militar alemán creció 24% en un año. El español aumentó 50%. El Stockholm International Peace Research Institute habla del mayor incremento del gasto militar europeo desde 1953. Macron volvió a impulsar una fuerza militar conjunta europea.
Grebe lo interpreta así: «Frente a la declaración de no acompañar los hechos bélicos de Trump en Irán, (los estadounidenses) han empezado a amenazar con un retiro de tropas militares de los lugares principales de Europa. El panorama, lejos de despejarse en este tiempo, se ha enrarecido más».
La arquitectura del nuevo orden está en construcción. «La tendencia geopolítica que se ve es la emergencia hacia un mundo multipolar, donde habría una arquitectura compuesta por superpotencias cuya relación es de conflicto, de cooperación en parte, y de acuerdos sobre ciertos límites. En torno a esas dos superpotencias habría la construcción de un nivel intermedio de potencias medianas», asevera Grebe.
Estados Unidos y China encabezan la pirámide. India, Rusia y la Unión Europea conforman el segundo escalón. Pakistán, Brasil, Turquía y otros operan como potencias bisagra. El lugar de Pakistán en las negociaciones con Irán ilustra ese nuevo rol mediador.
Irán emerge fortalecido en lo simbólico pero debilitado en lo estructural. Su «Eje de Resistencia» —Hezbolá, Hamás, los hutíes, las milicias iraquíes— quedó neutralizado en gran medida, según el Middle East Council on Global Affairs. China y Rusia condenaron la agresión, pero no ofrecieron paraguas militar. Según el Carnegie Endowment, Moscú está atrapada en Ucrania y Pekín prioriza sus intereses económicos. La multipolaridad existe, pero todavía no tiene columna vertebral militar.
El mundo, dice Grebe, ya no es un tablero. Son varios.
«Son varios niveles, varias dimensiones. El mundo, más que un tablero único, se vuelve varios tableros con diferentes conflictos en cada uno de ellos», precisa.
Las guerras, tanto la de Irán como la de Ucrania, aceleraron otra tendencia silenciosa. La proporción de reservas internacionales en dólares cayó del 70% aproximadamente en 2000 al 52% estimado actualmente. Por primera vez desde 1996, los bancos centrales del mundo tienen más oro que deuda estadounidense. Francia repatrió 129 toneladas de oro de la Reserva Federal de Nueva York entre julio y enero pasados. La operación recuerda al precedente de De Gaulle en los años sesenta, justo antes del fin de Bretton Woods.
Los Emiratos Árabes Unidos abandonaron la OPEP el primero de mayo. Arabia Saudita no renovó, en 2024, el acuerdo bilateral que desde 1974 ataba el petróleo al dólar. Algunos buques negocian su tránsito por Ormuz pagando en yuanes a Irán.
«El dólar está cayendo en el porcentaje que tiene de las reservas internacionales del mundo. No creo que el dólar baje por debajo del 40% de la canasta. Pero eso ya es una pérdida grande, porque quiere decir que el 60% en el mediano plazo de las relaciones económicas, comerciales, financieras y tecnológicas del mundo van a estar en otras monedas», puntualiza Grebe.
Una nota de Deutsche Bank de marzo sostuvo que el conflicto en Oriente Medio podría ser recordado como el catalizador del «petroyuán». La consultora Franklin Templeton respondió que no existe alternativa real al dólar por la profundidad incomparable de los mercados de capitales estadounidenses. La pregunta es de grados, no de blanco o negro. Pero el rumbo está marcado.
¿Qué viene después? Grebe no se involucra en futurología pero no esquiva la pregunta.
«Está claro que en el horizonte de los próximos 5 a 10 años no va a haber un sistema internacional estable. En un horizonte más largo se van a empezar a fraguar las condiciones para una cierta estabilidad, pero de un mundo muy distinto al que hemos conocido hasta ahora, donde emergen nuevos contendientes a una posición destacada en el sistema mundial. Es el caso de África», señala.
Europa podría ocupar un lugar relevante si consolida sus reformas internas y construye acuerdos estables con América Latina, África e India. Asia-Pacífico está en plena reconfiguración. Australia y Japón redefinen sus alianzas. China consolida un dominio estructural difícil de revertir: controla el 91% de la refinación mundial de tierras raras y el 70% del procesamiento global de los veinte minerales críticos esenciales para la economía del siglo XXI.
El mundo no volverá al statu quo previo a febrero de 2026. Tampoco hay un reemplazo claro a la vista. Lo que existe es un período de transición fluido, conflictivo, con varios tableros y muchas piezas en movimiento. La pregunta ya no es si el orden cambió. La pregunta es cuál será el siguiente.
Grebe deja resonando su sentencia: «El mundo de ayer se queda en el ayer como una experiencia, pero no como una perspectiva de futuro».
Habrá que aprender a vivir en el que viene.
La Agencia Internacional de la Energía no usa eufemismos. La situación creada por el cierre del estrecho de Ormuz es «la mayor disrupción en la historia del mercado petrolero mundial». La oferta global cayó 10,1 millones de barriles diarios en marzo, con el Brent marcando los 126 dólares por barril del 8 de ese mes. Fue el mayor incremento mensual jamás registrado. Los flujos por Ormuz pasaron de 20 millones de barriles diarios antes del conflicto a apenas 3,8 millones en abril.
El cierre del estrecho golpea más allá del crudo. El ataque iraní del 18 de marzo a la planta de Ras Laffan redujo en 17% la capacidad de licuefacción de gas natural de Qatar. Los precios spot del GNL en Asia subieron 140%. El 30% del comercio mundial de fertilizantes pasa por Ormuz. Los Estados del Golfo enfrentan riesgos de inseguridad alimentaria.
Los Emiratos Árabes Unidos abandonaron la OPEP el primero de mayo. La consultora Rystad Energy lo interpretó como una apuesta desde Abu Dabi: maximizar ventas mientras dure la era del petróleo. El cártel queda debilitado en su capacidad de fijar precios.
El economista Horst Grebe ve un efecto inmediato. «Hay un movimiento ascendente en la puesta en explotación de pozos no competitivos anteriormente. A los precios vigentes, esos pozos pueden ser competitivos».
La crisis aceleró tres tendencias paralelas: la reactivación de pozos no convencionales, el retorno de la energía nuclear y el impulso a las renovables. Nuestro analista invitado observa que, pese a las condiciones, pocos países combinan las tres directrices a la vez.
«La canasta energética en el mundo empieza a diversificarse. Es favorable a la transición que abandona los combustibles fósiles y se dirige hacia fuentes renovables», explica Grebe.
La eólica y la solar reciben nuevos compromisos de inversión. Un analista de Bloomberg lo describió como «una transición forzada que ocurrirá rápidamente y de forma dolorosa». Europa aparece como el continente más expuesto dada su dependencia de gas ruso, inicialmente, que luego de la guerra en Ucrania ahora es suministrado por gas estadounidense.
La sorpresa del último mes son los reactores modulares pequeños: los SMR, por sus siglas en inglés. La Energy Information Administration reporta más de 127 diseños globales en distintas fases. Estados Unidos asignó $us 800 millones en financiación federal. Las grandes tecnológicas ya hicieron sus apuestas. Amazon comprometió 5 GW con X-energy. Google, 500 MW con Kairos Power. Microsoft negocia la reactivación de Three Mile Island. Meta busca 4 GW.
Alemania reconsidera reactores que había cerrado. La firma IDTechEx proyecta un mercado de $us 53.800 millones en 2036.
La coyuntura por la guerra beneficia a Washington. Estados Unidos es el mayor exportador mundial de GNL. Sus pozos de esquisto vuelven a ser rentables. Europa compra combustible americano. Pero los consumidores estadounidenses sintieron el golpe. La gasolina llegó a $us 4 por galón, un alza del 30%.
El mediano plazo cuenta otra historia. La transición energética no consiste solo en paneles y turbinas. Requiere litio, cobalto, tierras raras, cobre, grafito. Y aquí China lleva una ventaja estructural difícil de revertir. Controla el 91% de la separación y refinación mundial de tierras raras. Domina el 70% del procesamiento global de los veinte minerales críticos. Para 2035 abastecerá más del 60% del litio y cobalto refinados del mundo, según la AIE.
Trump respondió con medidas fuertes. El Pentágono compró el 15% de MP Materials, operadora de la mina Mountain Pass en California. La inversión fue de $us 400 millones con garantía de precio mínimo. Estados Unidos amenaza con anexar Canadá. Reclama recursos minerales en Groenlandia. La Unión Europea designó sesenta proyectos estratégicos para asegurar suministro propio.
Grebe lo formula sin rodeos. «El petróleo y el gas tienen un horizonte de tiempo ya no muy largo. No será en la próxima década, pero sí en 20 o 25 años. En el caso de las tierras raras y el refinamiento de los minerales tecnológicos, China lleva un gran adelanto».
El crudo caro de hoy financia, paradójicamente, la transición que lo dejará atrás. Y esa transición ya tiene un dueño parcial.
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Para entender la magnitud del momento, conversamos con Horst Grebe, doctor en economía política por la Universidad de Berlín y exministro de Desarrollo Económico de Bolivia. Su lectura es contundente. «El mundo de ayer se queda en el ayer como una experiencia, pero no como una perspectiva de futuro», afirma. La guerra, sostiene, no es un episodio regional aislado. Es el catalizador de una transformación sistémica que llevaba años incubándose.
Adiós al mundo del siglo XX
El orden internacional que emergió tras la caída del Muro de Berlín duró menos de lo que muchos creyeron. Grebe lo cifra con precisión. «El ordenamiento del mundo duró apenas unos 15 años. A partir de ahí se produjo un quiebre en el sistema multilateral cuando aparecieron conflictos entre las grandes potencias que no estaban siendo controlados ni establecían relaciones estables a nivel multilateral».
El momento Fukuyama —aquel «fin de la historia» que vaticinaba la victoria definitiva del liberalismo— quedó atrás. Hoy el escenario es otro. Dos cumbres celebradas en marzo y abril ilustran el divorcio. En Doral, Florida, Trump reunió a Milei, Bukele y otros aliados regionales en su «Escudo de las Américas». En Barcelona, Pedro Sánchez convocó a Lula, Petro, Sheinbaum, Ramaphosa y Bachelet bajo el lema «En Defensa de la Democracia». Quince acuerdos hispano-brasileños fueron firmados allí, incluido un pacto sobre minerales críticos. Las dos cumbres se dieron de espaldas una a la otra.
La fractura de Occidente
La guerra desnudó algo más profundo que un desacuerdo táctico. España negó a Estados Unidos el uso de sus bases conjuntas. Italia rechazó el acceso a una base aérea en Sicilia. Francia prohibió el sobrevuelo de aviones militares con destino a Israel. Alemania denunció abiertamente el manejo del conflicto. El canciller alemán, Friedrich Merz, acusó a Washington de estar siendo «humillado» por la prolongación de la guerra.
Trump respondió con furia. Llamó «tigre de papel» a la OTAN. Calificó de cobardes a varios líderes europeos. Documentos filtrados del Pentágono, reportados por el Christian Science Monitor, revelaron una «lista negra» que contemplaba sanciones diplomáticas a los aliados desleales. Entre las medidas figuraba la suspensión de España de la OTAN. También la posibilidad de transferir las Malvinas a la Argentina de Milei. La retirada parcial de tropas estadounidenses de Alemania ya se ejecutó en mayo.
La reacción europea fue inesperada. El gasto militar alemán creció 24% en un año. El español aumentó 50%. El Stockholm International Peace Research Institute habla del mayor incremento del gasto militar europeo desde 1953. Macron volvió a impulsar una fuerza militar conjunta europea.
Grebe lo interpreta así: «Frente a la declaración de no acompañar los hechos bélicos de Trump en Irán, (los estadounidenses) han empezado a amenazar con un retiro de tropas militares de los lugares principales de Europa. El panorama, lejos de despejarse en este tiempo, se ha enrarecido más».
La emergencia multipolar
La arquitectura del nuevo orden está en construcción. «La tendencia geopolítica que se ve es la emergencia hacia un mundo multipolar, donde habría una arquitectura compuesta por superpotencias cuya relación es de conflicto, de cooperación en parte, y de acuerdos sobre ciertos límites. En torno a esas dos superpotencias habría la construcción de un nivel intermedio de potencias medianas», asevera Grebe.
Estados Unidos y China encabezan la pirámide. India, Rusia y la Unión Europea conforman el segundo escalón. Pakistán, Brasil, Turquía y otros operan como potencias bisagra. El lugar de Pakistán en las negociaciones con Irán ilustra ese nuevo rol mediador.
Irán emerge fortalecido en lo simbólico pero debilitado en lo estructural. Su «Eje de Resistencia» —Hezbolá, Hamás, los hutíes, las milicias iraquíes— quedó neutralizado en gran medida, según el Middle East Council on Global Affairs. China y Rusia condenaron la agresión, pero no ofrecieron paraguas militar. Según el Carnegie Endowment, Moscú está atrapada en Ucrania y Pekín prioriza sus intereses económicos. La multipolaridad existe, pero todavía no tiene columna vertebral militar.
El mundo, dice Grebe, ya no es un tablero. Son varios.
«Son varios niveles, varias dimensiones. El mundo, más que un tablero único, se vuelve varios tableros con diferentes conflictos en cada uno de ellos», precisa.
El lento ocaso del dólar dominante
Las guerras, tanto la de Irán como la de Ucrania, aceleraron otra tendencia silenciosa. La proporción de reservas internacionales en dólares cayó del 70% aproximadamente en 2000 al 52% estimado actualmente. Por primera vez desde 1996, los bancos centrales del mundo tienen más oro que deuda estadounidense. Francia repatrió 129 toneladas de oro de la Reserva Federal de Nueva York entre julio y enero pasados. La operación recuerda al precedente de De Gaulle en los años sesenta, justo antes del fin de Bretton Woods.
Los Emiratos Árabes Unidos abandonaron la OPEP el primero de mayo. Arabia Saudita no renovó, en 2024, el acuerdo bilateral que desde 1974 ataba el petróleo al dólar. Algunos buques negocian su tránsito por Ormuz pagando en yuanes a Irán.
«El dólar está cayendo en el porcentaje que tiene de las reservas internacionales del mundo. No creo que el dólar baje por debajo del 40% de la canasta. Pero eso ya es una pérdida grande, porque quiere decir que el 60% en el mediano plazo de las relaciones económicas, comerciales, financieras y tecnológicas del mundo van a estar en otras monedas», puntualiza Grebe.
Una nota de Deutsche Bank de marzo sostuvo que el conflicto en Oriente Medio podría ser recordado como el catalizador del «petroyuán». La consultora Franklin Templeton respondió que no existe alternativa real al dólar por la profundidad incomparable de los mercados de capitales estadounidenses. La pregunta es de grados, no de blanco o negro. Pero el rumbo está marcado.
Un mundo al que no se puede volver
¿Qué viene después? Grebe no se involucra en futurología pero no esquiva la pregunta.
«Está claro que en el horizonte de los próximos 5 a 10 años no va a haber un sistema internacional estable. En un horizonte más largo se van a empezar a fraguar las condiciones para una cierta estabilidad, pero de un mundo muy distinto al que hemos conocido hasta ahora, donde emergen nuevos contendientes a una posición destacada en el sistema mundial. Es el caso de África», señala.
Europa podría ocupar un lugar relevante si consolida sus reformas internas y construye acuerdos estables con América Latina, África e India. Asia-Pacífico está en plena reconfiguración. Australia y Japón redefinen sus alianzas. China consolida un dominio estructural difícil de revertir: controla el 91% de la refinación mundial de tierras raras y el 70% del procesamiento global de los veinte minerales críticos esenciales para la economía del siglo XXI.
El mundo no volverá al statu quo previo a febrero de 2026. Tampoco hay un reemplazo claro a la vista. Lo que existe es un período de transición fluido, conflictivo, con varios tableros y muchas piezas en movimiento. La pregunta ya no es si el orden cambió. La pregunta es cuál será el siguiente.
Grebe deja resonando su sentencia: «El mundo de ayer se queda en el ayer como una experiencia, pero no como una perspectiva de futuro».
Habrá que aprender a vivir en el que viene.
Consecuencias en los mercados energéticos
La Agencia Internacional de la Energía no usa eufemismos. La situación creada por el cierre del estrecho de Ormuz es «la mayor disrupción en la historia del mercado petrolero mundial». La oferta global cayó 10,1 millones de barriles diarios en marzo, con el Brent marcando los 126 dólares por barril del 8 de ese mes. Fue el mayor incremento mensual jamás registrado. Los flujos por Ormuz pasaron de 20 millones de barriles diarios antes del conflicto a apenas 3,8 millones en abril.
El cierre del estrecho golpea más allá del crudo. El ataque iraní del 18 de marzo a la planta de Ras Laffan redujo en 17% la capacidad de licuefacción de gas natural de Qatar. Los precios spot del GNL en Asia subieron 140%. El 30% del comercio mundial de fertilizantes pasa por Ormuz. Los Estados del Golfo enfrentan riesgos de inseguridad alimentaria.
Los Emiratos Árabes Unidos abandonaron la OPEP el primero de mayo. La consultora Rystad Energy lo interpretó como una apuesta desde Abu Dabi: maximizar ventas mientras dure la era del petróleo. El cártel queda debilitado en su capacidad de fijar precios.
El economista Horst Grebe ve un efecto inmediato. «Hay un movimiento ascendente en la puesta en explotación de pozos no competitivos anteriormente. A los precios vigentes, esos pozos pueden ser competitivos».
Presión hacia las renovables
La crisis aceleró tres tendencias paralelas: la reactivación de pozos no convencionales, el retorno de la energía nuclear y el impulso a las renovables. Nuestro analista invitado observa que, pese a las condiciones, pocos países combinan las tres directrices a la vez.
«La canasta energética en el mundo empieza a diversificarse. Es favorable a la transición que abandona los combustibles fósiles y se dirige hacia fuentes renovables», explica Grebe.
La eólica y la solar reciben nuevos compromisos de inversión. Un analista de Bloomberg lo describió como «una transición forzada que ocurrirá rápidamente y de forma dolorosa». Europa aparece como el continente más expuesto dada su dependencia de gas ruso, inicialmente, que luego de la guerra en Ucrania ahora es suministrado por gas estadounidense.
El renacer nuclear inesperado
La sorpresa del último mes son los reactores modulares pequeños: los SMR, por sus siglas en inglés. La Energy Information Administration reporta más de 127 diseños globales en distintas fases. Estados Unidos asignó $us 800 millones en financiación federal. Las grandes tecnológicas ya hicieron sus apuestas. Amazon comprometió 5 GW con X-energy. Google, 500 MW con Kairos Power. Microsoft negocia la reactivación de Three Mile Island. Meta busca 4 GW.
Alemania reconsidera reactores que había cerrado. La firma IDTechEx proyecta un mercado de $us 53.800 millones en 2036.
EEUU gana hoy, China mañana
La coyuntura por la guerra beneficia a Washington. Estados Unidos es el mayor exportador mundial de GNL. Sus pozos de esquisto vuelven a ser rentables. Europa compra combustible americano. Pero los consumidores estadounidenses sintieron el golpe. La gasolina llegó a $us 4 por galón, un alza del 30%.
El mediano plazo cuenta otra historia. La transición energética no consiste solo en paneles y turbinas. Requiere litio, cobalto, tierras raras, cobre, grafito. Y aquí China lleva una ventaja estructural difícil de revertir. Controla el 91% de la separación y refinación mundial de tierras raras. Domina el 70% del procesamiento global de los veinte minerales críticos. Para 2035 abastecerá más del 60% del litio y cobalto refinados del mundo, según la AIE.
Trump respondió con medidas fuertes. El Pentágono compró el 15% de MP Materials, operadora de la mina Mountain Pass en California. La inversión fue de $us 400 millones con garantía de precio mínimo. Estados Unidos amenaza con anexar Canadá. Reclama recursos minerales en Groenlandia. La Unión Europea designó sesenta proyectos estratégicos para asegurar suministro propio.
Grebe lo formula sin rodeos. «El petróleo y el gas tienen un horizonte de tiempo ya no muy largo. No será en la próxima década, pero sí en 20 o 25 años. En el caso de las tierras raras y el refinamiento de los minerales tecnológicos, China lleva un gran adelanto».
El crudo caro de hoy financia, paradójicamente, la transición que lo dejará atrás. Y esa transición ya tiene un dueño parcial.
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