Guatemala: un país con potencial, pero sin infraestructura para despegar

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Hagamos la diferencia

Guatemala: un país con potencial, pero sin infraestructura para despegar

Desarrollo sin cimientos no es desarrollo.​

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Samuel Reyes Gómez


20 de enero de 2026

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Guatemala es un país que vive una contradicción permanente: posee enormes potencialidades, pero carece de los cimientos básicos para convertirlas en desarrollo. Tenemos ubicación estratégica, abundancia de recursos naturales, diversidad productiva y una población joven con enorme capacidad. Sin embargo, seguimos avanzando con freno de mano puesto, principalmente porque durante los últimos 20 o 30 años hemos dejado de construir la infraestructura que hace posible el progreso.

Guatemala no está atrapada en el subdesarrollo por falta de recursos o talento, sino por décadas de abandono en la infraestructura vital que sostiene el crecimiento de una nación.


Basta con observar nuestra red vial, nuestros puertos, aeropuertos, sistemas de riego, plantas de energía, medios de transporte, hospitales o centros logísticos. No hay una sola obra de gran envergadura que marque un antes y un después en la historia reciente del país. Mientras otras naciones invierten sostenidamente en carreteras modernas, trenes, puertos eficientes y ciudades bien planificadas, Guatemala sobrevive parchando lo existente, administrando la obsolescencia y normalizando el atraso, con un presupuesto destinado en su mayor porcentaje a funcionamiento, escaso en inversión, y para colmo de males, que va a parar en manos de corruptos o proyectos irrelevantes que no generan desarrollo. Repartir fondos en convivios, fiestas o regalos de Navidad no crea progreso; es triste ver a los alcaldes haciendo sus carrozas navideñas repartiendo regalos, mientras las familias se debaten en la pobreza sin fuentes reales de trabajo. Esta ausencia de infraestructura no es un problema técnico; es un problema político y de visión. Sin carreteras adecuadas, el productor agrícola no puede competir. Sin puertos eficientes, el comercio se encarece. Sin energía confiable y barata, la industria no despega. Sin conectividad, la educación, la salud y la innovación quedan limitadas. Pretender desarrollo sin infraestructura es como querer cosechar sin sembrar. Sin adecuados transportes, los trabajadores pasan buenas horas de su vida atascados en el tránsito, pues las ciudades se están inundando de automóviles personales y motos que hacen ya insostenible la movilidad.

El país podría convertirse en una potencia agroindustrial, logística y de servicios. Podría aprovechar su cercanía con los grandes mercados, su diversidad climática y su capital humano. Pero todo eso requiere inversiones estratégicas, planificación de largo plazo y continuidad en las políticas públicas. No podemos seguir pensando el desarrollo en períodos de cuatro años ni convertir cada obra pública en botín político o foco de corrupción.

La educación y la tecnología son fundamentales, pero tampoco pueden avanzar solas. La educación virtual, la economía digital y la innovación necesitan carreteras, electricidad, internet y ciudades funcionales. El talento guatemalteco existe; lo que no existe es el entorno adecuado para que florezca masivamente.

Por supuesto, nada de esto será posible sin instituciones fuertes y transparentes. La corrupción ha sido uno de los principales frenos para la infraestructura nacional: proyectos que no se ejecutan, que se abandonan o que nunca pasan del papel. Cada obra no construida es una oportunidad perdida de empleo, competitividad y bienestar.

Guatemala no está condenada al subdesarrollo. Está detenida por decisiones equivocadas y por la renuncia a pensar en grande. Recuperar la infraestructura como prioridad nacional no es un lujo, es una urgencia. Porque ningún país se desarrolla sin caminos, puertos, energía y visión. Y porque el potencial, sin cimientos, siempre termina derrumbándose. El informe presidencial —paupérrimo en resultados—, el pobre actuar del Congreso que se pasó el año defendiendo su aumento hasta que el pueblo casi olvidó, el OJ atascado en su elección, el MP persiguiendo a defensores de la democracia, muestran un Estado secuestrado por políticos con miope visión sobre el desarrollo, detrás de quienes están grupos de poder parasitando y aprovechándose del país.

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