Galeano y Benedetti tenían razón

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Jose Eduardo Mora

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Mario Benedetti y Eduardo Galeano fueron de los primeros intelectuales suramericanos que incluyeron en sus análisis y en sus libros al fútbol como un fenómeno cultural, social, político y literario, cuando pocos apostaban por este enfoque, incluidas las academias que preferían pasar de lejos.

Mientras las academias se mantenían a distancia y los escritores más connotados seguían esta línea, ambos consideraron que era inadmisible pasar por alto un fenómeno que iba más allá de lo deportivo, porque era capaz de crear identidades, retratar rasgos de los países y con ello contribuía a crear un fresco de las sociedades en las que estaba inserto.

Además, aunque el fútbol había nacido en la élite inglesa, rápidamente bajó varios peldaños y fueron los obreros del mundo los que se apoderaron de él, y fue desde el barrio en donde empezaron a surgir las figuras que más tarde lo convertirían en la disciplina más seguida del mundo.

Con esos tintes y pese a que sus colegas más cercanos los miraban de reojo, tanto Benedetti como Galeano empezaron a hablar abiertamente de que les gustaba el fútbol y, también, comenzaron a incorporar en sus escritos narraciones en torno a este fenómeno que, como ha quedado demostrado en el Mundial 2026, es mucho más que 22 jugadores detrás de una pelota que, para colmo, se maneja con los pies y no con las manos, como dictaría la lógica.

Hay que recordar que en tiempos de la Guerra Fría cada paso era revisado con lupa por los bandos. Y desde la izquierda se había interiorizado que, como gran fenómeno de masas que era, el fútbol podía convertirse en el opio del pueblo.

De modo que fue en este contexto en el que los dos intelectuales —comunistas declarados y activistas contra las dictaduras que prevalecían en América del Sur, como la uruguaya, la paraguaya y la argentina—, en el que los dos optaron por enarbolar una bandera a la que la realidad, más de medio siglo después, les daba la razón.

Conviene entender que, al principio, declararse abiertamente aficionado al balompié por parte de un intelectual era una especie de herejía, porque se asumía que el pensamiento y un balón no congeniaban. O era uno, o era lo otro, pero nadie podía presumir de intelectual y a la vez transformarse durante hora y media en un hincha con poca racionalidad, solo porque su equipo disputaba un encuentro de “vida o muerte”.

Manifestaciones

En 1959, la aparición de “Puntero izquierdo” en Montevideanos representó un verdadero punto de inflexión de cómo el fútbol podía considerarse un tema viable para la alta literatura.

Antes, es cierto, autores como Rafael Alberti y Horacio Quiroga habían dedicado alguna creación a este deporte, pero se consideraron manifestaciones aisladas.

Alberti lo hizo con “Oda a Platko”, el arquero húngaro del Barcelona que fue héroe en la final de Copa de 1928, al jugarse su físico para evitar un gol. En ese partido, uno de los aficionados fue Carlos Gardel, quien más tarde visitará al guardameta en el hospital.

La final requirió de un total de tres juegos para designar al campeón, pero a Alberti le bastó el primero para inmortalizar a Platko, cuyo apellido, en realidad, escribió mal, porque el nombre del arquero del Barcelona era Franz Plattko, sí, con doble t.

El encuentro se disputó en El Sardinero, la sede histórica del Racing de Santander, que queda a 500 metros de la segunda playa más importante de Cantabria, en el norte de España. Por eso, se entiende que Alberti comenzara así el poema.

Ni el mar,

que frente a ti saltaba sin poder defenderte.

Ni la lluvia. Ni el viento, que era el que más rugía.

Ni el mar, ni el viento, Platko,

rubio Platko de sangre,

guardameta en el polvo,

pararrayos.


Por su parte, Quiroga, eximio cuentista latinoamericano, recoge en “Suicidio en la cancha” (1918), la historia real de Abdón Porte, un mediocampista defensivo de Nacional de Uruguay que había jugado 207 partidos con la camiseta histórica del club, pero al verse reducido por una lesión de rodilla, le anunció a su hermano Juan que si él no podía jugar para el equipo de sus amores, la vida no valía ya nada.

Y cumplió su palabra. El 5 de marzo de 1918, después de una larga velada, el capitán se dirigió al estadio —Gran Parque Central— de Nacional, sacó un revólver de su chaqueta y se pegó un tiro.

Dejó un par de cartas, una para su familia y otra para el presidente de Nacional, José María Delgado. Antes de quitarse la vida, le quedó todavía aliento para dedicar unas palabras a su club:

Nacional, aunque en polvo convertido

Y en polvo siempre amante

No olvidaré un instante

Lo mucho que te he querido.


Porte tenía escasos 25 años cuando decidió poner punto final a su vida. Esta historia real fue la que recogió Quiroga en el cuento que publicó en mayo de 1918; es decir, tan solo dos meses después de aquella trágica y singular historia.

Punto de inflexión

Más allá de las citadas manifestaciones aisladas, quien verdaderamente le dio al fútbol un estatus de asunto digno de la literatura en aquellos años inciertos de finales de la década del 50, fue Benedetti con “Puntero izquierdo”.

Montevideanos fue la primera colección de relatos que le dieron su primer éxito como narrador y no deja de llamar la atención que haya incluido uno sobre fútbol, con el riesgo que entonces significaba, por el estigma de que este deporte era el opio de las masas.

En el libro figuraban los siguientes cuentos: “El presupuesto”, “Sábado de Gloria”, “Inocencia”, “La guerra y la paz”, “Puntero izquierdo”, “Esa boca”, “Corazonada”, “Aquí se respira bien”, “No ha claudicado”, “Almuerzo y dudas”, “Se acabó la rabia”, “Caramba y lástima” y “Los pocillos”.

La crítica alabó el libro casi de forma unánime y entre los relatos que más llamaron la atención figuraba “Puntero izquierdo”, que plantea el dilema al que someten a un jugador al que le ofrecen que se deje ganar a cambio de un pago.

Con un narrador en primera persona y un lenguaje propio de lo que era el fútbol en aquel entonces, Benedetti armó la historia, que de entrada se afianza con la verosimilitud que transmite el personaje principal.

“Y pasa que te contagiás y sentís algo adentro y empezás a eludir y seguís haciendo dribles en la línea del córner como cualquier mandrake y no puede ser que con dos hombres de menos (porque al Tito también lo echaron, pero por bruto) nos perdiéramos el ascenso. Dos o tres veces me la dejé quitar pero ¿sabés? me daba un calor bárbaro porque el jalva que me marcaba era más malo que tomar agua sudando y los otros iban a pensar que yo había disminuido mi estándar de juego. Allí el entrenador me ordenó que jugara atrasado para ayudar a la defensa y yo pensé que eso me venía al trome porque jugando atrás ya no era el hombre-gol y no se notaría tanto si tiraba como la mona”.

El personaje se deja sobornar, pero, cuando empieza el juego, el corazón y la competencia le empiezan a jugar en contra. Se ve cómo Benedetti no necesitó hablar de un tema clásico de la literatura como el amor, la guerra o la muerte para hacer reflexionar a sus lectores. Se anticipaba de esta manera a lo que sucedería medio siglo después, cuando al fútbol se le dejó de tratar como un tema bastardo.

“Entonces, mientras yo hacía que me arreglaba los zapatos, el entrenador me gritó a lo Tittaruffo: ‘¿Qué tenés en la cabeza? ¿Moco?’. Eso, te juro, me tocó aquí dentro, porque yo no tengo moco y si no preguntale a don Amílcar, él siempre dijo que soy un puntero inteligente porque juego con la cabeza levantada. Entonces ya no vi más, se me subió la calabresa y le quise demostrar al coso ése que cuando quiero sé mover la guinda y me saqué de encima a cuatro o cinco y cuando estuve solo frente al golero le mandé un zapatillazo que te lo boliodire y el tipo quedó haciendo sapitos pero exclusivamente a cuatro patas. Miré hacia el entrenador y lo encontré sonriente como aviso de Rider y recién entonces me di cuenta que me había enterrado hasta el ovario. Los otros me abrazaban y gritaban: “¡Pa los contras!”, y yo no quería dirigir la visual hacia donde estaba don Amílcar con el doctor Urrutia o sea justo en la banderita de mi córner, pero en seguida empezó a llegarme un kilo de putiadas”.

Bastarían estos dos párrafos, para desarrollar una tesis del manejo adecuado del lenguaje en un relato o un cuento. Benedetti se aferraba a la idea de que no es el tema el que determina la calidad de una historia.

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Eduardo Galeano El fútbol a sol y sombra en un libro imprescindible para entender el fenómeno del balompié desde la óptica latinoamericana. (Foto: AFP)

Pase, señor Galeano

Con el prestigio que tenía Galeano como periodista y escritor, y tras haber publicado Las venas abiertas en América Latina, en 1971, un libro que se convirtió con el paso de los años en un superventas, en 1995 salió de la imprenta Fútbol a sol y sombra, un texto que sería clave para cerrar el proceso que había abierto Benedetti en cuanto a convertir al balompié en un asunto digno de la literatura.

Escrito a base de textos cortos, característica de muchas de sus creaciones, representó un acontecimiento desde que empezó a circular en los diferentes estratos del subcontinente.

Si Benedetti se había lanzado con “Puntero izquierdo” a abrir un camino que estaba totalmente obstaculizado a finales de los años 50, lo de su colega Galeano era una entrega total a una temática, que se empezaba a desmitificar.

Ya, para Galeano, no era pecado capital asumir que le gustaba el fútbol y que lo consideraba válido para sus letras. De hecho, la apertura de El fútbol a sol y sombra es una confesión absoluta de que ya el tiempo de esconderse, por hablar del balompié, había pasado: “Como todos los uruguayos, quise ser jugador de fútbol. Yo jugaba muy bien, era una maravilla, pero sólo de noche, mientras dormía: durante el día era el peor pata de palo que se ha visto en los campitos de mi país”.

Ironía, confesión, ingenio, pero, sobre todo, aceptación. Ya el intelectual latinoamericano no tenía por qué deslizar por debajo de la mesa el hecho de que le atraía escribir sobre ese deporte que se había convertido en una religión, como bien lo había definido el propio Galeano.

El libro abría de par en par la puerta para que vinieran luego antologías memorables como las de Jorge Valdano —Cuentos de fútbol 1 y 2—, así como los trabajos de Roberto Fontanarrosa, y Osvaldo Soriano.

En España, de igual manera, un escritor de altos quilates como Manuel Vázquez Montalbán también incursionaba en este asunto “prohibido” del fútbol, sin tener que justificarse ante nadie.

Vázquez Montalbán que era polifacético, además de elevar el fútbol a categoría literaria, hizo del articulismo una seña de identidad. Sus publicaciones en El País y en El Periódico, entre otros muchos medios, fueron en algunos casos memorables.

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Manuel Vázquez Montalbán abrió brecha en España al darle al fútbol un tratamiento literario. (Foto: AFP)

Periodista, novelista, poeta, ensayista… No solo fue uno de nuestros grandes intelectuales del siglo XX, sino el responsable de que los autoimpuestos pensadores y eruditos del país dejaran de considerar el fútbol como el gran opio del pueblo para empezar a reconocer su valor social y cultural. Apóstol de una religión en busca de un dios, este fue Manuel Vázquez Montalbán”. Así lo definía la revista Panenka, al autor de Pepe Carvahlo.

Manolo, como también le llamaban, en especial los más allegados, dejó trazos icónicos en sus 9.000 columnas escritas en diferentes medios.

Así, por ejemplo, En Dios, columna publicada el 21 de junio de 2002, se enfrascaba en esta discusión: “Observo menos presencia de Dios en este Campeonato del Mundo, sobre todo si recuerdo cómo la mano de Dios, es decir, la de Maradona, ayudó a Argentina o cómo Suker atribuyó a Dios la excelente clasificación de Croacia en el Mundial de Francia. Me planteé entonces por qué Dios iba a ayudar a Croacia y no a Bosnia o a Marruecos y, ya puestos a limitarnos al ecosistema católico, por qué a Croacia sí y a España no cuando España ha sido desde los tiempos de los reyes católicos el país más reconsagrado de Europa y ha gozado de dos nítidos periodos nacional católicos, 1945-1978 y 1996 hasta la fecha. A través de El País me respondió entonces Suker que mi incapacidad para ver a Dios al lado de los croatas se debía a mis veleidades marxistas, como si creer en la evidente lucha de clases me impidiera ver lo injusto de que Dios se sintiera más croata que bilbaíno. Es un decir”.

Con pilares como Benedetti, Galeano y Vázquez Montalbán el camino estaba trazado y predispuesto para que los intelectuales alejaran el temor de escribir sobre un deporte que ha permeado a la humanidad como pocos desde que se creó su versión moderna por parte de los ingleses.

A los ya citados, se unirían voces como Santiago Roncagliolo (La pena máxima), Eduardo Saccheri (Esperándolo a Tito), Nick Hornby (Fiebre en las gradas) e incluso el poeta y hoy director del Instituto Cervantes, Luis García Montero, recopiló, junto con Jesús García Sánchez, Un balón envenenado, una colección de los mejores poemas dedicados al fútbol.

Contrario a los primeros tiempos, que el afán por captar al fútbol como vertiente literaria se ha extendido tanto, que en España se publicó la saga de Los futbolísimos, una serie escrita por Roberto Santiago, con ilustraciones de Enrique Lorenzo, que registra más de 2,5 millones de copias vendidas y una película, hecha a partir de las historias que cuentan los distintos volúmenes.

Y después, la academia

Si a los intelectuales les daba vergüenza admitir que les gustaba el fútbol y que incluso sopesaban la posibilidad de incluirlo como un elemento literario directo o indirecto dentro de sus escritos, la academia también llegó con retraso a considerarlo un fenómeno cultural, social y político de cierta envergadura.

Conviene puntualizar que el fútbol moderno toma como punto de partida 1863, que es cuando establecieron las reglas, en el marco de la creación de la Asociación de Fútbol, que se constituyó el 26 de octubre del citado año.

No obstante, pasaron casi 100 años para que la academia admitiera que, a partir de su estudio, era viable conocer a una determinada sociedad y entender una coyuntura política.

En los años 60, surgió la sociología del deporte, pero todavía el fútbol ocupaba un lugar marginal en los estudios. En los años 80, a este deporte se le vinculaba más con la violencia, la inseguridad en los estadios, el “hooliganismo” y los desórdenes públicos.

La visión dio un giro considerable cuando el investigador Vic Duke publicó en 1991

“The sociology of football: a research agenda for the 1990s” (“La sociología del fútbol: una agenda de investigación para la década de 1990”).

Con el enfoque de Duke, el fútbol empezó a analizarse desde una óptica de la cultura, la identidad, el ritual, la globalización, la economía, los medios de comunicación y la política.

La idea de que era un deporte que ensuciaba a las letras y a las academias había quedado atrás. Era hora de valorarlo en su dimensión social, cultural, política y literaria.



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