Fútbol robotizado

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macsep2005

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El síntoma del fútbol robotizado no es nuevo, aunque en la actualidad quizá se note mucho más.

Ya en «Fútbol a sol y sombra», Eduardo Galeano confesaba que él iba por los estadios del mundo implorando buenas jugadas, en vista de que las garras de la industrialización del balompié ya habían alcanzado a este singular deporte.

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Kylian Mbappé es el capitán de la selección de fútbol de Francia.

“Un libro escrito por un ‘mendigo del buen fútbol’, que recorre los estadios y pide una linda jugadita, por amor de Dios», decía en ese largo homenaje que publicó en 1995.

Tras un Francia-Marruecos, con una superioridad manifiesta de los galos, que jugaron con una marcha menos de la requerida, surge la nostalgia del otro fútbol, en el que la técnica y el atrevimiento eran la regla y no la excepción, como sucede hoy.

Este otro fútbol se distancia en demasía del que podríamos llamar el auténtico, que se refiere al de la inventiva, al de sacarse una carta de la manga cuando el adversario menos lo espera.

Son muy pocos los jugadores, en el presente, que se atreven a tocar el violín en la era del gattusismo, como denominó Jorge Valdano al predominio de la fuerza por encima de la exquisitez.

Uno de ellos es Mbappé, que hoy ante Marruecos, en un partido que iba para tosco, se inventó un gol de otro partido, como dicen ahora los narradores, y salvó la aburrida jornada.

Y es que mucho pasa por el hecho de que los técnicos quieren que sus jugadores salgan a cumplir las órdenes como si fueran soldados en vez de futbolistas, y queda poco espacio para el territorio de la imaginación.

Todo está excesivamente mecanizado, como si el partido lo planeara la IA sin participación de la inteligencia humana.

Y en este contexto, es natural extrañar ese aroma del potrero, que llamaba a la «finta», al «amague», a la «gambeta», al asombro. Términos, por demás, desterrados del vocabulario del fútbol.

Y es que los jugadores, otrora, se hacían en las calles y en los barrios, en los que se escuchaba esa música de tango, de bolero, de chachachá, de cumbia, de paso doble, mientras que ahora surgen de las academias en las que predomina el reguetón.

Por eso, a los que nos ataca la nostalgia por el fútbol que ya no es, como sucede con esos amores intemporales, se nos debería perdonar el desliz de seguir soñando como Galeano, y de continuar esperando que, de un momento a otro, nos premien con una jugada que sea sorpresa, greguería y metáfora al mismo tiempo.

En un fútbol y un mundo robotizados, es una aspiración demasiado grande pedir que vuelva el fútbol-arte, pero los poetas nos han enseñado que resistir es también una manera de soñar, y a eso nos aferramos en esta sociedad excesivamente líquida, como diría Zygmunt Bauman.

*El autor es redactor de Cultura del Semanario Universidad, Máster en Literatura y Comentarista de Fox Costa Rica.

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